jueves, 6 de diciembre de 2012

EL VENDEDOR DE DIOSES

"La tentación de san Antonio" (Robert Auer)


El hombre venía de algún lugar lejano, a juzgar por la extraña indumentaria, y en su voz se insinuaban los ecos de un áspero e incomprensible lenguaje. Nadie pareció ofendido, sin embargo, por sus imperiosos ademanes ni por su irritante arrogancia, hasta que tocó con sus manos la cabeza de nuestro rey.

Su rostro era ciertamente hermoso, a pesar de la mirada agitada y la terrible mueca que dibujaban los labios. Su cuerpo era el de los anacoretas de antaño. Cualquiera adivinaría en su porte la presencia del hombre santo, pero también violento y cruel.

Por entonces, ninguno de nosotros conocía sus intenciones. Con frecuencia se dirigía a la biblioteca del santuario, donde permanecía muchas horas. Los sacerdotes vigilaban recelosos sus movimientos, pero también ellos se sabían indefensos ante la llameante mirada de la santidad.

Un día se dejó ver por las calles vistiendo la túnica de los hombres del país, y pronto supimos que había alcanzado el rango de consejero de la asamblea. Al poco tiempo, su pecho lucía una condecoración reservada a los próceres de la patria. Su mirada se hizo aún más inquisitiva desde que los sacerdotes aprendieron a saludarlo con respeto y mal disimulada envidia.

Fue por esas fechas cuando se extendió el rumor sobre su misión. Se afirmaba, no sin espanto, que el extranjero había logrado convertir al rey a su fe. También se daba por cierto que éste había llegado a ofrecerle una inmensa fortuna, o acaso el reino entero, a cambio de sus enseñanzas. Todo el mundo hablaba de una nueva religión, de un nuevo dios poderoso y terrible, cuya visión era imposible de soportar, y que se complacía martirizando a sus criaturas en las más abominables formas. De nada servían entonces las oraciones ni las ofrendas para calmar su insaciable sed de destrucción. Sólo el extranjero conocía la única palabra capaz de procurar la benevolencia de aquel temible ser. La palabra contenía treinta y tres caracteres, y era tan difícil de pronunciar, que bastaba pensarla para alejar la cólera del dios.

Unos pocos años fueron suficientes para que el templo en honor del nuevo dios abriera sus puertas. Cientos de esclavos habían trabajado febrilmente para levantar el colosal edificio. Los más hábiles orfebres habían hecho posible el milagro de una ornamentación sin igual en todo el mundo conocido. Estaba orientado hacia poniente, y se componía de un gran número de salas de diferente tamaño. Situado en el centro de aquel suntuoso laberinto, se hallaba el gran altar, lugar reservado a los grandes sacerdotes y al rey. No había ninguna estatua ni representación humana o animal en el interior del santuario, pero abundaban el oro y las piedras preciosas, las maderas nobles y los más ricos tejidos.

Grandes fiestas precedieron al acto solemne en que la familia real abrazaba la nueva religión. La embriaguez general duró muchos días, y aún no se había extinguido del todo cuando el extranjero exigió treinta y tres hermosas doncellas para ofrecer un sacrificio a su dios. El espantoso olor que despedían sus bellos cuerpos al arder en la pira nos hizo volver a la realidad. El hombre gritó desde el pórtico del templo para recordar que el suyo era un dios de muerte y destrucción.

De inmediato comenzó a rugir una violenta tempestad. La tierra tembló y se abrieron grandes simas, desde las que ascendía un hedor similar al de los juveniles cuerpos de las vírgenes en la pira. Una oleada de terror se apoderó de la multitud. Los sacerdotes rogaron al extranjero, con lágrimas en los ojos, que les enseñara la única palabra capaz de apaciguar a su dios. Él cerró los ojos, elevó los brazos hacia lo alto, y permaneció inmóvil en esa actitud hasta que cesó la tempestad y la tierra dejó de temblar y se cerraron las simas otra vez.

El desamparo habitaba todas las miradas. Nadie habló. Muchos se postraron en el suelo y lloraban como niños. El extranjero parecía más investido que nunca de santidad, pero también más cruel.

Durante mucho tiempo, aquel hombre fue el dueño de nuestras vidas. Los sacerdotes le otorgaron los emblemas de su poder y el rey no sabía ya gobernar sin su consejo. Pero nadie había logrado escuchar jamás la misteriosa palabra de sus labios. Todos nos habíamos habituado a ver su figura trémula recortada frente al templo, los brazos alzados hacia lo alto, en los momentos de tribulación.

