sábado, 14 de junio de 2014

EN EL CAMINO DE EMAÚS

"Soledad" (Paul Delvaux)


Pero así somos, utilizamos un montón de palabras cuyo significado no conocemos y una de ellas es la palabra dolor. Otra es la palabra muerte. Por eso no nos fue posible tener los ojos de Andre y mirar el agua negra, desde el puente, como la había visto ella. Ella, que procede en cambio de un mundo sin cautelas, en el que la humana aventura no discurre al socaire de la normalidad, sino que va dando bandazos, hasta abarcar toda palabra lejana, por muy afilada que esté y, la primera de todas ellas, la que nombra el morir. En sus familias a menudo se mueren sin esperar la vejez, como impacientes, y es tal su familiaridad con la palabra muerte que no suele ser raro que en su reciente pasado se cuente con la existencia de un tío, una hermana, un sobrino, al que alguien mató —o que mató  a alguien. Nosotros nos morimos; de vez en cuando, ellos son asesinos o asesinados. Si intento explicar la fractura de casta que nos separa de ellos, nada me parece más exacto que referirme a lo que los hace irremediablemente distintos y aparentemente superiores el contar con destinos trágicos. Una cierta capacidad de destino y, en particular, de destinos trágicos. Mientras que nosotros, en cambio, lo correcto sería decir que no nos podemos permitir lo trágico, tal vez ni siquiera un destino, nuestros padres y nuestras madres dirían que  no nos lo podemos permitir.  Por eso tenemos tías en silla de ruedas debido a sobrevenidos ataques de apoplejía que babean educadamente y miran la televisión. En cambio, en las familias de esa gente, abuelos en trajes cortados a medida cuelgan trágicos de vigas de las que se colgaron debido a sobrevenidos desastres financieros. De la misma manera que puede ocurrir que hayan encontrado un día al primo con la cabeza abierta por un golpe bien asestado, inferido de arriba abajo, en la cornisa de un apartamento florentino el arma homicida: una estatuilla helenística que representa la Templanza. Nosotros, en cambio, tenemos abuelos que viven eternamente: se encaminan, todos los domingos, incluso el último antes de morir, a la misma pastelería, a la misma hora, para comprar las mismas pastas. Contamos con destinos mesurados, como si fueran consecuencia de un misterioso precepto de economía doméstica. Así, cincelados fuera de lo trágico, recibimos como herencia la bisutería del drama junto al oro cequí de la fantasía. Eso nos hará para siempre menores, privados e inasibles. 

Pero Andre procede de ese mundo, y cuando miró el agua oscura vio pasar un río cuyas fuentes conocía desde que era pequeña. Como empezamos a entender, toda una red de muertos tejió la suya y en la suya se prolonga la urdimbre de una única muerte, labrada en el telar de sus privilegios. Y así había superado ella la barandilla de hierro, cuando nosotros a duras penas conseguíamos asomarnos un poco sobre el cieno negro. Se había dejado caer.

Emaús, Alessandro Baricco

4 comentarios:

i*- La que canta con Lobos dijo...

y por eso más que nunca lo desconocido es sorprendemente habitual como la muerte. Besos :)

HADA dijo...

y la sombre se hizo luz al caminar por el camino sin nombre.

Alba Flores Robla dijo...

NO.

Ginebra Peñalver dijo...

Y todos sabemos de la Dama de Negro…unos la ven de lejos, otros de cerca…algunos giran la cabeza, otros, conviven con ella…cada cual recibe, vive y padece su herencia, al igual que el dolor y sus mil caras…al final todos somos discípulos de ésta magia que es la vida, con ésa su chistera que nos irá descubriendo sus dos caras cual una moneda.

Muy bueno el post...

Un placer, Bsos! ;-)