sábado, 1 de diciembre de 2012

MATEMÁTICA DE LA SOLEDAD





Alice se sentó en la cama, muy en el borde —el colchón no se hundió bajo su peso—, miró a los lados como buscando algo, y al final preguntó:
—¿No te sientas?
Él lo hizo; con cautela, a tres palmos de ella. La música retumbaba como si las paredes respiraran con sofoco. Alice observó las manos de Mattia, que él tenía cerradas.
—¿Se te ha curado la mano?
—Casi.
—¿Cómo te lo hiciste?
—Me corté en el laboratorio de biología, sin querer.
—¿Puedo ver la herida?
Mattia apretó los puños con fuerza, pero luego, lentamente, abrió la mano izquierda. Una cicatriz morada y perfectamente recta la surcaba en diagonal, en medio de otras más cortas y claras, casi blancas, entrecruzadas a lo largo y ancho de toda la palma, como las ramas peladas de un árbol vistas a contraluz.
—Yo también tengo una —dijo Alice.
 Mattia cerró la mano y se la metió entre las piernas, como escondiéndola. Ella se puso en pie, se alzó un poco el suéter y se desabotonó los vaqueros. Él fue presa del pavor. Bajó la vista todo lo que pudo, mas no evitó ver cómo las manos de Alice doblaban un poco los pantalones y dejaban al descubierto una gasa prendida con esparadrapo y, bajo ella, el ribete de unas bragas gris claro.
Y al ver que también bajaba este ribete unos centímetros, contuvo el aliento.
—Mira —dijo Alice.
Paralela al hueso ilíaco se veía una cicatriz larga, de bastante relieve y más ancha que la de Mattia; las señales de los puntos de sutura, que la cruzaban perpendicularmente a intervalos regulares, la asemejaban a las que se pintan los niños en la cara cuando se disfrazan de piratas.
A él no se le ocurrió nada que decir. Ella se abotonó los vaqueros, se remetió la camiseta y volvió a sentarse, esta vez algo más cerca del muchacho.
A continuación hubo un silencio casi insoportable. La distancia que mediaba entre sus caras palpitaba de expectación y azoramiento. Al cabo, por decir algo, Alice preguntó:
—¿Te gusta la nueva escuela?
—Sí.
—Dicen que eres un genio.
Mattia se mordió las mejillas hasta sentir el sabor metálico de la sangre.
—¿Y de veras te gusta estudiar?
Él asintió.
—¿Por qué?
—Es lo único que sé hacer —contestó con voz queda.
Deseó decirle que también le gustaba porque era algo que podía hacer solo, porque lo que uno estudia son cosas sabidas, muertas, frías; porque las páginas de los libros de clase tienen todas la misma temperatura, lo dejan elegir a uno, nunca hacen daño ni uno puede hacerles daño a ellas… Pero se abstuvo.

La soledad de los números primos, Paolo Giordano

17 comentarios:

alalai cánfora sandra dijo...

Dios, qué bueno! Para mí el estudio supone lo mismo xD

Buena propuesta, otra vez.


muàss

Dorothy dijo...

Un libro durísimo y maravilloso. Cuando acabé de leerlo, hace tiempo, necesité volver a empezarlo de nuevo para asimilar bien todo.

Besos

K. Wasikowska dijo...

Uno de mis libros favoritos. Esta es una de esas historias que te marcan de por vida. Durísima, trágica. Pero hermosa a la vez.

Túconmigo dijo...

Leí este libro hace tiempo y me encantó. Sobre la soledad de los números primos. Gracias

Verónica C. dijo...

Me han dado ganas de volver a encontrarme con él.

Besos

Zángano republicano dijo...

suficiente para saber que ese libro es un refugio seguro. Gracias por compartir el secreto

un saludo

LadyLuna dijo...

No he leído el libro, pero tras leer este fragmento me encuentro en la casi obligación de leerlo.
Me ha encantado pasarme por aquí después de tanto tiempo.
He vuelto con mis cuentos, me encantaría leerte por allí.
Un besito.

Magda Robles dijo...

Ganas tenía de leer este libro, muchas... ahora más.

lunáticasuicida dijo...

Me has incitado a releerlo.

Amanecer Nocturno dijo...

Deseó decirle que también le gustaba porque era algo que podía hacer solo, porque lo que uno estudia son cosas sabidas, muertas, frías; porque las páginas de los libros de clase tienen todas la misma temperatura, lo dejan elegir a uno, nunca hacen daño ni uno puede hacerles daño a ellas… Pero se abstuvo.

Nadie puede definir nunca mejor esa sensación de control externo.

Un abrazo.
Qué maravillas nos descubres.

Juan Antonio dijo...

«En una clase de primer curso Mattia había estudiado que entre los números primos hay algunos aún más especiales. Los matemáticos los llaman números primos gemelos: son parejas de números primos que están juntos, o mejor dicho, casi juntos, pues entre ellos media siempre un número par que los impide tocarse de verdad. Números como el 11 y el 13, el 17 y el 19, o el 41 y el 43. Mattia pensaba que Alice y él eran así, dos primos gemelos, solos y perdidos, juntos pero no lo bastante para tocarse de verdad.»

Darío dijo...

Gracias, de verdad, por esta iluminación. Un abrazo.

rayuelasolvidadas dijo...

Es un libro fantástico, quizás porque está lleno de soledad y frío y magia a partes iguales. Ha pasado mucho tiempo desde que lo leí, pero me has dado ganas de volver a releerlo :)

sergio castaño peña dijo...

fascinante, me ha encantado.



www.malesclutch.blogspot.com
Sergio,

La Isla Misteriosa dijo...

pssss, nada de particular. No me gustó nada el libro. Lo compré porque me sedujo el título, pero luego me pareció soso y aburrido. Para decorar estanterías y poco más.

Capitán Placenta dijo...

Este libro es el peor regalo que me han hecho nunca. Siempre he querido arrojarlo, quemarlo,...destruirlo al fin y al cabo. Hace daño.

Besos de assdfkjnf!!

Verónica Vázquez Vindel dijo...

Me ha parecido muy triste porque refleja una soledad aparentemente infinita.

No obstante, hay que leer de todo, inclusive cosas así, para darnos cuenta de lo que es la vida.

Gracias.