lunes, 31 de diciembre de 2012

UNA ENTRADA PRESCINDIBLE (COMO TODAS LAS DEMÁS)

"The black mirror" (William Nicholson)


No me lo tomen a mal: nunca se me dieron bien los rituales. Además, anoche tuve un sueño encabronado, la peor pesadilla que podría concebir una mente simple, bucólica y pastoril como la mía. ¿De dónde coño pueden salir semejantes abortos vedados incluso al neoexpresionismo más canallesco? Mejor no hablemos de eso. Hablemos de san Silvestre. Aunque diría que a nadie le importa un pito ese señor. En realidad, ¿a quién le importa esta entrada vanal y prescindible? Tal vez lo mejor sea decir sencillamente: hoy acaba algo, hoy empieza algo.

Vale,  el tiempo es una ficción psicológica para ordenar y dar sentido a lo que puede no/no puede tenerlo. Todo se reduce a puro nominalismo. Pero un nominalismo desencantado que ha perdido el candor con que fue definido por las gentes del medievo. Una vez escribí en unos versos igualmente prescindibles que una oruga se encuentra más cerca de la metafísica que los aplicados escolásticos. Desde luego mucho más cerca que Tomás de Aquino y su ventajista teoría del conocimiento. Hoy lo mantengo. De hecho quiero ser oruga. Sin ciencia ni conciencia, sin pasaporte, sin firma digital, sin blog, sin historia. Las orugas no se plantean si son prescindibles, pero tampoco les preocupa gran cosa.

¿Por dónde íbamos? Ah, si: espero que sean tan felices como puedan.

miércoles, 26 de diciembre de 2012

DESIDERATA

Mike Worrall


Imaginemos por un momento que alguien olvidó dar cuerda a todos los relojes. No. Es absurdo. Ya nadie da cuerda a los relojes.

lunes, 24 de diciembre de 2012

PASABA POR AQUÍ

"Christ in the house of his parents" (John Everett Millais)


Evitemos formalidades innecesarias. No repitamos clichés gastados. No abundemos en palabras que perdieron su auténtico significado en las dudosas aristas de las aceras. A veces es preferible así. Los paréntesis son suficientemente elocuentes. Permiten aislar la ternura, el amor, la solidaridad, de otras espurias emociones. Dejemos obrar a los paréntesis, que sean un grato bálsamo contra el frío, el miedo, la barbarie, la soledad. Somos. Estamos. Además, pasaba por aquí. Y sucede que os quiero.

Un largo e intenso abrazo.

martes, 18 de diciembre de 2012

TAL VEZ MAÑANA TUS OJOS ENCUENTREN EL CAMINO DE REGRESO

"A young girl reading" (Michael Peter Ancher)


Pero lo sabes, ¿verdad? Hay jardines abandonados donde las flores destilan su veneno. Para ti. Para mí. No te hagas esperar.

domingo, 16 de diciembre de 2012

LA NOCHE NO DA TREGUA

"Noche estrellada" (Edvard Munch)


No nombremos la luna, amor.
Guardemos mejor bajo océanos de silencio
el sangrante aluvión de la memoria
y el horror insepulto de sabernos.

La noche conoce demasiado nuestras tretas.
No despertemos al chacal que acecha
en la selva rumorosa de los besos.
No ofrezcamos nuestro oficio de tinieblas
mientras mordemos delirantes labios.
No arruinemos las balconadas del alba
con la sed antiquísima del cuerpo.

Quiero dormir. Morir. Soñar.
Tan sólo eso.

jueves, 13 de diciembre de 2012

CORRIMIENTOS AL ROJO EN TIEMPO DE ADVIENTO

William McGregor Paxton


Las tortugas te invierten en pupilas de piedra
afiladas lunas crecientes
electrizan la piel
y un corrimiento al rojo anuncia que el tiempo ha llegado
el tiempo de deshacer las sábanas
y arañar los corazones
el tiempo de las cerezas
del hielo en las acequias
(amor ¿esa supernova es cosa nuestra?)
pero los tigres miden las distancias
infinitesimales
que podrían separarnos
la luz o la nada
mientras devoramos niebla


martes, 11 de diciembre de 2012

LAS PALABRAS DUELEN SI REBOTAN EN LAS PAREDES DEL MANICOMIO DE MONDRAGÓN

"El perfume" (Alejandro Marco)


NECROFILIA
(prosa)

El acto del amor es lo más parecido
a un asesinato.
En la cama, en su terror gozoso, se trata de borrar
el alma del que está,
hombre o mujer,
debajo.
Por eso no miramos.
Eyacular es ensuciar el cuerpo
y penetrar es humillar con la
verga la
erección de otro yo.
Borrar o ser borrados, tando da, pero
en un instante, irse
dejarlo
una vez más
entre sus labios.

Poesía, Leopoldo María Panero

jueves, 6 de diciembre de 2012

EL VENDEDOR DE DIOSES

"La tentación de san Antonio" (Robert Auer)


El hombre venía de algún lugar lejano, a juzgar por la extraña indumentaria, y en su voz se insinuaban los ecos de un áspero e incomprensible lenguaje. Nadie pareció ofendido, sin embargo, por sus imperiosos ademanes ni por su irritante arrogancia, hasta que tocó con sus manos la cabeza de nuestro rey.

Su rostro era ciertamente hermoso, a pesar de la mirada agitada y la terrible mueca que dibujaban los labios. Su cuerpo era el de los anacoretas de antaño. Cualquiera adivinaría en su porte la presencia del hombre santo, pero también violento y cruel.

Por entonces, ninguno de nosotros conocía sus intenciones. Con frecuencia se dirigía a la biblioteca del santuario, donde permanecía muchas horas. Los sacerdotes vigilaban recelosos sus movimientos, pero también ellos se sabían indefensos ante la llameante mirada de la santidad.

Un día se dejó ver por las calles vistiendo la túnica de los hombres del país, y pronto supimos que había alcanzado el rango de consejero de la asamblea. Al poco tiempo, su pecho lucía una condecoración reservada a los próceres de la patria. Su mirada se hizo aún más inquisitiva desde que los sacerdotes aprendieron a saludarlo con respeto y mal disimulada envidia.

