lunes, 25 de julio de 2011

ABANDONO


"Odaliske mit der indischen Huka-Pfeife", detalle (Franz Lefler)
(Atribuida también a Adrien Henri Tanoux) 


La piel se reconoce en la dulcísima seda de los lienzos, de los senos. Se tensa en la turbada geometría de un cuerpo que se sabe amado. Pero aquí, ahora, afirmo que he olvidado su nombre.

miércoles, 20 de julio de 2011

MA GUARDA E PASSA

"El santo Grial" (Dante Gabriel Rossetti)


Cuando la copa rebose injurias,
cuando ya no esperes un beso, un pájaro, un amor,
cuando todos los relojes señalen la ausencia en punto.
Entonces, sólo entonces,
pronuncia la palabra envenenada
que tus labios no han sabido desaprender.

jueves, 14 de julio de 2011

OPUS 81a, "LES ADIEUX"


"Ombres portées" (Émile Friant)


Sé que no has venido para quedarte. Aun así, tu adiós suena como un tiro en lo más profundo de un pozo. Sí. Justamente así. Justamente ahí. Y no, no sonaba Beethoven. Desde luego.

viernes, 8 de julio de 2011

LEONARDA LA BABILÓNICA

"Jardines colgantes de Babilonia" (Martin Heemskerck)


En realidad se llamaba Antonia Pérez. Lo de Leonarda la Babilónica era una especie de nombre artístico que le puso Domingo el Flaco. Pensó que aquel toque exótico iba de perlas con la mujer y con las suntuosas cortinas de terciopelo granate.

Cuando la conoció no tendría catorce años. Se había criado en la calle, sin otra familia que los chuchos extraviados y los golfillos que alborotaban las sucias plazuelas con sus careos. En aquellos días se entregaba a cualquiera por un paquete de cigarrillos americanos y aun por menos. Domingo el Flaco la invitó a merendar a cambio de nada y le compró un vestido. Luego la llevó a su casa y le pidió que se bañara y se probara el vestido nuevo. Ella supuso que debía obedecer.

Domingo la miró entonces como quien presencia un milagro. Quiso besarla, pero se aguantó.

—Ahora vete —le dijo.

La muchacha lo miró sin comprender.

—¿Ya?

—Vete, te digo.

Pero Domingo no conseguía apartar de su memoria aquel cuerpo, aquellos ojos envolventes como una caricia. El Flaco sabía que no podría resistir mucho tiempo. En efecto, una semana después volvió a buscarla. La encontró en el mismo sitio, sucia y despeinada como la primera vez. Ella lo miró con gratitud y se acercó ronroneando como un gatito.

Durante unos años, ella dejó el oficio. Domingo el Flaco le enseñó a leer y algunos rudimentos de aritmética y geografía. La muchacha era avispada y aprendió rápido. Un día la sorprendió leyendo entre sollozos una Vida de San Ignacio de Loyola con grabados de Rubens. Según explicó, guardaba en su maletita aquel libro desde muy niña. Era el único recuerdo que conservaba de su madre, a la que ni siquiera llegó a conocer. Domingo pudo comprobar en repetidas ocasiones que la chica, aunque criada en los rigores de una vida canallesca, no carecía de lo que él llamaba su vena mística. Una de las muestras de misticismo que más habían de impresionarle era que cada jueves santo, incluso cuando dejó de ser Antonia Pérez para convertirse en Leonarda la Babilónica, caía postrada en una especie de éxtasis, se convulsionaba entre amargas llantinas de pecadora contrita, y en sus prietas carnes de puta de lujo se hacían visibles los estigmas del crucificado.

Pasado un tiempo, la muchacha alcanzó la plenitud de su belleza. Las gentes se detenían en mitad de la calle para mirarla. Aun las mujeres suspiraban de amor en su presencia. Los hombres enloquecían de deseo, pero la respetaban como a una reina. Sus formas se redondearon, sus ojos se hicieron más sabios. Nadie reconocería en ella a la golfilla que poco antes correteaba desgreñada por las callejuelas más miserables de la ciudad. Incluso adquirió un porte de emperatriz que paralizaba las lenguas más mordaces y hacía que muchos se inclinaran respetuosos a su paso.

