sábado, 19 de mayo de 2012

SKETCH




ESCENA ÚNICA

Un escenario vacío, en penumbra. Entra con paso titubeante el DOCTOR, un hombre de mediana edad y expresión abatida. Se aproxima torpemente hasta el objetivo de la cámara. Luego se dirige a un rincón y coge un taburete. Lo coloca frente a la cámara, se sienta en él y da comienzo a su monólogo.

DOCTOR. Una vez fui médico. Un médico famoso, rico. Incluso era guapo. Las mujeres se postraban a mis plantas. Me adoraban. (Ruborizándose.) Bueno, también algunos hombres. Todo el mundo confiaba en mí. Se ponían en mis manos. (Se mira las manos.) Estas manos. Hasta que un día... un día... (Sollozando.) Fue un error. Un error lo comete cualquiera. Incluso un médico famoso, rico y guapo. (Con amargura.) Los que tanto me admiraran una vez se volvieron contra mí. Se convirtieron en perros de presa. Me acechaban, me acosaban. Ya no había sonrisas ni bombones. Algunos me miraban con ojos asesinos. Llegué a temer por mi vida. A lo mejor por esos puñales que aparecían clavados cada mañana en la puerta de mi casa. (Compadeciéndose a sí mismo.) Tampoco era para tanto. Una equivocación la tiene cualquiera. Un fontanero suelda mal una tubería y nadie lo persigue con un destornillador. Un mecánico no acierta a la primera con la avería de nuestro coche, y no por eso le arrojamos disimuladamente dardos envenenados con una cerbatana. Pero un médico... ¡Ah!, eso es otra cosa.

Al principio procuré disimular. Si me asestaban un malintencionado navajazo en el metro, intentaba vencer la lógica indignación y miraba hacia otro lado. Si alguien arrojaba a mi paso un ramo de flores con tiesto y todo, yo saludaba como el diestro saluda en el albero. Bueno, sin montera. Si algún vecino incendiaba mi casa por pasar el rato, yo llamaba a los bomberos. Pero uno no puede vivir siempre fingiendo. Esas cosas me molestaban, no vayan a creer.

Hasta los chuchos me despreciaban. Atrás quedaban los tiempos en que acudían moviendo su rabito acompasadamente. Ahora me ignoraban. Y si alguna vez se ocupaban de mí, era para emitir agudos ladridos o para humillarme con sus cochinadas de perros malcriados.

Ahora recuerdo mi primer día en el hospital. (Ilusionado.) Recuerdo mi bata blanca, blanquísima. Parece que la estoy viendo. Todos me saludaban con respeto. (Remedando.) «Doctor por aquí, doctor por allá, eminencia, excelencia...» Qué bien me sentía yo entonces. Esa sensación placentera compensaba sobradamente todos los sacrificios, todos los esfuerzos, todas las privaciones. ¿Qué importaba ahora que mis padres hubieran tenido que quedarse sin comer infinidad de veces para pagar mis estudios? ¿Qué importaba si habían tenido que vender las tierras e hipotecar la casa?

Claro que no todo el monte era orégano. Algunas enfermeras se burlaban de un doctor joven e inexperto como yo, y me convertían en el blanco de sus mofas. Afortunadamente, esos incidentes se saldaban sin mayores disgustos. Excepto cuando me arrojaron por el hueco del ascensor. No fue con mala fe, no. Por aquellos días solían gastarse ese tipo de novatadas en los hospitales. Pero fue humillante. Sobre todo porque ella estaba allí. (Se le ilumina la mirada.) Se llamaba Laura. ¡Laura! ¡Qué hermosa era! Habíamos coincidido en varias autopsias. Yo solía quedarme mirándola siempre. Tenía unos ojos enormes, unas pestañas enormes, unas... (Carraspea para disimular.) Sí: era muy hermosa. Empezamos a salir en cuanto me soldaron los huesos.

Laura lo fue todo para mí. Después de tres años de relaciones, nos casamos una bonita mañana de junio. Tuvimos dos hijos y un perro. Bueno, también estaba la cotorra, pero era muy antipática y no decía una palabra. ¡Qué felices éramos! Laura dejó su trabajo de enfermera para dedicarse a los niños. Cuando volvía a casa y reencontraba a mi familia, me sentía el más feliz de los hombres. Quería a Laura, quería a los niños, quería al perro. La cotorra ya la habíamos regalado. Nos queríamos tanto, que casi no parecíamos una familia. Los niños crecieron y la vida seguía siendo maravillosa. Yo ya gozaba de una sólida reputación como cirujano. Ganaba mucho dinero, recibía numerosos regalos y tenía amigos por doquier. Me invitaban a todas partes y en todas partes era agasajado y respetado. (Sombrío.) Hasta que un día... Un error, una simple equivocación, y mi vida entera se derrumbó.

