miércoles, 8 de octubre de 2008

ERNESTO DE SANTOS


La última vez que actuó en París había recibido el entusiástico aplauso del público. La voz de la crítica fue menos elogiosa, pero él no se dejó inquietar, siguiendo una vieja costumbre. Tampoco se preocupó al recordar que no tocaba las Variaciones Goldberg desde hacía muchos años, ni al aceptar que el último ensayo había sido decepcionante. Lo único que le preocupaba en aquel momento era que tenía demasiado apetito y que la habitación estaba muy lejos de parecerse a las suites lujosas que ocupó en otros tiempos, cuando las mujeres más elegantes se desmayaban en los más elegantes salones al escucharle aquel enervante Debussy, aquel elocuente Liszt. También pensaba en el prominente estómago, imparcial testigo de su regalada vida, y comprendió que se estaba haciendo viejo, que seguramente ya lo era.

Buscó entonces una fotografía que llevaba siempre consigo. En ella reconoció a un joven de veinte años sentado al piano, la mano izquierda alzada, presta para descargar el brillante acorde final, e incluso escuchó el acorde y escuchó los aplausos, y recordó con cuánta efusividad lo besó aquella chica francesa; pero no se acordó de su nombre. Iba ya a ceder al tiránico chantaje de las lágrimas cuando llamaron a la puerta.


No pudo dormir bien. Había cenado demasiado y las Variaciones Goldberg le atormentaron sin clemencia durante toda la noche. Paralelamen­te, se reprodujo el amago de melancolía experimentado antes de la cena y luchó desesperadamente por recordar el nombre de la joven francesa, como si eso pudiera salvaguardarlo de aquel imprevisto acceso de nostalgia.

Se levantó a duras penas. Encendió la luz y la habitación le pareció aún más desangelada. Estuvo tentado de revolver de nuevo en pos de la fotografía, pero comprendió que no era el momento. Probó a desalojar de la mente cualquier pensamiento. Se aplicó a dicha tarea con infinita paciencia, pero el vacío que dejaba cada idea era de inmediato ocupado por otra. Optó al fin por rememorar alguna de las divertidas anécdotas que se habían sucedido en su larga carrera de concertista. En todas halló el áspero sabor de la tristeza. Incluso aquel concierto, cuando olvidó completamente el final de una sonata de Prokofiev y, con buen sentido del humor, se dirigió a su público:

—Señores, no recuerdo ahora lo que sigue. Si alguien fuera tan amable de entonar unos compases...

Ni siquiera este jocoso recuerdo, que tanto había celebrado en otras ocasiones, le hizo sonreír entonces. Era la primera vez que no acertaba a reprimir sus melancólicos impulsos, y esa inesperada impotencia le produjo miedo y desconfianza. Se sentía vencido incomprensiblemente por el presentimiento de la soledad. Quiso consolarse con la decisión de ensayar las Variaciones todo el día siguiente. Así se lo prometió a sí mismo, tras confesarse que había perdido el hábito del estudio mucho tiempo atrás. En realidad, había ido cediendo, cada vez menos apremiado por el pefeccionis­mo inicial, a una actitud más y más relajada. Progresivamente proscribió de su repertorio determinadas obras, movido por un supersticioso temor que acabó por transformarse en la más decepcionante negligencia. No ignoraba que ya era demasiado tarde para recuperar el tiempo perdido, pero un noble e inesperado sentimiento le confortó cuando decidió revisar su interpretación de las Variaciones Goldberg.

El suculento desayuno templó por completo su ánimo y casi sonrió al pensar en la zozobra de la noche anterior. Tal vez por esa razón se permitió silbar mientras se afeitaba, uso que siempre había detestado. Buscó en varios diarios. En todos ellos encontró una pequeña esquela anunciando el concierto que, al día siguiente, daría el pianista español Ernesto de Santos. En todos los diarios leyó, casi con idéntica redacción, que había realizado sus estudios en Madrid (con notable aprovechamiento), perfeccio­nándose en París y Viena; que había recibido varias becas y premios internacionales; que había actuado en las principales salas de Europa y América, acompañado por las primeras orquestas y los más prestigiosos directores. En todos los diarios se encontró, en suma, salvo alguna pequeña errata, con una bien conocida historia que, pese a ser la suya, seguía pareciéndole ajena.