Fue por esas fechas cuando se extendió el rumor sobre su misión. Se afirmaba, no sin espanto, que el extranjero había logrado convertir al rey a su fe. También se daba por cierto que éste había llegado a ofrecerle una inmensa fortuna, o acaso el reino entero, a cambio de sus enseñanzas. Todo el mundo hablaba de una nueva religión, de un nuevo dios poderoso y terrible, cuya visión era imposible de soportar, y que se complacía martirizando a sus criaturas en las más abominables formas. De nada servían entonces las oraciones ni las ofrendas para calmar su insaciable sed de destrucción. Sólo el extranjero conocía la única palabra capaz de procurar la benevolencia de aquel temible ser. La palabra contenía treinta y tres caracteres, y era tan difícil de pronunciar, que bastaba pensarla para alejar la cólera del dios.

Unos pocos años fueron suficientes para que el templo en honor del nuevo dios abriera sus puertas. Cientos de esclavos habían trabajado febrilmente para levantar el colosal edificio. Los más hábiles orfebres habían hecho posible el milagro de una ornamentación sin igual en todo el mundo conocido. Estaba orientado hacia poniente, y se componía de un gran número de salas de diferente tamaño. Situado en el centro de aquel suntuoso laberinto, se hallaba el gran altar, lugar reservado a los grandes sacerdotes y al rey. No había ninguna estatua ni representación humana o animal en el interior del santuario, pero abundaban el oro y las piedras preciosas, las maderas nobles y los más ricos tejidos.

Grandes fiestas precedieron al acto solemne en que la familia real abrazaba la nueva religión. La embriaguez general duró muchos días, y aún no se había extinguido del todo cuando el extranjero exigió treinta y tres hermosas doncellas para ofrecer un sacrificio a su dios. El espantoso olor que despedían sus bellos cuerpos al arder en la pira nos hizo volver a la realidad. El hombre gritó desde el pórtico del templo para recordar que el suyo era un dios de muerte y destrucción.

De inmediato comenzó a rugir una violenta tempestad. La tierra tembló y se abrieron grandes simas, desde las que ascendía un hedor similar al de los juveniles cuerpos de las vírgenes en la pira. Una oleada de terror se apoderó de la multitud. Los sacerdotes rogaron al extranjero, con lágrimas en los ojos, que les enseñara la única palabra capaz de apaciguar a su dios. Él cerró los ojos, elevó los brazos hacia lo alto, y permaneció inmóvil en esa actitud hasta que cesó la tempestad y la tierra dejó de temblar y se cerraron las simas otra vez.

El desamparo habitaba todas las miradas. Nadie habló. Muchos se postraron en el suelo y lloraban como niños. El extranjero parecía más investido que nunca de santidad, pero también más cruel.

Durante mucho tiempo, aquel hombre fue el dueño de nuestras vidas. Los sacerdotes le otorgaron los emblemas de su poder y el rey no sabía ya gobernar sin su consejo. Pero nadie había logrado escuchar jamás la misteriosa palabra de sus labios. Todos nos habíamos habituado a ver su figura trémula recortada frente al templo, los brazos alzados hacia lo alto, en los momentos de tribulación.

Fue durante la celebración de las fiestas de la nueva primavera, cuando el extranjero manifestó públicamente la intención que le había traído hasta nosotros. Según explicó, había venido para vendernos a su dios. Dijo esto clavando su mirada de fuego en los ojos desconcertados de los sacerdotes. Ellos contenían el aliento mientras él concretaba la singular transacción. Sabíamos perfectamente que no éramos libres de elegir. Nunca podríamos hallar por nosotros mismos la salvífica palabra, pues ni tan siquiera conocíamos los signos de su extraño alfabeto.

El rey aceptó de antemano cualquier condición. Los sacerdotes cruzaron entre sí miradas de consternación. Todos aguardábamos la oferta de aquel hombre imprevisible, de aquel loco que nos había mostrado al dios más cruel de entre todos los dioses de los hombres, y que ahora nos obligaba a convivir con él por toda la eternidad.

El precio estaba fijado. Deberíamos entregar al extranjero todos los libros sagrados que guardaba la biblioteca del templo; los libros en los que nuestros antepasados habían registrado pacientemente la historia de nuestro pueblo. De nada habían de servir las protestas airadas de los sacerdotes, ni las amargas súplicas de los guardianes del santuario. El cielo se cubrió y la tierra comenzó a temblar, mientras contemplábamos los más espantosos prodigios. El aborrecido alzó los brazos al cielo una vez más. Una cruel sonrisa animaba al fin sus labios de hombre santo.

Algunos días después se marchó para siempre con nuestro pasado. Sólo nos dejó un dios y una palabra.

martes, 4 de diciembre de 2012

DE QUÉ ESTÁ HECHA LA NADA

"The kiss" (Odd Nerdrum)


Sabes que no hay nada más al otro lado de las sábanas
ángulos obtusos
manzanas mordidas por el moho
turbia descarga de placer
sabes bien que no hay nada
si un huracán poblado de diminutos cocodrilos
lame despacio tus heridas
al otro lado de las sábanas
cuando tú
cuando yo
no somos
o somos el latido ínfimo de la nada
infectando de soledad tu boca
lo sabes bien
amor
estertor improbable
corazón turbado
húmedo
nada

domingo, 2 de diciembre de 2012

PREGUNTAS CAPCIOSAS

"Reclining nude" (Edward Hopper)


Dime, ¿acaso tengo yo la culpa de que me ponga tanto el corpus aristotelicum?

