martes, 16 de septiembre de 2008

LA SECTA


La primera vez le encontré en una taberna mugrienta de las afueras de la ciudad. Había bebido demasiado, y por la expresión incómoda de su mirada deduje que no tenía costumbre. Se había empeñado en no sé qué apuesta con un viejo y los parroquianos se fueron agolpando poco a poco en torno a la mesa. La conversación subió de tono, alguien le llamó mal perdedor. Al fin logré sacarle de aquel antro maloliente. Ya en su casa, le preparé un café cargado. Un rato después me tranquilicé al ver que se despejaba.

André Guillaume se había instalado en España hacía cuatro años. Me explicó que apenas tenía acento porque en Francia hablaba constantemente con españoles. El piso era pequeño y desordenado. Resultaba difícil encontrar cualquier cosa; todo aparecía donde menos se pensaba. Lo único que llamó poderosamente mi atención fue la escasez de libros: sólo un volumen poético de Rimbaud, una antología de versos de Hölderlin y apenas dos o tres autores españoles. Eran ediciones vulgares, sin el menor interés para el bibliófilo. Esto decepcionó mi curiosidad. Pero quedé en suspenso cuando me condujo a su cuarto, abrió un estuche recubierto en su interior de terciopelo, y mis ojos contemplaron el manuscrito original de un Bestiario francés del siglo XIII. No podía creer que en aquella leonera se encontrase un libro de incalculable valor. Por otra parte, me impresionó el cuidado exquisito con que lo conservaba enmedio del espantoso desorden general. Pero, más que nada, me sorprendió la confianza que me dispensaba. Jamás nos habíamos visto antes. Ni siquiera me había dado a conocer.

No hizo ninguna pregunta hasta que, media hora más tarde, un gesto delató mi impaciencia.

—¿Qué le ha traído a mi casa? ¿Quién le habló de mí?

Había esperado tanto tiempo esta pregunta, que no supe cómo responder. Él se adelantó, llenó su taza de café y me mostró una tarjeta en la que se leía: «Luis Giner Alberto. Avenida de Rosas, 47, 3º derecha. Teléfono...» Eran mi nombre, mi dirección. ¿Cómo podía tener mi tarjeta? ¿Quién se la había entregado? Supe entonces que me aguardaba e hice varias preguntas seguro de que guardaría silencio. En efecto, nada respondió.

—Así pues, usted conoce el motivo de mi visita —concluí.

—Creo que sí.

Desde ese momento, me sentí unido a Guillaume por lazos difíciles de describir.



Pensé que aquella gente era como todo el mundo. Si los hubiera visto por la calle, nada me habría hecho pensar que pertenecían a la secta. Había un médico con su esposa —una mujer elegante aunque anodina—, un funcionario de Correos, una señora de ojos muy vivos y otros dos matrimonios que aún no me habían sido presentados. ¿Qué tenían en común estas personas? Comprendí enseguida que la sola presencia de Guillaume bastaba para ligarnos por vínculos insospechados hasta entonces.

—Ven, Luis —me llamó nuestro anfitrión. Acto seguido, me presentaba a las dos parejas.

Fijé mi atención en una de las mujeres y tuve la inquietante sensación de reconocer aquellos ojos profundos, dulces. Pensé: «¿Por qué está casada con este petimetre?»

—¿No nos conocíamos? —pregunté.

—Puede ser —respondió él—. ¿Frecuenta usted la Biblioteca Pública?

—Alguna vez.

—Yo trabajo allí —precisó.

Me parecía más estúpido cuanto más amable intentaba mostrarse. Al fin me dejó a solas con su mujer. Me sentí nervioso, pero traté de disimular.

—¿Hace mucho que pertenecen a la secta?

—Varios años.

—No debería decir esto, pero tengo la impresión de encontrarme en una vulgar reunión de gente... Perdóneme. Sólo usted me parece distinta... Perdone.

—Descuide. Esperaba otra cosa, ¿verdad? —sonrió.

—Francamente.

—Pero no se desanime. Aún lo ignora todo de nosotros.

—Desde luego —traté de ser razonable.

Sus palabras me tranquilizaron. Comenzaba a experimentar una extraña fascinación por aquellos ojos, por aquella boca bien dibujada, por sus manos expresivas, por su sonrisa alentadora. Deseaba estar a solas con ella, y se lo dije. Sonrió y me entregó una tarjeta.

—Mañana a las cuatro. En mi casa.

Esa noche no pensé en otra cosa. Me preguntaba si el marido estaría presente. No, no era probable. Ignoraba aún que había sido la elegida para mi iniciación.

A partir de entonces continuamos viéndonos casi a diario. No sé si la amaba, pero es exacto admitir que la necesitaba en todo momento. Alguna vez coincidimos con el marido en un café y advertí tanta serenidad e indulgencia en sus ojos, que me sentí molesto. No pude por menos que sincerarme con ella.

—No seas chiquillo, olvídalo —se burló de mí.



Cuando André Guillaume me mostró por segunda vez el estuche donde guardaba el Bestiario, reconocí en su lugar, no sin gran estupor, un original del Pequeño tratado sobre la Piedra Filosofal, de Lambsprinck, editado en Frankfurt con fecha de 1677. Lo abrió al azar y señaló un párrafo: «Un terrible dragón mora en el bosque, sumamente venenoso...» Y más adelante: «Quien por su sabiduría lograre darle muerte, será inmune a todos los peligros.» Yo conocía ambas citas de memoria, pero leídas por Guillaume me parecieron más ingenuas de lo habitual.