Recortó cada esquela como venía haciendo desde que diera sus primeros recitales, y las pegó cuidadosamente en un álbum, junto con otros cientos de esquelas que repetían hasta el infinito, salvo alguna pequeña errata, la historia de su vida.

Las cuatro horas de ensayo fueron una fatigosa lucha contra muchos años de abandono, pero también una purificadora experiencia. Al regresar al hotel, reconoció en el cansancio que le embargaba la sombra de una voluntad y una constancia casi olvidadas. Tuvo miedo al pensar en el inminente concierto, pero supo que en aquel momento de angustia y soledad era feliz como no lo había sido en mucho tiempo. Por un instante creyó entender la historia que tantas veces había leído ensimismado en los diarios; aquella brillante biografía que no reflejó jamás el sufrimiento ni la vergüenza de los sesenta desolados años de su vida. Imaginó que acaso esa esquemática y triunfalista versión no fuera menos real que la otra, la de los cotidianos fracasos y la humillante resignación. Pero pronto comprendió que no podía ser así, porque siempre le había parecido algo demasiado ajeno. No. Él no era aquel venerado artista cuya imagen se diluía en el ubérrimo alud de mil premios y honores. Era más bien ese otro que, impelido por un ancestral temor, jamás viajó en avión; aquél que economizó hasta alcanzar los linderos de la ruindad; que no fue capaz, en los sesenta desolados años de su vida, de experimentar algo parecido al amor.

Por vez primera, y no sin dolor, reconoció ante sí mismo que ninguna elegante mujer se desmayó jamás en ningún elegante salón al escuchar su enervante Debussy, su elocuente Liszt. Incluso llegó a dudar si en efecto recibió un día los efusivos besos de una chica francesa. Pero se concedió que al menos esto último debía ser cierto, porque aún no lograba recordar su nombre.

Supo que iba a ser demasiado difícil, demasiado doloroso, desarticu­lar aquel mito, aquella ingente mole de pequeñas e inofensivas patrañas. Supo que acaso no tendría ya tiempo. Sólo en ese momento alcanzó a medir, con la irrepetible lucidez del agonizante, cuánto había amado la música, cuánto y con qué inexpresable sufrimiento. Sólo en ese momento supo, sin vacilación ni vergüenza, que jamás había amado otra cosa sino las mil partituras que cercaban pentagrama a pentagrama todos los actos de su vida. Y supo que odiaba ese ajado y triste sentimiento, que había en él mucho de mezquindad; que era un amor demasiado solitario para ser hermoso. Pero quiso aferrarse pese a todo a esa única pasión de su vida.


Las noticias que tenemos del concierto, si bien repiten hasta la saciedad una historia tan familiar como extraña, registran el nuevo y notable éxito de Ernesto de Santos en París. Nada nos cuesta suponer que, finalizado el recital, una entusiasta joven francesa se acercara al maestro y lo besara efusivamente.

7 comentarios:

Casandra dijo...

Qué hermoso pero qué triste este relato. Me ha encantado esto: "era un amor demasiado solitario para ser hermoso".
Espero que al final del concierto la chica en efecto lo besara.
¿Has leído "El invierno en Lisboa" de Muñoz Molina? Quizá te gustaría. Un abrazo!!

Juan Antonio dijo...

No, amiga Casandra. Pero prometo hacerlo. (Confidencialmente, te diré que sí, que la chica besó al maestro, con devoción, con ternura incluso.)

Un beso.

Jesús Lens dijo...

Preciosísimo relato, vive Dios. Enhorabuena.

Lía Vega Erao dijo...

Vive dios...

Sielitolindo dijo...

¡Tócala otra vez, Ernesto!

"Siempre nos quedará París..."

Mil y un besos

Vanessa

Nefer dijo...

Como notas musicales se deslizan las palabras de este relato entre mis ojos cuando lo leo... pero que bonito J.A!!

Juan Antonio dijo...

Jesús, me encanta que te haya gustado. Abrazos.

Lía, pardiez. Un beso.

Vane, mestiza y ecléctica, me encanta. Besos.

Nefer, muchas gracias. Aunque nos gustan músicas diversas, coincidimos en otras. Besillos.