sábado, 1 de diciembre de 2012

MATEMÁTICA DE LA SOLEDAD





Alice se sentó en la cama, muy en el borde —el colchón no se hundió bajo su peso—, miró a los lados como buscando algo, y al final preguntó:
—¿No te sientas?
Él lo hizo; con cautela, a tres palmos de ella. La música retumbaba como si las paredes respiraran con sofoco. Alice observó las manos de Mattia, que él tenía cerradas.
—¿Se te ha curado la mano?
—Casi.
—¿Cómo te lo hiciste?
—Me corté en el laboratorio de biología, sin querer.
—¿Puedo ver la herida?
Mattia apretó los puños con fuerza, pero luego, lentamente, abrió la mano izquierda. Una cicatriz morada y perfectamente recta la surcaba en diagonal, en medio de otras más cortas y claras, casi blancas, entrecruzadas a lo largo y ancho de toda la palma, como las ramas peladas de un árbol vistas a contraluz.
—Yo también tengo una —dijo Alice.
 Mattia cerró la mano y se la metió entre las piernas, como escondiéndola. Ella se puso en pie, se alzó un poco el suéter y se desabotonó los vaqueros. Él fue presa del pavor. Bajó la vista todo lo que pudo, mas no evitó ver cómo las manos de Alice doblaban un poco los pantalones y dejaban al descubierto una gasa prendida con esparadrapo y, bajo ella, el ribete de unas bragas gris claro.
Y al ver que también bajaba este ribete unos centímetros, contuvo el aliento.
—Mira —dijo Alice.
Paralela al hueso ilíaco se veía una cicatriz larga, de bastante relieve y más ancha que la de Mattia; las señales de los puntos de sutura, que la cruzaban perpendicularmente a intervalos regulares, la asemejaban a las que se pintan los niños en la cara cuando se disfrazan de piratas.
A él no se le ocurrió nada que decir. Ella se abotonó los vaqueros, se remetió la camiseta y volvió a sentarse, esta vez algo más cerca del muchacho.
A continuación hubo un silencio casi insoportable. La distancia que mediaba entre sus caras palpitaba de expectación y azoramiento. Al cabo, por decir algo, Alice preguntó:
—¿Te gusta la nueva escuela?
—Sí.
—Dicen que eres un genio.
Mattia se mordió las mejillas hasta sentir el sabor metálico de la sangre.
—¿Y de veras te gusta estudiar?
Él asintió.
—¿Por qué?
—Es lo único que sé hacer —contestó con voz queda.
Deseó decirle que también le gustaba porque era algo que podía hacer solo, porque lo que uno estudia son cosas sabidas, muertas, frías; porque las páginas de los libros de clase tienen todas la misma temperatura, lo dejan elegir a uno, nunca hacen daño ni uno puede hacerles daño a ellas… Pero se abstuvo.

La soledad de los números primos, Paolo Giordano

miércoles, 28 de noviembre de 2012

CIENCIA DEL SER

Ilustración del Dioscórides de Viena (siglo VI)


Sí. También los oscuros lirios agonizan
mientras te pones un abrigo de otro invierno.
No se puede detener el ocaso
ni la pálida dicha de una aurora
y pasar a otro asunto.

Por eso un corazón herido
abandona un amor, un pájaro, una música,
para no volver más.
Por eso una oruga silenciosa
está tan cerca de la metafísica,
más cerca de esa abstrusa ciencia del ser
que muchos aplicados escolásticos.

No hay duda. Un jazmín se adormece
y es el fin.
Como el ebrio candor del nardo,
que asesta un golpe a la conciencia
con su turbada geometría
para morir luego.

Fatigoso destino del alhelí,
luminoso como un océano rutilante
y escarabajo dormido bajo escarcha
aguardando la luz o la nada.

Sí. Unas manos esperan también,
rodean un objeto familiar,
distraen el horror al vacío primigenio
con infantiles estrategias.
Pero hasta los lirios más fragantes recibieron el estigma.

martes, 27 de noviembre de 2012

DECONSTRUCCIÓN DE LA MEMORIA

Leopoldo María Panero


PÁGINA VEINTE

Esperando todos los días para que venga el cierzo
para que venga el ciervo
azul como el poema, como el gamo
que corre fugitivo sobre el poema
y que sea la nada mi último poema
baba de los labios para que el hombre muera
azul sobre la página
" victorieusment fuit le suicide beau" Mallarmé lo dijo
oh belleza húmeda del suicidio
única rosa, única flor
rosa cúbica de la página
para que el hombre descubra
que no es un hombre.

Los señores del alma, Leopoldo María Panero



lunes, 26 de noviembre de 2012

LA LUNA SE HACE NIÑA

"The rehearsal" (Maggie Taylor)


Espejo o cielo donde se invierte la ternura
en nubes irreales
(¿o eran caricias?)
sueño
simétricas nostalgias
y una muerte tan dulce
(¿o era amor?)
rompe el silencio
mineral
insomne



sábado, 24 de noviembre de 2012

EL SUTIL ARTE DE ENVENENAR UN CORAZÓN

"Biancaneve" (Amedea Morgan)


Se dice del ángel que guarda la puerta del misterio: él conoce la palabra justa en cada lengua, los símbolos exactos, la entonación precisa, el ritmo de la respiración, la cadencia que turba el éter lo imprescindible, el sutil arte de envenenar un corazón hasta los confines de la locura.

viernes, 23 de noviembre de 2012

EL TIEMPO SE HA DESHECHO DE NOSOTROS

"Corral de locos" (Francisco de Goya)

Incluso en el pozo lleno de espantos que pinta Goya, tan distinto de la gozosa nave de los locos de los últimos días del medievo o los primeros de una nueva edad dorada. A pesar de la horrenda neblina que marca a zotal y fuego los balcones de la tristeza. Incluso en la última alcantarilla del infierno menos literario. Incluso en esos lugares de espanto. ¿No habéis visto esa luz engañosa y prometedora como la asqueante caricia de un dios menor? 

miércoles, 21 de noviembre de 2012

EXCUSAS EXTEMPORÁNEAS

"The smiling spider" (Odilon Redon)


Te advertí que mi corazón estaba enfermo de melancolía
no sé tal vez otra cosa
el mal tiene muchos nombres
y en todos la última letra es una horrible crisálida
infectada de olvido
hedionda
de soledad tal vez
ese moho ruin que envenena las noches
e invita a todas las ratas de mi infancia
al tierno banquete de mi corazón
te lo advertí
pero tú estabas demasiado ocupada corriéndote como una loca

martes, 20 de noviembre de 2012

COSAS QUE NO HAY QUE OLVIDAR EN UN CAJÓN

"Reclining nude" (Gaston Bussière)


Pero si dices me enamoras,
todas las gaviotas de todas las terrazas
se derriten en suspiros de albahaca.
Si dices abrázame, tómame, rómpeme,
una rama se quiebra en las alamedas sin tiempo
y el chasquido se multiplica hasta la locura.
Si dices mata este dolor que oprime en lo más oscuro del pecho,
en ese punto donde el corazón es ciego,
donde los niños sienten el primer orgasmo
con un júbilo próximo a la codicia,
donde la muerte hace blanda la tierra
y los lirios se pudren sin remedio,
entonces, amor, no sabré qué decirte.
Si dices dame esa manzana verde
de mis labios a los tuyos y de los tuyos a mi boca,
si dices eso, amor, creo que no viviré para contarlo.

jueves, 15 de noviembre de 2012

MARTIRIO DE LA CRUZ

"Flores deshojadas" (Ramón Casas i Carbó)


Martirio de la Cruz se dejó caer en el jergón con un cansancio infinito. Las cinco marcas trazadas en la cal mugrienta de la pared no mentían, pero a ella le parecía que llevara allí mucho, muchísimo más que cinco días. También aquella tarde notaba los estragos de la fiebre. Del fondo de la galería llegaban los ecos de una cancioncilla procaz. Debía ser sin duda Carmela la Legionaria, encerrada por descuartizar a su amante para matar el aburrimiento, según sus propias palabras. Alguien ordenó silencio, pero la Legionaria la retó a hacerla callar si es que tenía lo que había que tener. Ante la falta de respuesta, continuó con su atrevida copla.