Todos me abandonaron: mis amigos, mis antiguos colegas, mi mujer, mis hijos... Hasta el perro. Luego comenzaron aquellas siniestras acechanzas. Notaba algunas miradas fulminantes que me helaban el cogote. Notaba un casual empujoncito justo cuando pasaba por mi lado el autobús. Notaba el olor del cianuro en la jarra de cerveza. Todo eso no podían ser coincidencias. Estaba bien claro que querían acabar conmigo.

Hace tiempo que huyo de todo el mundo. Cualquier momento puede ser el último. Errar es humano. Ya lo dijo... esto... En fin, lo dijo alguien que seguramente tenía sus razones. Pues bien, yo quiero confesar. Quiero confesarme ante ustedes. Necesito defender mi inocencia, aunque sea lo último que haga. Quiero que ustedes se conviertan en jueces y dicten sentencia sobre mi caso. No pido indulgencia. Sólo pido justicia. Sepan todos que hoy, aquí, voluntariamente, he decidido comparecer ante ustedes para someterme al veredicto de este improvisado tribunal. Escuchen, pues, mi confesión. Luego, ustedes mismos podrán decidir. Lo que sucedió aquel infortunado día, el terrible fallo, el error que cometí no fue otro que...

(Suena un disparo. El hombre se tambalea y cae fulminado sin poder acabar su confesión.)

13 comentarios:

Juan Antonio dijo...

Este sketch formaba parte de un proyecto que me encargó una televisión local y que no llegó a buen puerto. Lo rescato hoy del baúl de los cadáveres.

Tengo que decir en mi descargo que, cuando lo escribí, aún no se había popularizado ese horrendo género televisivo del monólogo humorístico que hoy cosecha tantos y tan dudosos éxitos.

Verónica C. dijo...

No está mal, Juan Antonio.
Ya se sabe que lo que vende es lo ligero, que se digiere sin más, efímero y que no llegue.

Una putada lo del tiro, ya podían haber esperado un momento.
Ahora tendré que ponerle yo un final porque me quedo con la levantá del alma preguntándome tantas cosas...
Y eso está bien.

Isa. dijo...

Nos dejas con la intriga, preguntándonos cuál será el terrible error que cometió. Y más aún, ¿quién ejecutó el disparo y qué historia escondía detrás del arma?

Por cierto, muy bueno cuando habla sobre lo que significa cometer un error en otras profesiones y en la suya. Cuántas veces olvidamos que los médicos, antes que dioses sanadores, son hombres...

xiana dijo...

jajaja
Fulminado en el momento justo!!
Muy bueno :)

Amanecer Nocturno dijo...

Estas cosas no se hacen. Esperaba sangre o algo peor al final, pero desde el recuerdo del pasado no en la vivencia del presente.
Haznos un final alternativo para el blog, anda.

Un abrazo.

Anónimo dijo...

Es bueno!!... casi Balint en estado puro...

Juan Antonio dijo...

Mmmm... Tal vez fueron sus padres, que lo odiaban secretamente por haber tenido que pasar tantas privaciones para que él se convirtiera en una especie de deidad olímpica en la tierra... Tal vez la cotorra, a la que nunca se molestó en comprender...

Dejo el final a vuestro criterio. Y la sangre. Y las vísceras. Servíos...

Laira dijo...

¡¡ou yeahhh!! me he imaginado la escena a la perfección, podría hacerse en cualquier escenario y quedaría de lujo...¡me encantó!.
Quiero agradecerte tus visitas a mi blog, te espero siempre que quieras con una taza de café.
Besos.Me quedo por aquí si me dejas.

Señorita Demakrada dijo...

Agh!! Ke certero in-final

i*- La que canta con Lobos dijo...

Genial!! Todos nos hemos quedado con la intriga!!! Estoy de acuerdo con Amanecer Nocturno ¡Final alternativo para el blog! Besos!

Nuria dijo...

No vayan a creer... Me encanta! Pero qué intriga, qué zozobra, cuanta incertidumbre. Yo creo que fue la cotorra... tanto odio contenido, sin poder expresarlo...
Un beso intrigado!

Mayte dijo...

Hubiese sido una escena fenomenal...la imagino y tiemblo.

Besos.

rayuelasolvidadas dijo...

Oh. Cómo me ha encantado todo esto, y que final que desgarra y un poco de desilusión.. pero más alla de eso, me quedo asombrada con las casualidades de la vida, pero tengo una amiga que se llama laura y es enfermera y tenía que decirtelo, asique me pareció más magico todo. Hermoso!