Fue durante la celebración de las fiestas de la nueva primavera, cuando el extranjero manifestó públicamente la intención que le había traído hasta nosotros. Según explicó, había venido para vendernos a su dios. Dijo esto clavando su mirada de fuego en los ojos desconcertados de los sacerdotes. Ellos contenían el aliento mientras él concretaba la singular transacción. Sabíamos perfectamente que no éramos libres de elegir. Nunca podríamos hallar por nosotros mismos la salvífica palabra, pues ni tan siquiera conocíamos los signos de su extraño alfabeto.

El rey aceptó de antemano cualquier condición. Los sacerdotes cruzaron entre sí miradas de consternación. Todos aguardábamos la oferta de aquel hombre imprevisible, de aquel loco que nos había mostrado al dios más cruel de entre todos los dioses de los hombres, y que ahora nos obligaba a convivir con él por toda la eternidad.

El precio estaba fijado. Deberíamos entregar al extranjero todos los libros sagrados que guardaba la biblioteca del templo; los libros en los que nuestros antepasados habían registrado pacientemente la historia de nuestro pueblo. De nada habían de servir las protestas airadas de los sacerdotes, ni las amargas súplicas de los guardianes del santuario. El cielo se cubrió y la tierra comenzó a temblar, mientras contemplábamos los más espantosos prodigios. El aborrecido alzó los brazos al cielo una vez más. Una cruel sonrisa animaba al fin sus labios de hombre santo.

Algunos días después se marchó para siempre con nuestro pasado. Sólo nos dejó un dios y una palabra.

14 comentarios:

Verónica C. dijo...

Ese vendedor de dioses es inmortal, Juan Antonio.

Te felicito por el relato, me has llevado a un laberinto oscuro donde se palpa ese terror y esa angustia.

Por cierto, qué hago yo en el cuadro de Auer??? :D

Besos, y una caricia suave

Juan Antonio dijo...

Eso mismo iba a preguntarte yo.

Gracias, criatura nocturna y misteriosa.

Nuria dijo...

Mal negocio, sin duda.
Me encantan tus relatos.
Besos.

Marián dijo...

...un dios y una palabra...y un futuro incierto...

Las imágenes de pinturas bellas engrandecen tus relatos...aunque sin ellas tampoco desmerecerían...

Beso.

Amanecer Nocturno dijo...

Qué intriga, Juan Antonio, creo que me pasaré todo el día pensando en la palabra mágica.

Tu prosa suele ser magnífica, y este caso no es una excepción.
Y creo que este pobre pueblo no está muy alejado de nuestra realidad actual :S

Un abrazo.

alalai cánfora sandra dijo...

No es esta la historia de la humanidad? Debe ser el vestigio más próximo que nos queda de nosotros mismos, las cenizas de todo aquello que sacrificamos en la hoguera de la fe, más poderosa a medida que nuestro temor se acrecentaba.

Ay, tu prosa... cómo me gusta y lo sabes.

Besotes!

g dijo...

Y el miedo, no te lo dejes.

Juan Antonio dijo...

El peor, Nuria. Besos.

Gracias, Marián. Eres muy amable.

Nunca la averiguarás, Esther. Pero si quieres yo te la regalo. Un abrazo de los grandes.

Cierto, Alalai, una historia recurrente y odiosa. Eres tan adorable.

El miedo... eso sobre todo. Besos, G.

Kenza dijo...

Bonjour Juan Antonio,
Merci de tes visites, je suis un peu débordée ces jours-ci, alors tu ne m'en voudras pas de ne répondre qu'aujourd'hui...

Pour ton information, il y a en ce moment à Paris une exceptionnelle et magnifique exposition Edward Hopper jusqu'au 28 janvier! J'ai dans mes projets de m'y rendre le premier week-end de janvier (pas moins de 4 heure de file d'attente...)

Bisous et très bon week-end cher ami

Mayte dijo...

El remanso de mis delirios, es una calma deliciosa tus hitorias, tus letras siempre llenan los misterios.

Pura belleza.

Anónimo dijo...

eso iba a preguntarme yo.
adónde las naves? Juan Antonio?.
tú sí qu eres -una criatura-
nocturna ...
pensando en Dios: futuro incierto.

prefiero el incierto cobijo de tus relatos. !criaturita! EL MIEDO.
t ganas en las distancias cortas,
cmo el perfume.
un beso

Juan Antonio dijo...

Emmm... vale.

alalai cánfora sandra dijo...

Ei! me salía una nueva entrada o cada día estoy peor. La realidad es sobre todo arrabalera, sí señor.

byebye

i*- La que canta con Lobos dijo...

así de cruda es la realidad. besos!