Y pensar que ella, Martirio de la Cruz Fernández Entrambasaguas, había nacido para reina. Eso fue lo que pronosticó una gitana al verla tan linda el día de su bautizo, con aquellos rizos dorados y un trajecito blanco como la nieve, con sus botitas de lana, su baberito de encaje y aquel mantón de flores que según decían había sido capote de paseo del inolvidable Frascuelo.

Cuando conoció a Dionisio, le pareció un príncipe, aunque no tuviera dónde caerse muerto. A ella no le importó aprender a trabajar, ni comprar fiado en la tienda de ultramarinos, ni tampoco dejarse querer por un médico del vecindario que le ayudaba en el sostenimiento económico de la casa. Luego, cuando vinieron los hijos, trabajó hasta dejarse la salud en los portales de los alrededores.

A Dionisio no le duraban las ocupaciones.

—Es que tiene el temperamento de un artista —decía ella para justificarlo.

Ahora, tendida en el camastro de su celda, lo recuerda como era: alto, apuesto, con porte de galán de vodevil, el traje impecable, los botines relucientes y el sombrero ligeramente caído a un lado. Siente un estremecimiento al pensar en Dionisio. Para qué negar que lo sigue queriendo después de todo.

La Legionaria ha dejado momentáneamente el género picaresco. Ahora la ha emprendido con Soldadito español y con Roja y gualda, mi bandera.

Martirio de la Cruz saca un cigarrillo de los que le obsequió su primo Trinidad. Él sí que la quiso. Desde pequeños. Desde un día en que llenó con su nombre todas las tapias, todas las fachadas y todos los árboles del barrio. Él sí la habría tratado como a una reina. No había más que ver cómo se había deshecho en lágrimas la tarde anterior cuando la encontró con la cabeza rapada al cero y vestida con un uniforme demasiado grande. Nadie había acudido a visitarla excepto el bueno de Trinidad, que la seguía venerando como a una virgen. Él le llevó chocolate, revistas, varios cartones de tabaco rubio americano y galletas de mantequilla holandesas. Y una estampita de santa Rita, abogada de las causas imposibles. Ahora, al mirar la estampa, ella recuerda las lluvias torrenciales de su infancia y el altar sombrío de la santa, donde su abuela se detenía a rezar con ojillos de perro abandonado.

—Santa Rita tiene mucha mano en el cielo —le decía—. Acuérdate de ella y nunca te echará en olvido.

Luego seguía rezando y a veces acababa por quedarse dormida arrodillada en el reclinatorio. Cuando despertaba, seguía moviendo los labios de tal modo que la niña no sabía si decía una oración o canturreaba una tonadilla de moda. Al final se levantaba, depositaba una moneda en el cepillo y le decía:

—Vamos, niña, que la santa ya sabe lo que me hace falta.

Martirio de la Cruz fuma y contempla la estampita con una sonrisa desangelada. ¿Qué podía esperar ella después de lo que había hecho? Realmente no estaba arrepentida, pero comprendía que ahora amaba más que nunca a Dionisio, a pesar de todo.

Él no le era leal. Eso lo sabía ella desde antes de casarse. Demasiado bien conocía sus andanzas en casa de una hetaira que atendía por Leonarda la Babilónica. Pero al fin y al cabo, aquello no era más que desahogo carnal sin mayores consecuencias. Que hubiera participado en alguna francachela sonada y que una tal Flora la Malagueña hubiera intentado cortarse las venas para retenerlo a su lado, no pasaban de ser meras anécdotas. Al menos, eso argumentaba ella ante los reproches de sus amigas.

—Una mujer honesta no debe hacer ciertas cosas —decía—. Para eso están las fulanas, que también son criaturas de Dios.

Toda esa buena disposición se le agrió en la garganta una mañana de junio, a sus ocho años de matrimonio, cuando vio a Dionisio del brazo de una jovencita. Por lo que pudo averiguar, trabajaba como empleada en una peluquería de señoras del centro de la ciudad y apenas había cumplido diecinueve años. Lo que más la ofendió fue la expresión de carnero degollado con que él miraba a la muchacha. Eso y el respeto que le mostraba. Aquello era más serio de lo que pudiera parecer.

Esa tarde, Martirio de la Cruz no dijo nada que pudiera alertar al esposo infiel. Él debía seguir actuando con completa libertad. Sólo así sería posible llegar al fondo de aquello. A medida que pasaban las horas, Martirio de la Cruz perdía los nervios. Sabía que esa noche se habían citado en un parque al que acudían muchos novios al oscurecer empujados por las urgencias de la pasión.

Cuando llegó junto a la estatua del ángel caído, ellos estaban allí. No se besaban, ni realizaban ninguna de las acciones que ella en su delirio había imaginado una y otra vez. Sumergidos en una cálida aureola de perfumes nocturnos, amparados por las sombras de mirtos y laureles, Dionisio decía palabras de amor a aquella niña que, ahora lo comprendía bien Martirio de la Cruz, era como un ángel. Simplemente le hablaba de amor mientras retenía una mano entre las suyas, y con tal devoción que Martirio de la Cruz no necesitó ver ni escuchar nada más.

De regreso a casa trazó su plan. Aún tuvo tiempo de encontrar abierta una droguería donde no la conocían. Compró una botella de veneno para acabar de una vez por todas con las malditas ratas, dijo, que me tienen enferma con su infecta presencia y que seguro que se disponen a procrear en mi casa, en mi misma casa, ya ve usted, las muy cochinas. Eso le dijo al dependiente, muy en su papel y sin darse cuenta de que ya era decir demasiado.

Le ardía la cabeza y el sudor resbalaba por su espalda. Erró el camino y hubo de preguntar a un guardia porque no era capaz de encontrar su casa. Al verla en aquel estado, el agente insistió en acompañarla. Martirio de la Cruz dijo que se había mareado. Para que el hombre no sospechara nada raro, mintió y dijo que estaba encinta. El rostro del guardia se iluminó y la tomó del brazo.

—Permítame, señora. Y dígale a su marido que se ocupe más de usted. Es muy hermosa, si no le molesta la confianza.

