miércoles, 29 de octubre de 2008

H.S.E.S.T.T.L.


La tarde se ha vuelto de plomo,
dorado templo para el eterno fuego.
Silenciosos descienden los pasos desnudos
adentrándose en el terroso corazón del polvo.

El espantado pecho resonante
contiene un gesto de dolor
que a los labios se enreda,
mudas almenas de una ciudad saqueada.

Desciende un poco más,
más hondo en una tierra ardiente,
como una copa de rojo vino.

Ya ocupas tu espacio justo,
constelación de letales sueños
para siempre sepultados.

Sea leve la tierra
para un cuerpo triste y demasiado hermoso,
raíz de polvorientas vanidades
a quien un lecho oscurísimo aguarda.

lunes, 27 de octubre de 2008

DORMIDA

"Serpientes de agua IV", detalle (Gustav Klimt)


No sé por qué he sentido la necesidad de besar tu pelo como trigo;
no sé por qué me he inclinado sobre ti con la impaciencia del agonizante
y te he confesado, sabiéndote dormida, un amor inexplicable.

Creía escuchar el vago sonido de las olas,
pero comprendí que eran tus pies hollando la arena,
que eran tus huellas abriendo camino entre la oscura maleza.

Me sentí herido por la luz implacable del día,
mas supe que era tu cuerpo inundando mis horas de claridad,
que era tu cuerpo tornasolado que me cegaba.

Pensé que tocaba una distante estrella,
y comprendí que eran tus ojos,
que eran tus pupilas ardientes lo que cruelmente besaba.

Tal vez por eso te ofrecí la furia recta de mi amor;
tal vez por eso te arrullé en mis brazos hasta saberte dormida,
y sólo entonces confesé que te amaba.

domingo, 26 de octubre de 2008

PRINCIPIO DE INCERTIDUMBRE

"La bola de cristal" (John William Waterhouse)


Amo a Madame Bovary. Desde siempre. Y a la dama de Shalott. En general, amo a todas las doncellas prerrafaelistas salidas de las manos de Waterhouse. También a lady Godiva. Y a la chica que protagoniza a la Elizabeth de "Orgullo y prejuicio" (Keira no-sé-qué-más). Y a Winona Ryder en la Mina del "Drácula" de Coppola.

Dime, ¿por qué entonces sólo te echo de menos a ti?

sábado, 25 de octubre de 2008

MÚSICA CON HISTORIA (2)

GEORG FRIEDRICH HAENDEL
"Zarabanda" en re menor

Compositor alemán nacido en 1685 y muerto en Londres en 1759. Uno de los pilares incuestionables del Barroco y de la música occidental de todos los tiempos. Cultivó géneros tan dispares como la música de cámara, el concierto, la música religiosa o la ópera.

Su "Zarabanda" en re menor es una pieza de gran belleza y dramatismo. Stanley Kubrick la utilizó en 1975 como banda sonora para su hermosísima película "Barry Lyndon". El vídeo que insertamos se corresponde con un trailer de "Orgullo y prejuicio", dirigida por Joe Wright en 2005.



HOMENAJES: CHARLES BAUDELAIRE Y LAS FLORES DEL MAL


CHARLES BAUDELAIRE (1821-1867)

Patriarca de los poetas malditos, genial, provocador, al igual que de Edgar Allan Poe, podemos afirmar que nada habría sido igual en la literatura sin él. Rechazado por las mentes mezquinas de la burguesía parisina de la época, censurado, procesado, Baudelaire no tiene tal vez otra salida que la creacion de su propia leyenda romántica.

La vida de los barrios bajos, la compañía de las prostitutas, la extraña relación con la actriz mulata Jeanne Duval, el vicio, la perversidad, las deudas, la droga, constituyen algunos de los elementos de su vida cotidiana.

El láudano, la incomprensión y una lucidez rayana en la crueldad fueron los compañeros de sus últimos años.

Su obra capital, Les fleurs du mal, fue publicada en 1857. Desde entonces, nada ha sido lo mismo. A continuación reproducimos el poema titulado "Spleen".


Spleen

Pluviôse, irrité contre la ville entière,
de son urne à grands flots verse un froid ténébreux
aux pâles habitants du voisin cimetière
et la mortalité sur les faubourgs brumeux.

Mon chat sur le carreau cherchant une litière
agite sans repos son corps maigre et galeux;
l'âme d'un vieux poète erre dans la gouttière
avec la triste voix d'un fantôme frileux.

Le bourdon se lamente, et la bûche enfumée
accompagne en fausset la pendule enrhumée
cependant qu'en un jeu plein de sales parfums,

héritage fatal d'une vieille hydropique,
le beau valet de coeur et la dame de pique
causent sinistrement de leurs amours défunts.


