lunes, 28 de mayo de 2012

EL SANTUARIO DE ANUSIR-BET

"Templo de Philae" (David Roberts)


Todos aquellos que han sido iniciados en el santuario de Anusir-Bet, como yo lo fui una vez, saben cuál será mi suerte tras dejar escritas estas páginas.

Fueron varias las razones que me impulsaron a aceptar la vida de retiro y la rigurosa regla del santuario. Mis padres me animaron con sus palabras, pues suspiraban por los honores reservados a los progenitores de los hombres santos. Tampoco a mí me desagradaba la vida virtuosa de los elegidos de la diosa. No es fácil acceder a un lugar destinado a los más nobles jóvenes. Pero el oro de mi padre supo recompensar colmadamente la generosidad de los grandes sacerdotes.

Al principio, me llenó de satisfacción la atmósfera de recogimiento del templo. Era feliz contemplando, siquiera tras de las celosías, la estatua dorada de la imponente diosa. El aroma de los incensarios, la palidez de las lámparas, el canto monótono y solemne de los sacerdotes, me sumergían en un mundo de mística dicha. Mi máxima aspiración se cifraba en llegar a ser merecedor de la iniciación y contemplar frente a frente el inefable rostro de la diosa.

Pero la vida cotidiana era muy dura para un joven novicio. El maestro, Anak-Bet, nos reprendía continuamente y parecía gozar mientras aplicaba sus crueles castigos. En una ocasión, recayeron sobre un joven que, aún atado a las pasiones propias de los demás adolescentes, conservaba bajo el manto un recuerdo de amor. El maestro empleó tanto rigor en el escarmiento, que el muchacho quedaría lisiado para siempre. Alguna inocua torpeza me valió a mí mismo conocer los feroces golpes de Anak-Bet.

También era dura la vida de los novicios por otras razones. La comida era tan escasa como desmedida la disciplina. Aunque, después de todo, un hombre santo debía conceder poca o ninguna importancia a los placeres de la mesa.

Pero una siniestra duda comenzó a oprimir mi pecho el día que fui llamado para prestar servicio a los diez grandes sacerdotes. Se encontraban reunidos en una suntuosa estancia. Aparecieron ante mí recostados sobre mullidas y multicolores almohadas. Vestían fastuosos mantos, devoraban sin recato numerosos platos colmados de deliciosos manjares, apuraban con ostentación hermosas copas y se solazaban contemplando las impúdicas danzas de algunas esclavas, más bellas que cuantas hubiera visto antes en el palacio de mi padre. Los sacerdotes, sobre todo el gran Malak-Bet, tenían la mirada turbia a causa del vino, y proferían gritos obscenos a las danzarinas. Los demás aplaudían ruidosamente y aun pugnaban por sobrepasar su grosería.

¿Debía creer todavía en la pureza, a pesar de aquel terrible espectáculo? ¿Debía creer todavía en la santidad del templo, a pesar de que el gran sacerdote Malak-Bet, animado por la embriaguez, corriera a cuatro patas tras la más joven de las esclavas? ¿Debía permanecer inquebrantable mi fe aun cuando el gran Asrut-Bet suplicara entre espumarajos que lo azotaran? ¿Debía creer en la pureza de los hombres santos, aun cuando les viera reír, gemir, maldecir, fornicar e incluso defecar como animales poseídos por el Malo?

Cuando hube regresado a mi celda, el frío, el hambre y el miedo, sobre todo el miedo, me postraron durante algún tiempo. La fiebre hizo estragos en mi debilitado cuerpo y en mi mente torturada.

Al cabo de tres días pude volver a las oraciones de la madrugada y nuevamente contemplé desde lejos la deslumbrante estatua de la diosa. No hablé a nadie de mis zozobras, pero la mirada de uno de los novicios no se apartaba de mí, sobre todo cuando se nos anunció que la diosa iba a dirigirnos su palabra. Me sentí sobrecogido por una voz fría, como hueca, que partía directamente de la rígida sonrisa de la estatua dorada. Apenas comprendí nada, pero la presencia del milagro me hizo olvidar la impiedad de los sacerdotes. Anusir-Bet, madre del mundo, portadora de vida, fructificadora, dueña de los días y las noches de los hombres, estaba hablando y yo podía escuchar su terrible voz.

Fue al día siguiente cuando el novicio que no cesaba de buscarme con la mirada se acercó a mí. Habíamos sido enviados al huerto del templo para recoger algunos frutos. Al fin me habló:

—Malak-Bet sigue persiguiendo a las jóvenes esclavas.

Le reprendí por emplear un lenguaje tan impío, pero él se echó a reír.

