viernes, 6 de febrero de 2009

LA CASA DEL ESCRIBANO (1)


El viejo escribano don Alonso de Padilla se consideró satisfecho de su buena fortuna. Allí estaba su sobrina Inés inclinada sobre el tosco bastidor. Un débil haz de luz se derramaba sobre sus cabellos rojizos. El anciano la miró con gratitud. Habían tenido que pasar tres largos años, pero había merecido la pena.

Ahora la recordaba como era cuando llegó a su casa: una niña de doce años huérfana y desvalida. Era hija póstuma de un hermano de don Alonso, y su madre acababa de morir de una extraña dolencia. Él se hizo cargo de la pequeña con un frío sentido del deber que excluía cualquier expresión de cariño. Durante años convivieron en la misma casa como dos extraños. A veces pasaban semanas y hasta meses sin verse. De Inés se cuidaba la servidumbre, en especial Antoñona, una vieja criada que gobernaba la casa con mano de hierro, pero que cobró mucho afecto a la niña.

Una tarde de abril tuvo lugar la revelación. Don Alonso de Padilla regresaba de sus ocupaciones en la Chancillería. Iba un poco fatigado por la brisa cálida que ascendía desde el río. Subió pausadamente los escalones de la cuesta. Al alcanzar la placeta, algo llamó poderosamente su atención. Frente a él, enmarcada por la hermosa ventana plateresca de aquella casa que ostentaba el escudo de su familia, se recortaba la silueta de una mujer de belleza extraordinaria. Tenía lindos ojos de gacela, dulcísimos labios, hoyuelos insinuantes y piel bronceada hasta el delirio. Sólo después de observarla un buen rato comprendió que era su sobrina.

A partir de ese instante, el viejo escribano concentró todas sus energías en conquistar a aquella desconocida en la que no había reparado hacía tantos meses, tantos años. La muchacha se alarmó ante el inopinado cambio de actitud. Al principio sintió temor. Pensó que no podía esperar nada bueno de un comportamiento tan extraño. Don Alonso la invitó a descubrir algunos de sus rincones privados. Incluso le mostró el excusado que había hecho construir para su uso exclusivo. Consistía en un bello sillón de madera tallada coronado por una tabla en cuyo centro se había practicado un orificio circular coincidente con el sumidero abierto en el piso. Este ingenioso invento permitía al escribano estudiar algunos documentos mientras hacía sus necesidades, actividad que al parecer encontraba en extremo gratificante.

La casa era una construcción morisca de principios del siglo anterior, centrada en torno a un amplio patio cuadrado rodeado de columnas de mármol. Vista desde fuera, su fábrica era sencilla. Sólo destacaba la ventana sobre la puerta de entrada en la que don Alonso vio a su sobrina Inés como en una aparición. Lo que más había impresionado a la niña desde su llegada eran los frescos pintados en los muros del patio. Representaban escenas mitológicas y religiosas. Adustos guerreros con luengas barbas, alusiones simbólicas a las virtudes e incluso una impresionante representación del Creador rodeado de querubines. Esta figura le producía siempre una extraña inquietud, tal vez por la forma en que miraba hacia un rincón del patio como buscando algo, anhelante, en una actitud que no parecía demasiado apropiada para el Padre Eterno.

Inés no tuvo apenas tiempo para acostumbrarse a la idea de que su tío se había enamorado de ella. Sentía nacer dentro de sí una repulsión creciente hacia aquel viejo que ahora la seguía a todas horas con ojos de chucho ilusionado. A esto se sumaba un incontenible sentimiento de horror al incesto que ni siquiera las elocuentes razones de su confesor, influenciado sin duda por el poderoso escribano, conseguían disipar. La joven acabó por escudarse en un fingido afán de profesar en algún convento. Don Alonso de Padilla no dio por perdida la partida. Movilizó todo un entramado de sutiles presiones alrededor de su sobrina. Al cabo de tres años llenos de pequeños y miserables chantajes, la voluntad de Inés cedió. Para completar su desdicha, la fiel Antoñona fue despedida por aquellos días bajo la absurda acusación de robar en la despensa. Una vieja desabrida ocupó su lugar.

Don Alonso cenó a sus anchas aquella noche. Inés había accedido al fin a sus pretensiones, y el caldo de gallina le sabía a manjar olímpico. Cerca del brasero, arrellenado en su butaca y viendo a la muchacha inclinada sobre el bastidor, pensaba que no se podía pedir nada más a la vida.

Ella aceptó la idea del matrimonio con toda la resignación de que era capaz. Su nueva vida era tan aburrida como la de antes, sólo que sin el cariño de Antoñona. Sólo hallaba algún placer en subir al palomar situado en lo más alto del tejado. Allí pasaba las horas acariciando las suaves plumas de las palomas. Se sentía libre mientras permanecía allá arriba escuchando el arrullo de las aves. Luego presentía los pasos de su viejo esposo en el patio y se le llenaba la garganta de angustia.

Ella sabía de algún modo difícil de explicar que uno de los escribientes empleados por don Alonso buscaba sus ojos con un afán reprobable. Hacía tiempo que lo sabía, pero no fue consciente de ello hasta que, una mañana, Gonzalo la siguió hasta el palomar y le desveló los anhelos de su corazón entre caricias torpes y vehementes que encendían por primera vez sus sentidos. Inés despertó de su sueño y comprendió que en realidad llevaba mucho tiempo aguardando que sucediera algo así. Eso deseaba al ver aparearse las aves en el palomar, al escuchar sus amorosas razones, que rebotaban luego durante la noche entre las frías paredes de su insomnio mientras su viejo marido dormía como un niño. Sí, ella había esperado siempre que aquello sucediera. Desde ese día, los dos jóvenes aprendieron a buscarse en la penumbra del patio o en la hiriente claridad del palomar, al cobijo del frío de la madrugada o en el estrepitoso ardor de la siesta.