A Martirio de la Cruz se le escaparon dos lagrimones. De pronto se acordó de la botella que guardaba en el bolso. Sintió un pánico incontenible. Pero pensó que no tenía de qué preocuparse. No era más que un producto para acabar con las ratas que uno podía conseguir en cualquier droguería. Además, no había ninguna razón para que aquel hombre se interesara por el contenido de su bolso. Esto logró tranquilizarla.

Cuando Dionisio regresó, ella estaba en la cama, tiritando de frío y con la frente ardiendo por la fiebre. El marido extremó su dulzura aquella noche, sin duda a causa del remordimiento. Las caricias y cuidados que le prodigó le hicieron más daño que todo lo demás.

Por la mañana se pasó una hora ante el espejo. El guardia no había mentido. Aún era hermosa. Pero aquellos ocho años habían dibujado en su rostro los signos de la desilusión y de la derrota. Quiso llorar, pero no pudo. Sintió una profunda compasión por la muchacha de la que se había enamorado Dionisio. La pobre no tenía la culpa de ser joven y saberse deseada. No podía evitar un sentimiento de simpatía hacia ella. Lo de él era otra cosa. ¿Acaso no lo había dado todo por él? ¿No trabajaba hasta matarse para que no le faltara nada? ¿No lo quería con todas sus fuerzas? Desde ese momento, Dionisio ingirió cada día en el café tres gotitas de matarratas. Al principio acusó un sabor raro.

—El agua, que trae mucho cloro —decía ella.

No tardó en habituarse. Al poco comenzaron los problemas digestivos. Dionisio sufría fuertes dolores que el médico que había protegido unos años antes a Martirio de la Cruz diagnosticó como una úlcera. Dejó de salir y pasaba el tiempo sentado en un sillón con la cara descompuesta.

Un día, Martirio de la Cruz tuvo una debilidad. De repente se preguntó si el sufrimiento no le habría hecho cambiar. Quiso saber si la devoción que le había demostrado durante aquellas semanas de enfermedad habría conseguido mover su ánimo. En su locura, ya no se veía como envenenadora sino como el hada diligente y abnegada que no regateaba esfuerzos para procurar su bienestar. Así pues, dejó de emponzoñar pucheros y tisanas.

El enfermo recuperó en parte su quebrantada salud. Pero no bien experimentó una ligera mejoría buscó una excusa absurda para acudir en busca de la muchacha. Martirio de la Cruz los siguió. Una vez más escuchó aquellas ardientes palabras de amor que salían de los labios temblorosos del convaleciente. Esa noche volcó la botellita del veneno en la olla del caldo.

—Me han preparado una fórmula magistral en la botica —dijo con una voz helada—. Con esto te curarás del todo. La he disuelto en el caldo porque es muy amarga. Toma el tazón entero.

Dionisio intentó protestar inútilmente. Ella le interrumpió con una energía desconocida:

—Te lo tomas entero. Me rompo el lomo trabajando para ti y tú mientras tanto de pendoneo. Y encima haciendo ascos.

Dionisio se puso pálido y bebió el caldo sin rechistar. Un rato después se retorcía en la cama presa de terribles convulsiones. Martirio de la Cruz recuperó de repente la lucidez. Los niños lloraban aterrorizados y el enfermo tenía un color verde espantoso y se deshacía en vómitos. Llevó a los pequeños con una vecina y mandó llamar una ambulancia. Camino del hospital lo confesó todo. Cuando llegaron, Dionisio había dejado de sufrir.

Tendida en el duro camastro, Martirio de la Cruz mira todavía la estampa de santa Rita. Se acuerda de su abuela, que murió hace una eternidad. También de su primo Trinidad. Él sí la habría tratado como a una reina.

martes, 13 de noviembre de 2012

GEOMETRÍA DE LA NOSTALGIA

"Lost at Sea" (Colette Calascione)


No preguntes nunca
por esos ángeles lascivos
si tú supieras
hunden sus lenguas sin clemencia
en bocas sedientas de misterio
hasta la amarga bisectriz de la nostalgia
no mires sus ojos
ni la absenta purísima que destila su sexo
no abras la ventana de tu alcoba
aunque su voz te llame por tu nombre
te seduzca
te arrastre
te lama
mar de plomo hirviente sobre un seno
gozo que se deshace entre tus labios
néctar derramado
oscuro
obsceno
sueño

lunes, 12 de noviembre de 2012

BAJO LAS ROSAS TIBIAS DE LA CAMA

"Nude with purple iris" (Charles Allan Winter)


CASIDA DE LA MUJER TENDIDA

Verte desnuda es recordar la tierra.
La tierra lisa, limpia de caballos.
La tierra sin un junco, forma pura,
cerrada al porvenir: confín de plata.

Verte desnuda es comprender el ansia
de la lluvia que busca débil talle,
o la fiebre del mar de inmenso rostro
sin encontrar la luz de su mejilla.

La sangre sonará por las alcobas
y vendrá con espada fulgurante,
pero tú no sabrás donde se ocultan
el corazón de sapo o la violeta.

Tu vientre es una lucha de raíces,
tus labios son un alba sin contorno;
bajo las rosas tibias de la cama,
los muertos gimen esperando turno.

Diván del Tamarit, Federico García Lorca

viernes, 9 de noviembre de 2012

HASTA PARÍS Y VOLVER

"EverAfter, Paradise III" (Claudia Rogge)


¿Acaso podemos besarnos tanto rato sin sufrir una apoplejía? (Nunca lo sabremos si no hacemos la prueba.)

martes, 6 de noviembre de 2012

TRISTIA

"Nude" (Georges Spencer Watson)


Dime tan solo si la forma puede ser inocente
tus ojos ingenuos de niña sorprendida 
flores carnívoras tu sexo
tigres dormidos tus senos
maleficio herrumbroso tu vientre
serpientes que danzan sobre mi tumba
sí justo sobre lo que ya no seré
mi sombra una tarde de noviembre
nuestras manos perdidas
sin rumbo
pálido sol
niña dormida bajo un sauce
ajena
fría

viernes, 2 de noviembre de 2012

RITOS CRUENTOS

"Autorretrato" (Federico Barocci)


Quiero tañer tu esponjoso corazón
como un aplicado y cruel maestro del XVII.
Sé que será doloroso, amor,
pero también una experiencia gozosa.
Antes apenas he rasgado el interior de un tórax:
un gemido lascivo, una protesta,
mercurio derretido en nuestra piel,
temblor, oscuridad, fingida muerte,
palabras dulcemente inconexas.
Quiero tañer tu corazón perverso
como un órgano lleno de espantos.
Al fin y al cabo, te lo debo:
lo has suplicado tantas veces.