—Más impío ha de ser quien corre a cuatro patas tras las danzarinas, o quien pide a gritos que lo azoten, o quien pronuncia el nombre de la diosa entre cánticos de taberna.

Intenté alejarme, pero me retuvo con firmeza.

—¿También crees que las estatuas doradas de los dioses pueden hablar?

Me zarandeó con violencia y creí que iba a matarme. Pero a poco me soltó y continuó hablando en tono amigable:

—Yo he visto al sacerdote que finge la voz de la diosa. Se oculta detrás de la estatua, protegido por los ricos cortinajes que rodean el pedestal. Dicen que fue un sabio llegado de lejanas tierras quien construyó el artificio por el cual se transforma su voz.

No pude dormir esa noche, ni durante muchas otras noches. Recordaba las palabras del novicio, y su mirada no cesaba de acosarme. Algún tiempo después desapareció del santuario. Se dijo que se había fugado, pero yo sabía que no era cierto.

Transcurrido el tiempo de aprendizaje que prescriben los Libros del santuario, llegó el día de la iniciación. Un resplandor indescriptible me cegó al entrar por vez primera en el templo. La visión del altar desde el pórtico principal era abrumadora. Los sacerdotes, alineados según la disposición de las columnas de la inmensa nave, prestaban un tono de solemnidad a la ceremonia, incrementado por el irrespirable aroma del incienso. Los novicios avanzábamos temblorosos, impresionados por la irrealidad del ambiente y desfallecidos por el atroz ayuno. Entonces se elevó, como el eco de una tempestad, el cántico de los sacerdotes.

Arrodillados ante el altar, recibimos la enseñanza del gran sacerdote Malak-Bet. Yo no podía dejar de recordarle corriendo a cuatro patas tras las esclavas desnudas. Pero su voz era serena y majestuosa mientras nos investía el manto de los iniciados. Después se repitió el milagro. Anusir-Bet habló de nuevo para instruirnos en su divina sabiduría. Ahora nos estaba permitido al fin mirar a los ojos de la diosa. Había esperado anhelante que llegara ese momento. Pero no fui capaz de hacerlo.

Ha pasado mucho tiempo desde aquel día. No hay temor en mi alma al escribir estas palabras, aunque sé que la muerte me aguarda, quizá, en algún oscuro rincón del templo. Mi suerte será la de aquel joven novicio al que no tuve más remedio que delatar.

13 comentarios:

Nuria dijo...

Me encanta. Me has dejado muda, totalmente.
Lo triste es que de eso se componen las religiones, de impíos que mienten, que predican una cosa mientras hacen la contraria, de crédulos y de unos pocos que ven la verdad, cuyo futuro es incierto.
Increible.
Un beso asombrado y enmudecido.

Verónica C. dijo...

Totalmemte atrapada en el relato.
Así ha sido siempre, la manipulación del poderoso engrandeciendo la fe y la ignorancia del otro.

El final es sorpresivo, no esperaba que lo hubiera delatado :(

Muy bueno Juan Antonio, me quedo reflexionando.

Besos y enhorabuena

xiana dijo...

Pero bueno!! parecía un bobín cuando lo "compramos" jajaja
Tremendo relato, sí señor. Me ha prendido desde las 4 primeras palabras.

Besos.
Tu blog me encanta, tiene muchos registros...

Jess dijo...

Ayer empece a escribir, y quise publicarlo. No se cuanto durara.

Jess dijo...

¿Te ha gustado? Pues no lo se, depende de muchas cosas.

Jess dijo...

Ohh me alegro de que te guste. Gracias

Galia B. dijo...

Gracias por algo así, Juan Antonio.
Leyéndote me doy cuenta que me queda mucho por aprender, mucho camino por recorrer. ¡Eres todo inspiración!.

Un beso.

Amanecer Nocturno dijo...

Jo, me he quedado con ganas de saber qué dijo la diosa la primera vez que habló. Deberías hacer una segunda parte, es un relato muy bueno!

Un beso!

Jess dijo...

¿Si? No me digas esas cosas que al final me las creo. Un beso

P dijo...

Muy bueno el relato y puedo observar que al cabo de los años y los siglos, las religiones se basan en lo mismo, nada cambia. Besos

Señorita Demakrada dijo...

Cuando se trata de esperar, la espera es insoportable y se termina añorando más la espera que lo esperado.

Señorita Demakrada dijo...

A veces ;)

Setefilla Almenara J. dijo...

Muy buen relato.Ha captado mi atención de principio a fin este capítulo de catecúmenos.

Saludos.

Sete