miércoles, 11 de febrero de 2009

LA CASA DEL ESCRIBANO (y 2)


Don Alonso de Padilla parecía ignorarlo todo. No obstante, Inés sorprendió en él una expresión burlona que le quitó el sueño durante semanas. ¿Acaso estaba al corriente de lo sucedido? ¿Les habría delatado la vieja después de todo? Quiso compartir su angustia con Gonzalo. Él supo disipar sus miedos con las más turbadoras caricias, pero Inés percibía una extraña vibración en sus brazos, una fuerza desconocida, incontrolable, irracional, capaz de destruir y de destruirse a sí misma.

Los rostros sonrientes de don Alonso, de Gonzalo, de la vieja Tomasa, semejaban máscaras de muecas tan horribles como vacías. ¿Qué pretendían? ¿De quién intentaban mofarse? Sus sonrisas ocultaban, ella lo sabía bien, una fuerza oscura y temible. Inés llegó a suponer que se habían confabulado para hacerla enloquecer. Luego observó atentamente aquellos rostros. Se habituó a estudiarlos en silencio mientras comían, mientras dormían. Aprendió en sus gestos, en las breves contracciones de sus músculos cuando replicaban, cuando masticaban, cuando miraban distraídamente por la ventana abierta sobre los tejados. Así llegó a entender muchas cosas. El viejo esposo lo sabía todo, de eso no había la menor duda. Había descubierto la traición y aguardaba pacientemente. ¿A qué? Era obvio que planeaba una venganza ejemplar.

Una madrugada soñó Inés que el frío de la muerte se metía en su cama, la rodeaba como un espíritu perverso, la poseía con la violencia de un huracán hasta casi arrastrarla consigo al mundo de las sombras. Despertó de pronto y comprendió. Asido a ella yacía Gonzalo, pálido, sudoroso, como un niño que al fin ha conseguido su propósito. Se zafó de él como pudo y corrió al gabinete del anciano. Vio la cama deshecha pero vacía. De pronto tuvo una visión. El excusado. Don Alonso de Padilla, escribano de la Real Chancillería, sentado a horcajadas en su ridículo trono. El hedor del retrete. Los ojos abiertos con una mezcla de espanto y burla. Así lo encontró. Volvió al lecho aterrorizada. Buscó, pero Gonzalo ya no estaba. Allí se quedó el resto de la noche, tiritando de frío y abrasada por la fiebre. Por la mañana, los criados entraron a avisar que don Alonso había amanecido muerto en su gabinete con los Evangelios abrazados contra el pecho y una sonrisa de beatitud en el rostro. Inés conocía aquella sonrisa demasiado bien.

Durante las exequias, Gonzalo lloró tiernamente por el que había sido como un padre para él. Pero cuando regresaron a casa sus facciones se endurecieron hasta lo insoportable. Inés esperaba algo así. No en vano lo había visto arrancar al cadáver el manojo de llaves de un golpe brutal que le ocasionó un fuerte desgarrón entre los dedos inertes. El escalofrío que sintió entonces había de durarle para siempre.

Una vez en la casa, Gonzalo penetró en el gabinete del escribano. Sacó una llave del bolsillo y la introdujo en la cerradura del arcón. Inés lo miraba con los ojos humedecidos y sin dejar de sentir aquel escalofrío del que ya no había de librarse nunca más. De pronto le pareció que Gonzalo se tambaleaba como ebrio. Cuando se volvió, ya no era un ser humano. En un lenguaje confuso empezó a preguntar a gritos que dónde estaban los malditos doblones de oro del viejo miserable, que allí no había sino guijarros y papeles sin valor, que el hideputa se había burlado de él después de una vida de aguantar su fétido aliento y sus pedos y aquel horrendo grano en la nariz, el muy hijo de mala madre, que lo había descubierto todo y en lugar de castigarlos el muy cornudo había fingido y planeado aquella burla macabra. Luego se abalanzó sobre Inés con los ojos inyectados en sangre, preguntando siempre que dónde estaban los doblones, que tenían que estar en algún recóndito lugar, que ella debía saberlo como que había un Dios que los esperaba a los dos para arrojarlos a los infiernos, pero que a él no le importaba un ardite nada de eso con tal de encontrar el oro y bañarse en él y morderlo y tirarlo y malgastarlo y fundirlo en el crisol de todos los vicios inventados por los hombres y por los diablos del averno.

Inés lloraba y temblaba como una florecilla azotada por el vendaval y juraba no saber nada de los doblones. Gonzalo la apartó de un empujón y revolvió toda la casa aullando como un poseso. Al fin regresó al gabinete. La muchacha seguía agazapada como un animalillo asustado. Él se acercó despacio hasta ella y la golpeó con un furor incontenible hasta dejarla malherida en el piso. Iba a rematarla con un pesado guijarro que había tomado del arcón cuando lo detuvieron los criados ayudados por algunos vecinos. Nadie pudo encontrar a Tomasa.

Al atravesar el patio, maniatado, camino de la prisión, Gonzalo se detuvo de pronto ante la imagen del Padre Eterno pintada en el muro. Como si hubiera sufrido una revelación, se hincó de rodillas y comenzó a llorar y a mesarse los cabellos. Los criados pensaron que el Creador había obrado un milagro y que aquel llanto era de arrepentimiento. Pero Gonzalo estaba mirando hacia el mismo lugar al que miraba la imagen del Padre Eterno: un rincón insignificante del patio en el que él no había reparado hasta ese instante.

6 comentarios:

Carol Bret dijo...

Vaya...
un final sorprendente...

No sé qué prefiero creer; que la Tomasa se fue con el dinero y punto o que el dinero sigue en el rincón del patio.
Creo que me quedo con que el dinero sigue ahí para que Inés se lo encuentre el día menos pensado.
"Poetical" Justice, supongo.

Accimuttt dijo...

No te dejé comentario en el otro relato, así que aprovecho en este, me tienes enganchadísima ¿qué va a pasar?...

Se librará Inés de tan pesada carga, encontrará ella el dinero, será la vieja la que se lo ha llevado, estará ahí en el patio, y Gonzalo que hará, terminará por volverse loco o rico???...

Me ha encantado. Besos y abrazos compañero.

Lía Vega Erao dijo...

Me embrujaste...

Besos Nazaríes...

Anónimo dijo...

Muy buen relato, JA. Tiene un aura mágica, demoníaca...Magnífica ambientación.
Rigoletto

Nefer dijo...

Vaya final, un giro inesperado... yo esperaba que Gonzalo se volviera loco y terminara lanzándose al fuego de una chimenea mientras Inés abría el rincón secreto donde estaba el oro y se regodeaba con él... me has tenido todo el relato enganchada... que artista eres pichulo!

Besillos.

Juan Antonio dijo...

Querida Carol, me gusta tu propuesta. Besos.

Accimuttt, ahí acabó la historia o la leyenda. Inés perdura eternamente en las calles que tuvieron la dicha de admirar su belleza en unos lejanos días de un siglo remoto. Besos. Y abrazos.

El Albaicín, Lía, tira lo suyo. Besos.

Gracias, Rigoletto. Me encanta que menciones el aspecto demoníaco del relato. Un abrazo.

Nefer, me alegra que hayas disfrutado con esta historia. Un beso.