miércoles, 31 de octubre de 2012

ÉL Y EL OTRO ÉL (METAFÍSICA PARA LA NOCHE DE DIFUNTOS)

"Melancholic" (Wojciech Weiss)


BORGES Y YO

Al otro, a Borges, es a quien le ocurren las cosas. Yo camino por Buenos Aires y me demoro, acaso ya mecánicamente, para mirar el arco de un zaguán y la puerta cancel; de Borges tengo noticias por el correo y veo su nombre en una terna de profesores o en un diccionario biográfico. Me gustan los relojes de arena, los mapas, la tipografía del siglo XVIII, las etimologías, el sabor del café y la prosa de Stevenson; el otro comparte esas preferencias, pero de un modo vanidoso que las convierte en atributos de un actor. Seria exagerado afirmar que nuestra relación es hostil; yo vivo, yo me dejo vivir, para que Borges pueda tramar su literatura y esa literatura me justifica. Nada me cuesta confesar que ha logrado ciertas páginas válidas, pero esas páginas no me pueden salvar, quizá porque lo bueno ya no es de nadie, ni siquiera del otro, sino del lenguaje o la tradición. Por lo demás, yo estoy destinado a perderme, definitivamente, y sólo algún instante de mí podrá sobrevivir en el otro.

Poco a poco voy cediéndole todo, aunque me consta su perversa costumbre de falsear y magnificar. Spinoza entendió que todas las cosas quieren perseverar en su ser; la piedra eternamente quiere ser piedra y el tigre un tigre. Yo he de quedar en Borges, no en mí (si es que alguien soy), pero me reconozco menos en sus libros que en muchos otros o que en el laborioso rasgueo de una guitarra. Hace años yo traté de librarme de él y pasé de las mitologías del arrabal a los juegos con el tiempo y con lo infinito, pero esos juegos son de Borges ahora y tendré que idear otras cosas. Así mi vida es una fuga y todo lo pierdo y todo es del olvido, o del otro.

No sé cuál de los dos escribe esta página.

El hacedor, Jorge Luis Borges

domingo, 28 de octubre de 2012

UN COCODRILO QUIETO BAJO LA TIERNA PROTESTA DE LOS ASTROS

Nueva York en los años 20 del pasado siglo


Sé que las iguanas vendrán a morder a los insomnes. Sé que nuestro destino es encontrar al cocodrilo quieto bajo la tierna protesta de los astros. Sé que nadie duerme en la ciudad sin sueño. Tampoco tú, soledad. Lorca lo dejó anotado en la más hermosa e hiriente instantánea.

Sé que un niño llora desconsolado desde la tierra aún fresca de su reciente sepultura. Sé que los muertos pierden a menudo un zapato. Y eso me pone tan triste. Más que los ojos translúcidos de los caballos. Más que la mordedura urgente de la soledad. Más que esas palabras tuyas que hoy saben a óxido y a olvido. Nada me entristece tanto como la certeza de que los muertos pierden a menudo un zapato.


CIUDAD SIN SUEÑO

No duerme nadie por el cielo. Nadie, nadie.
No duerme nadie.
Las criaturas de la luna huelen y rondan sus cabañas.
Vendrán las iguanas vivas a morder a los hombres que no sueñan
y el que huye con el corazón roto encontrará por las esquinas
al increíble cocodrilo quieto bajo la tierna protesta de los astros.

No duerme nadie por el mundo. Nadie, nadie.
No duerme nadie.
Hay un muerto en el cementerio más lejano
que se queja tres años
porque tiene un paisaje seco en la rodilla;
y el niño que enterraron esta mañana lloraba tanto
que hubo necesidad de llamar a los perros para que callase.

No es sueño la vida. ¡Alerta! ¡Alerta! ¡Alerta!
Nos caemos por las escaleras para comer la tierra húmeda
o subimos al filo de la nieve con el coro de las dalias muertas.
Pero no hay olvido, ni sueño:
carne viva. Los besos atan las bocas
en una maraña de venas recientes
y al que le duele su dolor le dolerá sin descanso
y al que teme la muerte la llevará sobre sus hombros.

Un día
los caballos vivirán en las tabernas
y las hormigas furiosas
atacarán los cielos amarillos que se refugian en los ojos de las vacas.

Otro día
veremos la resurrección de las mariposas disecadas
y aún andando por un paisaje de esponjas grises y barcos mudos
veremos brillar nuestro anillo y manar rosas de nuestra lengua.
¡Alerta! ¡Alerta! ¡Alerta!
A los que guardan todavía huellas de zarpa y aguacero,
a aquel muchacho que llora porque no sabe la invención del puente
o a aquel muerto que ya no tiene más que la cabeza y un zapato,
hay que llevarlos al muro donde iguanas y sierpes esperan,
donde espera la dentadura del oso,
donde espera la mano momificada del niño
y la piel del camello se eriza con un violento escalofrío azul.

No duerme nadie por el cielo. Nadie, nadie.
No duerme nadie.
Pero si alguien cierra los ojos,
¡azotadlo, hijos míos, azotadlo!
Haya un panorama de ojos abiertos
y amargas llagas encendidas.
No duerme nadie por el mundo. Nadie, nadie.
Ya lo he dicho.
No duerme nadie.
Pero si alguien tiene por la noche exceso de musgo en las sienes,
abrid los escotillones para que vea bajo la luna
las copas falsas, el veneno y la calavera de los teatros.

Poeta en Nueva York, Federico García Lorca

jueves, 25 de octubre de 2012

LA LOCURA SE APODERA DE GOOGLE MAPS

Carlo Maria Mariani


¿Ya sabes que duele ese agujero inmundo? (Otros lo llamarían vacío, desolación.) ¿Que se deshace en infamias insospechadas a las cinco en punto de mis tardes? (Tu voz promete con una sonrisa la sublimación de los metales, las bodas alquímicas en las que el óxido y el semen se transubstancian en un pan que no es de este mundo.)

No, no lo sabes, amor. Tú no sufres la tortura que cegó a Homero. Es la suerte de no tener corazón. (Lo susurran los muertos en sus nichos, ríen con impudicia.)

¿Sabes que me dueles con rabia, que quemas las naves donde está escrito el nombre olvidado de mi patria? (Quédate, no me faltes. Penélope no existe.)