Un día se sinceró con Domingo el Flaco.

—Quiero dedicarme a lo mío. Pero a lo fino. Con un pisito bien puesto, con cortinas de terciopelo rojo, o mejor granate; con una mesa de camilla, butacas a juego y jarrones llenos de flores por todas partes. También quiero que arreglemos lo nuestro. Puta, sí; pero honrada.

El Flaco sabía que aquello tenía que llegar. La quería, a su manera, más que nadie. Pero él poseía su peculiar código de honor. Le puso el pisito tal y como ella había pedido. No faltaban las cortinas de terciopelo granate, ni las lámparas de lágrimas, ni los muebles de estilo imperio, ni hermosísimos divanes, ni enormes espejos que repetían hasta el infinito los brillos, las flores y los turbadores perfumes de la estancia. Fue entonces cuando decidió darle el nuevo nombre por el que en lo sucesivo habría de conocerla todo el mundo.

—Leonarda la Babilónica. Tiene clase. Te va que ni pintado.

Lo suyo, como decía Leonarda, lo arreglaron en el curso de la francachela de inauguración del pisito, que se prolongó durante dos semanas. Una noche, mientras sonaba un pasodoble en la gramola recién estrenada, apareció un viejo sacerdote de ojos enrojecidos y mirada turbia. Vestía sin sotana, pero todos los contertulios lo conocían bien por su afición a las juergas. Bebió como el primero, sin remilgos ni afectación. Domingo lo llamó aparte para preguntarle si podía casarlos allí mismo. El cura dijo que dónde mejor, que Dios le había conferido ese poder y que a él le estaba dado santificar incluso aquel antro con su ministerio, y que después de todo aquel garito era de lo más potable que había conocido.

Esa misma noche contrajeron matrimonio Domingo el Flaco y Leonarda la Babilónica entre los vapores del vino y una improvisada comunión con rodajas de fiambre.

—Menos es nada —decía Leonarda con cara de recién casada.

El cura se arrimó luego a una tal Inés la Arcangélica, de la que ya no se separó en toda la noche.

Además de la referida, componían la nómina de aquella casa otras cinco señoritas: Segismunda la Viscosa, Estefanía la Portuguesa, Juana la Artillera, Flora la Malagueña y Carmen la de Ronda. Leonarda imponía su gobierno con sagacidad de primer ministro. No toleraba la menor muestra de insubordinación a sus empleadas, pero tampoco el más leve abuso a los clientes. Aquello no era un lupanar, decía, sino una casa de trato. La diferencia era de orden y respeto.

—Ustedes vienen a lo que vienen —repetía—. Esto es un servicio público. A ninguno de ustedes se le ocurriría armar bulla en una ventanilla del gobierno. Pues aquí menos. Putas, sí; pero honradas.

Era su lema. Domingo el Flaco pasaba a veces por el pisito para tomar un carajillo, pero no intervenía para nada en los asuntos domésticos. Leonarda se bastaba sola. Se la veía feliz en sus dominios, imponiendo orden y respeto, como ella decía.

—No vayan a creer que somos estiércol del camino —no se cansaba de repetir.

A pesar de todo, Leonarda se sabía fiel a Domingo el Flaco. Para ella el oficio era sólo eso: un modo de ser útil a los demás y ganar los cuartos.

—Más pendona puede llegar a ser la que espera mano sobre mano el sobre de los dineros. Yo seré del oficio, pero eso no quita. Soy mujer de un solo hombre.

Los ocios los entretenía Leonarda en leer vidas de santos. Era fácil entonces verla sollozar transida por la congoja. Había sobre todo una estampa en la Vida de San Ignacio que la transportaba a las regiones más elevadas del espíritu: en concreto, la que representa el traslado de los huesos del santo, cuando su féretro se llenó de refulgentes estrellas y se escuchó una música celestial. Luego sonaba el timbre y, al aparecer un cliente en el quicio de la puerta, la Babilónica descendía a los linderos de su reino de este mundo con admirable prontitud.