Spleen

Lluvioso, irritado contra la ciudad entera,
de su urna en grandes olas derrama un frío tenebroso
a los pálidos habitantes del vecino cementerio
y la mortalidad sobre los barrios brumosos.

Mi gato buscando una litera en el almohadón
agita sin descanso su cuerpo delgado y roñoso;
el alma de un viejo poeta vaga por la gotera
con la triste voz de un fantasma friolero.

El bordón se lamenta, y la madera ahumada
acompaña en falsete al péndulo resfriado,
mientras que en un juego lleno de sucios perfumes,

herencia fatal de una vieja hidrópica,
la bella sota de corazones y la dama de picas
charlan siniestramente de sus amores difuntos.

sábado, 18 de octubre de 2008

ESTIGIA

"El paso de la laguna Estigia" (Joachim Patinir)


La tarde atornasola sin prisas sus balcones.
Él nota algo, un zumbido, un dedo helado.
No puede ser aún,
no todavía.
Eso dice mientras se cala el abrigo,
pero todos los relojes han señalado su hora en punto.

Con afán rebusca en la memoria
un ajado amor, unas manos amigas,
el incierto naufragio de un beso en el pasillo.

Da unos pasos.
Siente su peso sobre el pavimento.
Escucha. Aún soy yo, dice,
no hay duda.
Y, sin embargo, aquel frío...

Fuera, la vida suena como un sueño.
Mira su reloj. Ahora sabe. Es lo acordado.
Cruza el portal a tientas.
La calle anochece.
Enciende un cigarrillo.
Ya no me está prohibido, casi sonríe.

Las muchachas lo miran como sin ver.
Se preocupa al recordar sus últimos encargos.
Quién recogerá mañana el diario, piensa.

Cruza la plaza.
Al poco nota que ha dejado de hacer frío.
Entonces siente algo parecido al alivio.
Ya he empezado a olvidar.

viernes, 17 de octubre de 2008

JUGLARES DE NUESTROS DÍAS (3)

LES LUTHIERS
"Romance del joven conde"

Luthiers eran llamados los antiguos constructores de instrumentos musicales. Tal fue el nombre adoptado por el genial grupo musical y humorístico argentino que en los años 60 del pasado siglo comenzaron su andadura por los escenarios de todo el mundo.

Algunos de sus genuinos personajes son ya creaciones inolvidables, como el apócrifo compositor Johann Sebastian Mastropiero, del que se sirven para parodiar el mundo de la música clásica.

Capítulo aparte merecen sus inspirados y siempre sorprendentes instrumentos musicales: la lira de asiento o lirodoro (construido con una tapa de inodoro), la mandocleta (mezcla de mandolina y bicicleta) o el latín (o violín de lata).

Intelectuales, irreverentes, Les Luthiers se han convertido en un referente obligado para varias generaciones.



domingo, 12 de octubre de 2008

ORIENTALISMO (3)

"El patio del Serrallo" (Gérôme)


"Mercado de esclavos" (Gérôme)


"Baño turco" (Gérôme)

Sensualidad, languidez y abandono. Los exóticos escenarios públicos alternan con los privados en estos cuadros de Jean-Léon Gérôme. El mercado de esclavos, el baño, el harén son lugares en los que la belleza es sorprendida por el espectador, que encuentra la ocasión de presenciar una escena imposible.

sábado, 11 de octubre de 2008

TRÁNSITO


Aquí estoy, bajo un árbol de estrellas cenicientas,
en la mitad cumplida de mis días,
más cerca de la nada hoy que ayer,
en este desván aturdido de mi historia,
más cerca del olvido.

Como la risa de un niño en una inmensa llanura desolada,
así suenan mis pasos esta noche
en la mitad cumplida de mis días,
mientras en vano los miembros se fatigan
tras unas migajas de luz.

Pero tus ojos están llenos de luz,
tus ojos sí,
y tus manos cargadas de promesas,
tú que eres como yo y que amaneces apenas
en la mitad cumplida de mis días.

miércoles, 8 de octubre de 2008

ERNESTO DE SANTOS


La última vez que actuó en París había recibido el entusiástico aplauso del público. La voz de la crítica fue menos elogiosa, pero él no se dejó inquietar, siguiendo una vieja costumbre. Tampoco se preocupó al recordar que no tocaba las Variaciones Goldberg desde hacía muchos años, ni al aceptar que el último ensayo había sido decepcionante. Lo único que le preocupaba en aquel momento era que tenía demasiado apetito y que la habitación estaba muy lejos de parecerse a las suites lujosas que ocupó en otros tiempos, cuando las mujeres más elegantes se desmayaban en los más elegantes salones al escucharle aquel enervante Debussy, aquel elocuente Liszt. También pensaba en el prominente estómago, imparcial testigo de su regalada vida, y comprendió que se estaba haciendo viejo, que seguramente ya lo era.