El círculo se hace más hondo, más angosto. (La estocada imparable y mortal, babea un viejo baronet encaramado a un palco. La música de Wagner sodomiza a la audiencia desde la turbia oscuridad del foso.)

lunes, 22 de octubre de 2012

LA TARDE NO SABE DE TI

Carlo Maria Mariani


La tarde se suicida en palabras sin sentido. Qué importan las palabras. Son sólo ecos improbables y oxidados que se deslizan por los ángulos del corazón. (Quiero ponerte el corazón, dices.) Y duelen. Como las turbias razones de un loco. (Quiero violar tu alma, sonríes con ingenua crueldad como si nada malo pudiera pasarnos.)

viernes, 12 de octubre de 2012

DE SALOMÉ A CELAYA CON TRANSBORDO EN UN LUGAR LLAMADO NOSTALGIA

"Salomé" (Federico Beltrán Masses)


Reivindico hoy la palabra urgente y subversiva de Gabriel Celaya. Sí, ya se que alguien se extrañará. Temo haber aquilatado una imagen de dilettante cínico sin otra raíz que la melancolía aristocrática y fatalista que de adicción se convierte en afirmación metafísica. Es lo que tiene adorar doncellas prerrafaelistas de piel pálida, rojos cabellos y con taza de láudano siempre a la mano.

Porque la nostalgia de lo que fui y lo que soy, supongo, ha llamado a los portones adormecidos de la conciencia. Sí, Celaya, con sus gaviotas veloces, altas gaviotas, con sus rudos y hermosos Cantos íberos, es mi adolescencia. Con Lorca, las vanguardias, la poesía de los malditos, el teatro,  el estigma vampírico presentido al aroma de las primeras rosas en las tardes de abril, el descubrimiento de Mahler, la lenta e infalible construcción del mito de Salomé. También los conciertos en el Centro Artístico y las veladas en el Café Suizo, sempiternas amigas de mediana edad tan adorables como decadentes, sesiones de piano a cuatro manos en las que se lee a Chesterton o a Rilke y se acaba en el escalofrío de presencias fantasmales, paseos por los jardines del Salón bajo la misma luna que sentenció a muerte la poesía de ángeles impuros y carnales hasta la blasfemia.

Porque hoy es octubre. Porque me viene en gana.


LA POESÍA ES UN ARMA CARGADA DE FUTURO

Cuando ya nada se espera personalmente exaltante,
mas se palpita y se sigue más acá de la conciencia,
fieramente existiendo, ciegamente afirmado,
como un pulso que golpea las tinieblas,

cuando se miran de frente
los vertiginosos ojos claros de la muerte,
se dicen las verdades:
las bárbaras, terribles, amorosas crueldades.

Se dicen los poemas
que ensanchan los pulmones de cuantos, asfixiados,
piden ser, piden ritmo,
piden ley para aquello que sienten excesivo.

Con la velocidad del instinto,
con el rayo del prodigio,
como mágica evidencia, lo real se nos convierte
en lo idéntico a sí mismo.

Poesía para el pobre, poesía necesaria
como el pan de cada día,
como el aire que exigimos trece veces por minuto,
para ser y en tanto somos dar un sí que glorifica.

Porque vivimos a golpes, porque apenas si nos dejan
decir que somos quien somos,
nuestros cantares no pueden ser sin pecado un adorno.
Estamos tocando el fondo.

Maldigo la poesía concebida como un lujo
cultural por los neutrales
que, lavándose las manos, se desentienden y evaden.
Maldigo la poesía de quien no toma partido hasta mancharse.

Hago mías las faltas. Siento en mí a cuantos sufren
y canto respirando.
Canto, y canto, y cantando más allá de mis penas
personales, me ensancho.

Quisiera daros vida, provocar nuevos actos,
y calculo por eso con técnica qué puedo.
Me siento un ingeniero del verso y un obrero
que trabaja con otros a España en sus aceros.

Tal es mi poesía: poesía-herramienta
a la vez que latido de lo unánime y ciego.
Tal es, arma cargada de futuro expansivo
con que te apunto al pecho.

No es una poesía gota a gota pensada.
No es un bello producto. No es un fruto perfecto.
Es algo como el aire que todos respiramos
y es el canto que espacia cuanto dentro llevamos.

Son palabras que todos repetimos sintiendo
como nuestras, y vuelan. Son más que lo mentado.
Son lo más necesario: lo que no tiene nombre.
Son gritos en el cielo, y en la tierra son acto.


Cantos íberos, Gabriel Celaya

jueves, 11 de octubre de 2012

TI PENSO

"Luciana 1", detalle (Alejandro Rosemberg)


te pienso dice ella sin saber que sus rodillas descansan en el epicentro de la tragedia sin saber que la íntima arquitectura del orgasmo está hecha de verbos incandescentes sin olvidar las elegantes paradojas de los presocráticos ni el sueño agónico de los alquimistas

te pienso dice ella me faltas

lunes, 8 de octubre de 2012

CUESTIONES RETÓRICAS

"Young gardener", detalle (Orest Kiprensky)


¿Podría decir algo que no enturbiara tus razones? ¿Que definiera con discursos políticamente correctos tu incitación al orgasmo delictivo? ¿Podría dibujar con un dedito aún puro trazos asexuados de impúber ateniense? ¿Podría seguir fingiéndome vampiro para disimular un ancestral horror inconfesable? Supongo, pero qué más da.

viernes, 5 de octubre de 2012

ENE-A-D-A

Kenne Gregoire


el silencio aturde después de tanto verbo innecesario toda la algarabía de metáforas forjadas por una mente decadente y enferma caca culo pis te adoro fóllame amor mas no como lo haría un pez tienes hora muérete no quiero respirarte más se resume en cuatro letras blancas abiertas lechosas como niebla como nada

lunes, 1 de octubre de 2012

DÉJENSE CAER POR TUMBLR

Michal Lukasiewicz


¿Aún no lo saben? Tumblr es bonito. Hay gente bonita. Incluso pone. Cliqueen, no sean tímidos. Inventario de laberintos y quimeras. Ah, por cierto: la nieve ha llegado a Granada. Algo está cambiando. O el ciclo se repite. ¿Dónde estaba el inicio? No, los círculos no tienen principio ni fin. Son un símbolo de algo que casi llegamos a aprehender. Pero no del todo. Salud.

miércoles, 26 de septiembre de 2012

OFICIO DE TINIEBLAS

"Saint Sébastien" (Jean-Jacques Henner)


