viernes, 12 de diciembre de 2008

PACO EL BÁRBARO


El hombre había llegado desde su lejano país envuelto en una niebla densa y fría. Tanto le impresionó mi hospitalidad, que lloraba de alegría mientras la tía Ángela servía a regañadientes el chocolate. Las tazas humeaban y él, no habituado al hirviente brebaje, lo engulló de un trago. Dos lágrimas gruesas asomaron a sus ojos y un humillo nubló su vista. La tía Ángela protestaba porque el extranjero había estropeado su merienda. Para ella, el chocolate de la tarde tenía algo de oficio religioso.

—Pero, pedazo de buey, ¿a quién se le ocurre? ¿Acaso crees que mi chocolate es jarra de cerveza para echar al gaznate pronto y mal? ¿Eso os enseñan en vuestra tierra? Mi chocolate es un manjar que se saborea despacio, no a lo bruto, como beben las bestias en los charcos del camino.

Yo no podía contener la risa ante la tribulación del hombre y el enojo de tía Ángela. Al poco rato las aguas habían vuelto a su cauce.

Se llamaba Franz. Lo había conocido en la oficina de correos, una mañana de diciembre, y pronto nos hicimos amigos inseparables. Había venido desde su pueblecito de Baviera detrás de un sueño. El buen hombre, mocetón alto, rubio y con una cara sonrosada como culito de ángel, estaba hastiado de una pertinaz soltería y decidió buscar novia. Para su desgracia, vio en una revista de modas el retrato de una cupletista española vestida de reina de Egipto. Tanto le impresionó su altiva belleza, que tomó la decisión de buscar una mujer así para acabar con su cansina soledad.

El dueño del diario local sugirió que insertara un anuncio en alguna revista española de sociedad, asunto para el que brindó su colaboración. Al cabo de poco tiempo, Franz recibía carta mensual de una señorita llamada Justina Rodríguez de Mayoral, a la sazón sobrina de Dionisio el sereno, hombre de pocas palabras y versado en astronomía. El viejo, único pariente de la chica, era su tutor desde que los padres de aquélla murieran en un bombardeo, en los comienzos de la guerra.

Justina mantuvo en secreto la correspondencia mientras pudo, que no fue mucho, porque la cosa no era fácil de ocultar. El tío Dionisio se enfadó al principio, aunque supuso que sólo se trataba de un inocente pasatiempo. Lo que no sabía, demasiado ocupado en contemplar las estrellas, es que la niña había adquirido una notable virtud en el ejercicio de la correspondencia erótica. Franz me mostró algunas cartas de Justina, y en verdad eran para ruborizar a busconas y sacristanes.

A falta de una prosa calenturienta bruscamente interrumpida, el bávaro resolvió trocar la relación epistolar en contacto carnal, si ello era posible, y un buen día amaneció en la estación del ferrocarril del pueblo con su carita sonrosada y sus rizos dorados de bebé grande. Aunque Dionisio era hombre de ánimo pacífico, hubo que sujetarlo entre cuatro para que no hiciera una salvajada. Juraba en voz alta por todas las galaxias del firmamento, por la Osa Mayor y por los agujeros negros, que mataría al infiel hijo de Lutero, que se había figurado que todo el monte era orégano, decía, tan sólo porque la niña le había enviado en mala hora un inocente billete de salutación. No era tan inocente el billete, como queda dicho, pero Dionisio así lo creía o quería creerlo. Tras encerrar a Justina a cal y canto, amenazó al alemán con deslomarlo a la primera ocasión.

Pronto había de convertirse en un personaje popular. Alguien, no sin sorna, castellanizó su nombre y lo adornó con el gentilicio: así Franz pasó a llamarse Paco el Bávaro, y de ahí lo de Paco el Bárbaro, que es como se le recordaría para siempre.

Ante la rotunda negativa de Dionisio a aceptar el noviazgo, el temperamento tímido y los melancólicos humores del pretendiente hicieron de él un barco a la deriva. Los hombres le invitaban en la taberna a cambio de que, en su rudimentario español, les deleitara con sus cuitas de amor. Las mujeres suspiraban sin disimulo por un hombre tan apuesto y refinado. Alguna incluso le ofreció el consuelo de su pecho para remediar sus desvelos, pero él era hombre de principios.