No obstante, el temperamento alegre y extrovertido que caracterizaba generalmente a Leonarda se mutaba en pertinaz recogimiento espiritual a medida que avanzaba la cuaresma. Una semana antes del viernes de dolores, se cerraba el conventillo a cal y canto. La tropa se dispersaba y Leonarda se entregaba a la meditación y al ayuno con todas las fuerzas de su ánima. Ni siquiera Domingo el Flaco tenía licencia para visitarla en esas fechas señaladas. Sólo el jueves santo permitía el franco acceso a la vivienda, cubiertos los espejos con luctuosos crespones y los aparadores con improvisados altares morados, para que todos pudieran contemplar el fenómeno de la aparición de los santos estigmas. Luego, el domingo de resurrección reabría la casa con una estrepitosa juerga muy apreciada por la clientela. Leonarda volvía a ser entonces la de siempre.

Un año, en una de esas fiestas que marcaban la vuelta a la luz tras los oficios de tinieblas, sucedió un hecho extraordinario. Alguien había invitado a un extranjero llamado Paco el Bárbaro, a la sazón enamorado sin esperanza de una joven casquivana y tal vez algo peor. El pobre hombre era la imagen del desamparo y la melancolía. Al parecer, recitaba hermosísimas canciones compuestas por él mismo acompañándose de un laúd. También imitaba el canto de los pájaros con endiablada perfección. Se decía que su voz poseía mágicas propiedades, y que sólo con escuchar sus trovas sanaban muchos males del espíritu.

Nada más verlo, Leonarda lo supo:

—Acaba de entrar un ángel en mi casa. Yo no soy digna de que los ángeles entren en mi casa. Pero si él quiere hablarme, entonces yo seré igual que él.

Todos quedaron confundidos con las enigmáticas palabras de la Babilónica, aunque callaron por respeto. Paco el Bárbaro ocupó un lugar de honor en la corte de aquella reina aún terrenal. Caminaba temeroso, pero Leonarda había ordenado a las mujeres que se guardaran muy bien de tocarlo con sus manos o importunarlo de alguna otra forma. Se hizo un silencio sepulcral. Paco el Bárbaro tomó el laúd y dejó hablar a su malherido corazón. Las órdenes de la dueña habían sido innecesarias. Todos estaban conmovidos y nadie habría osado gastar frivolidades con aquel hombre puro y hermoso como un arcángel.

Cuando concluyó la romanza, todos lloraban dulcemente. Leonarda se arrojó a los pies del extranjero, lo descalzó y, rociando sus plantas con el mejor perfume, las enjugó con su dorada cabellera. Las lágrimas habían borrado el rastro de los afeites que recordaban su condición mundana. Paco el Bárbaro la tomó de las manos y la ayudó a incorporarse conmovido. Leonarda imploró el perdón. El hombre acarició los sedosos cabellos ondulados y dijo:

—Yo te absuelvo por amor. Eres perdonada.

Nadie volvió a verla. Algunos afirmaban que había emprendido el ascenso del monte Carmelo. Otros juraban, bajando la voz, que habían visto con sus propios ojos cómo Leonarda la Babilónica ascendía a los cielos envuelta en una nube cegadora y rodeada de sonrientes querubines.

domingo, 3 de julio de 2011

SERES TERRENALES

"Femme nue assise au bord d'un puits" (Jean-Jacques Henner)


Un fantasmal céfiro
envuelve el ardiente latido de una boca,
de unos oscuros labios que vivieron
y amaron.

Quién sabe si el vértigo de esa pasión
podría vencer las leyes de un dios mezquino e indolente.
Qué importa.
Ved tan sólo cómo los labios se poseen,
ved cómo derraman un licor generoso
en una vida que no es la suya.

Una yedra sigilosa escala las torres de la duda
mientras los miembros luchan, todavía,
por alcanzar la cima de ese volcán errabundo.

Luego, sin remedio más solitarios que nunca,
más despojados en un jardín extraño.
Lo saben bien, tristes seres terrenales
que a su incierto destino se entregan.