Buscó entonces una fotografía que llevaba siempre consigo. En ella reconoció a un joven de veinte años sentado al piano, la mano izquierda alzada, presta para descargar el brillante acorde final, e incluso escuchó el acorde y escuchó los aplausos, y recordó con cuánta efusividad lo besó aquella chica francesa; pero no se acordó de su nombre. Iba ya a ceder al tiránico chantaje de las lágrimas cuando llamaron a la puerta.


No pudo dormir bien. Había cenado demasiado y las Variaciones Goldberg le atormentaron sin clemencia durante toda la noche. Paralelamen­te, se reprodujo el amago de melancolía experimentado antes de la cena y luchó desesperadamente por recordar el nombre de la joven francesa, como si eso pudiera salvaguardarlo de aquel imprevisto acceso de nostalgia.

Se levantó a duras penas. Encendió la luz y la habitación le pareció aún más desangelada. Estuvo tentado de revolver de nuevo en pos de la fotografía, pero comprendió que no era el momento. Probó a desalojar de la mente cualquier pensamiento. Se aplicó a dicha tarea con infinita paciencia, pero el vacío que dejaba cada idea era de inmediato ocupado por otra. Optó al fin por rememorar alguna de las divertidas anécdotas que se habían sucedido en su larga carrera de concertista. En todas halló el áspero sabor de la tristeza. Incluso aquel concierto, cuando olvidó completamente el final de una sonata de Prokofiev y, con buen sentido del humor, se dirigió a su público:

—Señores, no recuerdo ahora lo que sigue. Si alguien fuera tan amable de entonar unos compases...

Ni siquiera este jocoso recuerdo, que tanto había celebrado en otras ocasiones, le hizo sonreír entonces. Era la primera vez que no acertaba a reprimir sus melancólicos impulsos, y esa inesperada impotencia le produjo miedo y desconfianza. Se sentía vencido incomprensiblemente por el presentimiento de la soledad. Quiso consolarse con la decisión de ensayar las Variaciones todo el día siguiente. Así se lo prometió a sí mismo, tras confesarse que había perdido el hábito del estudio mucho tiempo atrás. En realidad, había ido cediendo, cada vez menos apremiado por el pefeccionis­mo inicial, a una actitud más y más relajada. Progresivamente proscribió de su repertorio determinadas obras, movido por un supersticioso temor que acabó por transformarse en la más decepcionante negligencia. No ignoraba que ya era demasiado tarde para recuperar el tiempo perdido, pero un noble e inesperado sentimiento le confortó cuando decidió revisar su interpretación de las Variaciones Goldberg.

El suculento desayuno templó por completo su ánimo y casi sonrió al pensar en la zozobra de la noche anterior. Tal vez por esa razón se permitió silbar mientras se afeitaba, uso que siempre había detestado. Buscó en varios diarios. En todos ellos encontró una pequeña esquela anunciando el concierto que, al día siguiente, daría el pianista español Ernesto de Santos. En todos los diarios leyó, casi con idéntica redacción, que había realizado sus estudios en Madrid (con notable aprovechamiento), perfeccio­nándose en París y Viena; que había recibido varias becas y premios internacionales; que había actuado en las principales salas de Europa y América, acompañado por las primeras orquestas y los más prestigiosos directores. En todos los diarios se encontró, en suma, salvo alguna pequeña errata, con una bien conocida historia que, pese a ser la suya, seguía pareciéndole ajena.

Recortó cada esquela como venía haciendo desde que diera sus primeros recitales, y las pegó cuidadosamente en un álbum, junto con otros cientos de esquelas que repetían hasta el infinito, salvo alguna pequeña errata, la historia de su vida.

Las cuatro horas de ensayo fueron una fatigosa lucha contra muchos años de abandono, pero también una purificadora experiencia. Al regresar al hotel, reconoció en el cansancio que le embargaba la sombra de una voluntad y una constancia casi olvidadas. Tuvo miedo al pensar en el inminente concierto, pero supo que en aquel momento de angustia y soledad era feliz como no lo había sido en mucho tiempo. Por un instante creyó entender la historia que tantas veces había leído ensimismado en los diarios; aquella brillante biografía que no reflejó jamás el sufrimiento ni la vergüenza de los sesenta desolados años de su vida. Imaginó que acaso esa esquemática y triunfalista versión no fuera menos real que la otra, la de los cotidianos fracasos y la humillante resignación. Pero pronto comprendió que no podía ser así, porque siempre le había parecido algo demasiado ajeno. No. Él no era aquel venerado artista cuya imagen se diluía en el ubérrimo alud de mil premios y honores. Era más bien ese otro que, impelido por un ancestral temor, jamás viajó en avión; aquél que economizó hasta alcanzar los linderos de la ruindad; que no fue capaz, en los sesenta desolados años de su vida, de experimentar algo parecido al amor.