Yo resolví acogerlo en mi casa porque me inspiraba lástima su desolación de chucho extraviado y sin amo. La tía Ángela no compartía mis simpatías. Decía que un gigante como Paco el Bárbaro no podía tener una piel tan suave y sonrosada sin ser ánima pecaminosa. También opinaba que eso de enamorarse por carta no era cosa de cristianos, sino de libertinos que ultrajaban a Cristo invirtiendo los crucifijos y hacían mofa de Nuestra Señora. Tuve que amonestarla con firmeza por su insolencia, pero Paco el Bárbaro me advertía que a él se le daba un ardite y que era mejor ignorar los comentarios de fámula tan lenguaraz.

Al cabo de algunos meses, el alemán había aprendido a distraer su pena componiendo hermosas romanzas que entonaba acompañándose de un viejo laúd. Eran tan delicadas, tan dulces, que hasta los geranios del patio se ponían mustios en sus tiestos. Esta circunstancia acrecentaba si cabe el rencor de tía Ángela. La pobre vieja sustituyó los arruinados geranios por claveles, luego los claveles por violetas y más tarde por albahaca. Pero todas las plantas languidecían y morían de amor hasta que al final la tía Ángela tiró todos los tiestos porque estaba harta, decía, de ver secarse sus flores por culpa de aquel sonsonete impío y fétido como pedo de bruja impenitente. Pero lo cierto es que hasta los transeúntes se detenían enmedio de la calle a escuchar la quejumbrosa solfa del enamorado.

Otros ratos los pasábamos jugando a los naipes. Paco el Bárbaro tenía una condenada habilidad para los juegos de baraja, aunque siempre se negó a mediar apuestas. Así transcurrieron las semanas y los meses. Iba ya para un año que el extranjero esperaba inútilmente un cambio de actitud en el tutor de Justina. Ni el tiempo, ni las lágrimas del mocetón, ni las baladas de amor, ni las cestitas de pasas que Dionisio recibía cada semana con una puntualidad enervante, habían conseguido ablandar el durísimo corazón del sereno. La joven, por su parte, pasaba sus mustias horas en compañía de un lindo jilguero, único testigo de su vedada hermosura y protagonista de muchas romanzas de Paco el Bárbaro.

Fue al cumplirse el aniversario de su llegada cuando la piel suave y sonrosada del enamorado empezó a adquirir una tonalidad verdosa. Al principio pensé que tenía ojeras a causa del poco dormir y el mucho soñar, pero pronto advertí que un tono verde oliváceo sombreaba su bello rostro de arcángel. Por aquellos días adquirió la costumbre de imitar el canto de los pájaros. La perfección con que lo hacía, unida al tono verdoso de la faz, llevaron a la tía Ángela a propalar por el pueblo el insensato infundio de que el pobre infeliz estaba poseído y que podía mover los objetos desde lejos, que por las noches acudía a visitarlo y a yacer con él en singular cópula una diablesa que tomaba el aspecto de Justina, que tanto refocilarse con infernales criaturas era lo que lo tenía verde como una lechuga y cantarín como cuco en celo. Pero por esa época ya nadie escuchaba las venenosas consejas de la anciana.

Ocurrió una tarde de abril. Paco el Bárbaro y yo jugábamos una partida de naipes. Yo sostenía en mis manos un as de espadas que debía ayudarme a vencer a mi hábil contrincante. Pero cuando el as viajaba en busca del tapete, se oyó un tumulto de voces en la casa y un grupo de vecinos penetró en el patio en tropel gritando:

—¡El viejo Dionisio ha muerto! ¡El viejo Dionisio ha muerto!

Cuando se hubieron calmado, explicaron que el cruel tutor había fallecido inesperadamente mientras tomaba su habitual café de cebada de la tarde. Al parecer se le había torcido la boca en una mueca burlona y se había desplomado de la silla como un pesado fardo. Justina reaccionó con admirable serenidad. Sin un sollozo, sin un ruido, cargó con el cuerpo de su tío hasta el dormitorio, lo acostó e incluso lo amortajó antes de avisar a nadie. El médico confirmó que había sido un ataque al corazón. Todos elogiaban la entereza de la muchacha. En los ojos de Paco el Bárbaro apareció una lucecilla de esperanza. Yo no podía recriminarle nada.