No era difícil engañar al anciano después de todo. Daba la impresión de contentarse con poco. Bien servido en la mesa y regalado con algún gesto maternal, parecía profundamente satisfecho. Inés encontraba más peligrosa a Tomasa, la sustituta de Antoñona. Seguro que si la descubría no dudaría en delatarla ante el esposo.

El escribano confiaba plenamente en Gonzalo. Sabía de su ambición sin límites, pero le juzgaba leal e incapaz de violar las leyes de la hospitalidad. Siempre decía de él que llegaría muy lejos. Lo que nadie sabía es que un ansia violentísima corroía su ánima. No era la sana ambición del joven escribiente que aspira a ocupar un cargo destacado. No era el deseo de obtener el respeto y el aprecio de los poderosos. No era nada de eso. Lo que convulsionaba su pecho con la fuerza de un ciclón era el deseo de usurpar, de violentar, de destruir a aquel anciano miserable que le había tendido un día la mano, que lo había alojado en su casa y enseñado un oficio, que le había tratado en suma como a un hijo. Conquistar a Inés no representaba para él más que el primer paso de una empresa infame.

Los ojos de Gonzalo iban alternativamente desde los rojizos cabellos de la muchacha hasta un arcón cerrado con llave que se guardaba en el gabinete privado de don Alonso. Un día intentó inútilmente moverlo. Sin duda estaba repleto de doblones de oro, a juzgar por el peso. La riqueza del escribano era de todos conocida. No había otro lugar más apropiado para contener tal tesoro. Además, el viejo jamás se desprendía de las llaves.

Al poco tiempo fue despedido el otro escribiente. Al parecer, el ama de llaves lo había sorprendido revolviendo en el gabinete del dueño. El joven juró una y mil veces que la acusación era falsa, que aquella mujer le había tomado ojeriza y quería deshacerse de él por alguna misteriosa razón. De nada le valieron las protestas ni las lágrimas. Inés supo que decía verdad. Intercedió por él ante don Alonso. Todo fue en vano.

Una tarde, Tomasa subió al palomar mientras Gonzalo e Inés se amaban como locos. La muchacha pensó que aquello era el fin. Sin embargo, la vieja guiñó maliciosamente un ojo y se volvió a sus asuntos, no sin antes advertir que don Alonso estaba a punto de regresar. Inés no podía creer que aquella escena hubiera sucedido en realidad. Le parecía una angustiosa pesadilla. Con un tono que la sobrecogió, Gonzalo dijo que no debía inquietarse, que él lo había preparado todo. Entonces empezó a vislumbrar el alcance de aquel turbio asunto. Pero ya no sabía vivir sin Gonzalo. También ella había caído en la tupida tela de araña de sus devastadoras ambiciones. Sintió un vértigo insoportable. Ella había reconocido el espanto en los ojos del joven escribiente despedido ignominiosamente. Y antes en los de la pobre Antoñona. Miró a Gonzalo y supo que él estaba detrás de esos oscuros enredos. La opresión del miedo se agarró a su garganta. Ya no era posible elegir.

9 comentarios:

Juan Antonio dijo...

La Casa del Padre Eterno, una construcción morisca del siglo XVI ubicada en la placeta de Santa Inés, en el Albaicín bajo, en las inmediaciones de la carrera del Darro.

En ella transcurrió una parte importante de mi infancia. Allí quedaron (aún los siento cuando la visito, hoy restaurada y convertida en hotel) recuerdos, miedos, nostalgias, apariciones, amores infantiles, ausencias.

Lo que han leído es la primera parte de un relato libre basado en la leyenda de la Casa del Padre Eterno.

En una próxima entrada, el desenlace.

Anónimo dijo...

Pues se espera con ansia.
Rigoletto

Carol Bret dijo...

La placeta de Santa Inés que Inés contemplaba desde "la hermosa ventana plateresca"...
Quiero más.

AAN dijo...

Wow... Qué elegancia escribiendo, nene.

Me atrapaste :). Beso

sky-walkyria dijo...

buen relato, cautivante historia

Lía Vega Erao dijo...

A mi me pasa lo mismo con el Palacio de los Patos... esa niñez en pleno centro de Graná y ahora... bueno... me emociono.

JA... poeta... te espero.

Besos Albayzineros y Nazaríes...

Nefer dijo...

Pichulo, ya estás tardando en colgar la segunda parte que me he quedado con las ganas de saber que le pasa a Inésy que se trae entre manos el tal Gonzalo...

Un relato embaucador... besillos, primor.

Juan Antonio dijo...

Gracias, Rigoletto. Hecho.

Carol, qué imagen la de Inés asomada al balcón plateresco. Mágica. Besos.

Mi querida Amapola Nocturna, gracias. Y un beso.

Eres muy amable, Sky-Walkyria.

Lía, no me tientes, sé buena. Jajaja. Besitos.

Nefer, eso de "pichulo" me ha llegado al alma, jajaja. Eres un cielo. Pues nada, "pichula", ya mismo dejo la conclusión del relato. Un besazo.

Anónimo dijo...

Mientras lo leía, sin pestañear, por cierto, pensaba en tu infancia. Cuando hablas, y cuando escribes, derrochas Albaicín y arte por todos los costados.

Esperamos impacientes la próxima entrega. Eres un magnífico escritor, Juan Antonio. No te digo nada nuevo. Eso ya lo sabes tú.

Besos,

Claro