Por vez primera, y no sin dolor, reconoció ante sí mismo que ninguna elegante mujer se desmayó jamás en ningún elegante salón al escuchar su enervante Debussy, su elocuente Liszt. Incluso llegó a dudar si en efecto recibió un día los efusivos besos de una chica francesa. Pero se concedió que al menos esto último debía ser cierto, porque aún no lograba recordar su nombre.

Supo que iba a ser demasiado difícil, demasiado doloroso, desarticu­lar aquel mito, aquella ingente mole de pequeñas e inofensivas patrañas. Supo que acaso no tendría ya tiempo. Sólo en ese momento alcanzó a medir, con la irrepetible lucidez del agonizante, cuánto había amado la música, cuánto y con qué inexpresable sufrimiento. Sólo en ese momento supo, sin vacilación ni vergüenza, que jamás había amado otra cosa sino las mil partituras que cercaban pentagrama a pentagrama todos los actos de su vida. Y supo que odiaba ese ajado y triste sentimiento, que había en él mucho de mezquindad; que era un amor demasiado solitario para ser hermoso. Pero quiso aferrarse pese a todo a esa única pasión de su vida.


Las noticias que tenemos del concierto, si bien repiten hasta la saciedad una historia tan familiar como extraña, registran el nuevo y notable éxito de Ernesto de Santos en París. Nada nos cuesta suponer que, finalizado el recital, una entusiasta joven francesa se acercara al maestro y lo besara efusivamente.

lunes, 6 de octubre de 2008

ESTAMPA


A veces las acacias crecen en ninguna parte,
hunden sus raíces en plazas olvidadas
no lejos del pobre rincón donde un muchacho
se obstina en descifrar el mundo.

¿No habéis sentido ese vértigo
cansado como la hoja oxidada de un cuchillo?
¿No habéis escuchado el eco de una voz
que horada el zumbido de la tarde
con acentos de sepia y lejanía?

Difuntos amores, como dijo el poeta,
pequeñas cosas muertas en un lugar equivocado,
irreales si no fuera por la lluvia.
tristes acacias en imposibles plazas.

domingo, 5 de octubre de 2008

A TI



No te pido grandes cosas, amor.
Lo justo apenas:
un latido cercano,
una palabra,
un signo esperanzado de tu boca.

No te pido grandes cosas, ya ves.
Sólo lo necesario para seguir viviendo.
También que impulses los planetas
en lo más alto de tu cielo;
que el tiempo no hiele tu sonrisa;
que llueva mansamente sobre mis tardes
a las cinco en punto, amor;
que amanezcas cada día sobre nuestros ojos
e inundes de luz mis calles de niño.

Ya ves, no pido mucho.
Sólo el pan de tus labios,
el tibio aliento que dura lo imprescindible
para saberse vivos.

No te pido grandes cosas, amor.
Lo justo nada más.
Que dibujes con un dedo las estrellas,
que me des a beber los vientos.

Pero no, nada de eso pido.
Sólo que no me faltes nunca.

viernes, 3 de octubre de 2008

MÚSICA CON HISTORIA (1)

SAMUEL BARBER
Adagio para cuerdas, op. 11

Samuel Barber (1910-1981) fue un compositor estadounidense que, lejos de las vanguardias imperantes en su época, frecuentó modelos inspirados en la música clásica tradicional. No en vano su estilo ha sido denominado "neorromántico".

En 1936 compuso un Cuarteto para cuerdas en si menor, cuyo segundo movimiento, adaptado para orquesta de cuerdas a petición de Arturo Toscanini, alcanzaría enorme popularidad. Fue estrenado en 1938 por el genial director italiano al frente de la orquesta de la NBC.
Además de escucharse en las salas de conciertos de todo el mundo, ha sido utilizada como banda sonora en diversas películas (Platoon o Amelie entre otras).


LA TARDE


—Amor, ¿me das un poco de esa luz dorada?
—No sé.
—¿No me la das, aunque te la pida? Mira que nada te cuesta.
—No sé a qué luz te refieres.
—Esa que ilumina esta tarde y la hace crisálida de oro y de sueño; esa que me invita a volver a la vida.
—Es que… es sólo mi sonrisa.
—Ya lo sabía. ¿Me la das ahora?