Al día siguiente, en la iglesia, el enamorado pudo contemplar por vez primera de cerca al objeto de su pasión. Nadie se preocupaba ya del muerto: todos los ojos se movían alternativamente desde el rostro verdoso del alemán al pálido rostro enlutado de Justina.

Tras un prudencial paréntesis de duelo, y acompañado por mí, Paco el Bárbaro, más verde que nunca, se dirigió a casa de la joven. Había anhelado tanto ese instante, que se quedó petrificado, sin poder decir ni su nombre, cuando ella apareció en el dintel, hermosa y radiante como una aurora boreal. Nos invitó a pasar con una afectada frialdad que yo atribuí a los rigores del luto. El pobre pretendiente no acertaba a articular palabra, como si de pronto se le hubiera secado la inspiración que antes derrochaba infatigablemente en trovas y madrigales. Por eso hube de formular yo mismo la proposición de matrimonio. Justina, con gesto helado y sin afectar la más mínima emoción, confesó que no tenía intención alguna de casarse con mi amigo. Éste comenzó a temblar como un poseso y a ronronear entre dientes unas palabras en su idioma. De nada sirvieron súplicas ni razones. En vista de que la muchacha no parecía dispuesta a reconsiderar su postura, nos retiramos abatidos.

La fiebre y las convulsiones ya no abandonarían a Paco el Bárbaro. Cada vez más verde, su rostro parecía ahora el de un ecce homo, contraído por el dolor, ausente, atormentado. Al poco se supo que, durante aquel tiempo, la bella sobrina de Dionisio había burlado frecuentemente la vigilancia de su tutor, que desde no sé qué tejado entró muchas noches en su alcoba un fornido aprendiz de zapatero que, si bien no conocía el arte de la trova, sabía aliviar en cambio con indudable solicitud a la joven de tan inhumana reclusión. Hubo incluso quien aventuró que el viejo Dionisio había muerto envenenado a manos de su sobrina. Yo hablé en varias ocasiones con la alocada muchacha y le advertí que Paco el Bárbaro se iba a morir de amor, pero ella respondía que eso no era asunto suyo, que por su parte se había limitado a enviarle un billetito y una foto, cosas de críos, ya ve usted, decía.

Una tarde de octubre, todos los pájaros del pueblo comenzaron a piar enloquecidos. Corrí al cuarto del enfermo, pero ya había muerto. Su rostro era otra vez la faz sonrosada de un arcángel bajo los dorados rizos infantiles. Una sonrisa dulcísima iluminaba sus hermosas facciones.

7 comentarios:

Anónimo dijo...

Triste realismo mágico. Pobre Franz. Y qué inconstante la chica... no si me vas a resultar misógino...
Rigoletto

AAN dijo...

Trovador, qué texto tan lindo has cosido. Más, quiero más.

Jesús Lens dijo...

De antología. Un relato precioso.

Juan Antonio dijo...

No, Rigoletto, por favor. Misógino nunca. Un abrazo.

Querida AAN, pronto subiré de nuevo un relato que puse hace tiempo, en el que también aparecía aunque de forma secundaria este adorable Franz el Bávaro, o Paco el Bárbaro, como se prefiera.

Muchas gracias, Jesús. Estas eran las cosas que escribía cuando escribía. Ahora ya casi no. Abrazos.

pati dijo...

Yo agradezco ese ahora casi no... me permite poder disfrutarte.

Gran relato. Grande tu pluma ;)

Un beso :)

Nefer dijo...

J.A me encanta la habilidad que tienes para componer historias... es genial.

Besillos

Juan Antonio dijo...

Pati, si es así, dejaré de apenarme por mis abandonos. Sólo por complacerte. Un beso al borde casi de la nieve.

Querida Nefer, me adulas. No debería decir esto, pero hazlo, sigue haciéndolo. (Con perdón.) Besillos.