Noli me tangere, dice el chulo desde la puerta de un borroso burdel. Tretas de naipes pendencieros.  Como si alguien estuviera a punto de rasgar los cortinajes del templo. Mudas las sombras, los miembros fríos en el invierno precipitado del callejón. Y allí él, solo con su soledad de niño chico a las cinco en punto de cualquier tarde. Nadie querrá saber su nombre. Nadie reconocerá su cuerpo transido de puñales como auroras. Es un mártir, dirán. Es tan bello que duele. Eso dirán. Pero las tinieblas ya empiezan a desdibujar su carne.

lunes, 24 de septiembre de 2012

Μωρίας Εγκώμιον

Maestro de las Medias Figuras, autor anónimo
del segundo cuarto del siglo XVI


Y dicen los que saben que la melancolía le ganó la partida. Así suele suceder a quienes han sido marcados a sangre y a fuego en las heladas tardes de noviembre. Así a quienes descendieron a los profundos abismos donde habita el olvido, a los desvanes desvencijados de la memoria allí donde nadie debería aventurarse.

Y dicen los que bien lo saben que sólo repetía palabras sin sentido. Algo acerca de las formas alargadas del alba, de colores que no son de este mundo y de fragantes madreselvas envenenadas, como su mente. Eso y varios nombres de personas que nunca nos habían sido presentadas comme il faut: había una Bovary, una Karenina, una Ligeia y aun una Ozores, a todas las cuales los dioses confundan porque a buen seguro eran personas de mal vivir y habían emponzoñado con lascivas razones su pobre espíritu.

sábado, 22 de septiembre de 2012

GACELA

"The book of peace" (Edgar Maxence)


Cuchillos fríos al alba
óxido sin nombre
versos sin señas
hunde
cuerpo dentro de un cuerpo
tempestad en una copa de láudano
o labios sellados por un mismo veneno
paz
sueño
nada

martes, 18 de septiembre de 2012

SUEÑOS DENTRO DE SUEÑOS

"La morfina" (Santiago Rusiñol)


Eones. Los metrónomos se rompen en un lento assai desafiante, letal. Sueño. Vientres electrizados si una mano indaga bajo la ropa. Cleopatra Selene se manifiesta en apoteosis de lujuria como un sol a punto de fisión. No quiero estar aquí cuando esto estalle. Milésimas de segundo. Es todo tan improbable como volver a beber de tu boca, Magdalena penitente en su gruta (la suya, que es la del universo mundo). El color de la pared me infunde calma. Ya nada importa. (Yo.) Cierro los ojos. (Tú.) Todas las doncellas prerrafaelistas han iniciado la cuenta atrás para la dormición.

domingo, 16 de septiembre de 2012

LA INFINITA BELLEZA DE ABEL

"Death of a Cyborg", reinterpretación sobre "Premier deuil"
de William-Adolphe Bouguereau (Shorra)


Detesto encontrar cables bajo tu vientre perfecto
el rastro lascivo del litio en cada beso
indicios de tarea programada en tu mirada húmeda
en tu forma de asediarme y vencerme
odio saber que no existes mientras tu cuerpo se entrega
domina rompe devora
muerdes una manzana verde
vuelas sobre la tempestad (sobre mí)
convocando tormentas
al filo incierto del alba
detesto tus senos perfectos
áspid o luciérnaga
tus labios húmedos
la absenta que destilas
sin conciencia
y turba
mata

miércoles, 12 de septiembre de 2012

MEMENTO MORI

"El corazón manda", lema inscrito sobre la entrada del
palacio de los Granada-Venegas (Casa de los Tiros, Granada)


Deja que sonría al recordar tus palabras de entonces. No hay cosa más adorable que un dilettante. Porque tú lo eras, querido. Nada más vano. Nada más brillante. Bueno, excepto el opus 10 de Chopin, claro. Podía haber mencionado a Wilde, es una referencia obligada del dandismo dilettante. Pero Chopin ha caído sobre el tapete como una carta marcada. Tiene su explicación. Era una tarde de octubre. Y hablabas del cementerio de Père-Lachaise. ¿Cabe imaginar algo más conmovedor y romántico? Entonces no lo mencioné (habría resultado hiriente como una autopsia). Pero supuse que tal vez dispondrías, como él, que tu cuerpo reposara en el cementerio más aristocrático de París y tu corazón, limpiamente extraído de la caja torácica, durmiera para siempre en un oscuro rincón de la vieja y humilde iglesia mudéjar de tu ciudad del sur.

domingo, 9 de septiembre de 2012

CON UNA SED DE VARIOS SIGLOS

"The vampire" (Philip Burne-Jones)


que atormenta, agudiza los sentidos hasta doler, golpea febril las puertas del amanecer sin obtener jamás respuesta del (improbable) otro lado

jueves, 6 de septiembre de 2012

ÍNFIMAS TRAGEDIAS

"Interior with young woman from behind" (Vilhelm Hammershoi)


Dónde, di. En qué improbable alcoba olvidamos las palabras precisas que dibujaban el otoño. Como el loco aleteo de las golondrinas en marzo nos devuelve a la vida y a la muerte. Pero con voz más dulce, más dorada. Sé que no recuerdas. Yo tampoco. Nadie. Pero estoy seguro. En alguna estancia, agazapadas en la penumbra que frecuentaban nuestros cuerpos, desprevenidas, mudas, esperan aún las palabras que un día olvidamos pronunciar.

domingo, 2 de septiembre de 2012

SEPTIEMBRE EN LOS OJOS

"Otoño en Argenteuil" (Claude Monet)


Veloces huyeron los días dorados del estío,
amable río cuyo murmullo sueña con volver.

Veloz vuela la brisa ahora,
bate sus alas tan suaves de espuma y sol
dichosa en su colina.

Septiembre es una tibia sorpresa
largo tiempo añorada,
y tiene delgadas sombras en la tarde.

Pero hay también dolor en sus ojos inocentes,
hay también un suspiro helado en su boca,
hay nostalgia en su prometido abrazo.

Septiembre tiene un sol dilatado en la mirada
y un fragante ramillete de suspiros en el alma.

lunes, 27 de agosto de 2012

LEE EN MIS LABIOS

Serge Marshennikov


Lee tormenta en mis intenciones
manzana verde donde muerdo un pezón
jugamos
pero tú lee tormenta en el pecho alocado
gacelas heridas por la urgencia
muslos rodeando mi cuello
sonríe
y lee tormenta enredada en mis piernas
siempre tormenta
de los sentidos
verde
menta
tormento
turbia
loca
empapados
sedientos
tormenta