—Nunca más verás este libro —afirmó con rara solemnidad—. Tampoco el Bestiario. La próxima vez habrá otro en su lugar.

En efecto, algún tiempo después hallé en el mismo estuche El triunfo hermético o la Piedra Filosofal victoriosa, de Limojon de Saint-Didier, en su edición francesa de Amsterdam fechada en 1699.

En cualquier otro momento de mi vida, habría dedicado todas mis fuerzas a descubrir la razón de esta falacia. ¿Cómo poseía ediciones tan valiosas? Era imposible. No, debía tratarse de algún artificio. Acaso una sugestión. Por otra parte, ¿con qué objeto cambiaba cada cierto tiempo el libro del estuche? Esto último me parecía simplemente una broma de poco ingenio. En cualquier caso —y esto es lo más singular—, me inquietaba muy poco el asunto. Sólo aquella mujer... Todo lo demás era superfluo, especialmente el afán de Guillaume por impresionarme.



Mi amistad con Lucrecia empezaba a convertirse en algo incómodo. Creo que la causa de tal embarazo se debía al aire de complicidad y condescendencia con que su marido pretendía, al parecer, obsequiarnos. Yo habría deseado que se produjera alguna escena violenta, una palabra dura, acaso un reto. En mi espíritu romántico —para qué ocultarlo— se encontraba el origen de tan pueriles sentimientos.

No será preciso añadir que nada de ello tuvo lugar. Muy al contrario, constaté que aquel hombre odioso parecía feliz disculpándonos. Llegué a pensar que cada una de nuestras citas, cada uno de nuestros actos de amor, estaban previstos y patrocinados por su alma mezquina. Lucrecia no compartía, desde luego, mi exacerbado rencor. Encontraba muy natural —razonable, creo que fue la palabra— la conducta del marido. Con agitada disconformidad, utilicé cierto adjetivo cruel para definir a aquel hombre desconcertante. Ella respondió de modo no menos extraño que ahora yo pertenecía a la secta.



Esta vez no era el Bestiario, ni tampoco el Tratado sobre la Piedra Filosofal de Lambsprinck, ni el Triunfo hermético de Saint-Didier. Se trataba de un bellísimo Libro de Horas del siglo XV. Y no sé por qué, me vino a la mente el caso de uno de los más virulentos bibliófilos de que tenemos noticia. La historia la refiere Pío Baroja, y yo se la conté a Guillaume. Era un librero barcelonés, antiguo fraile, que llegó a cometer nueve asesinatos. La última de sus víctimas era dueño de un incunable de gran valor. El Padre Vicente se introdujo en su casa a escondidas y lo estranguló, apoderándose del codiciado ejemplar. Detenido al fin, se confesó autor de las nueve muertes. Naturalmente, fue condenado al patíbulo. Al parecer demostró arrepentimiento en sus últimos momentos, sobre todo al descubrir que el incunable no era ejemplar único, como él pretendía.

Guillaume no hizo comentarios acerca de la historia. Casi sin pensarlo, le manifesté mis sentimientos hacia Lucrecia.

—Estoy decidido a marcharme con ella.

—¿Y Lucrecia?

—Aún no se lo he pedido.

—Espera. No merece la pena.

No comprendí en absoluto.

—Espera un poco —añadió tras una prolongada pausa—. No des ese paso. Sufrirías inútilmente.

—¿Dudas que acepte acompañarme?

—Sí.

Sus palabras me enfurecieron. Deseaba vengarme. Juré que abandonaría la secta. Juré que todos ellos eran absurdos, y él más que ninguno.

—Ella también pertenece a la secta. No puedes dejarnos. Yo no eres libre. No hasta la próxima reunión.

Juré que no asistiría a ninguna otra reunión.

—Asistirás —concluyó.

Le amenacé. Iba a descargar un golpe sobre él, cuando algo pareció paralizar mi brazo. Guillaume continuó hablando. Pero ya no había en su voz más que una aterradora serenidad.

—Después podrás elegir. Sólo después. Recuerda. Será el viernes a las siete. No puedes faltar.



Desde el primer momento advertí que aquella reunión —party fue la atroz palabra empleada por alguien— no era como las anteriores. Guillaume repetía jocosamente la historia del Padre Vicente y sus nueve crímenes por amor a los libros.

Todo empezó cuando el marido de Lucrecia rogó silencio. Al principio no escuché nada. Ella me miraba con una mezcla de orgullo y benevolencia. Sólo unos minutos más tarde comprendí que se hablaba de mí. Por lo que entendí de aquel penoso discurso, que era a la vez apología de mis virtudes espirituales, yo había dado muestras de merecer el ingreso definitivo en la secta. A esta conclusión se había llegado tras un pormenorizado informe de Lucrecia. La decisión se sometía, pues, a la deliberación de los restantes miembros. Todos dijeron al ser consultados. Guillaume se acercó y estrechó mi mano sonriente. Lo mismo hicieron los otros. Pero Lucrecia me besó en los labios sin rubor, como solía hacer en la intimidad. Agotado, humillado, me hundí en un sillón mientras el feliz Guillaume mostraba a todo el mundo con devoción el estuche, en el que ahora podía verse no sé qué códice del siglo XII.

Hace ya diez años que pertenezco a la secta.

10 comentarios:

Jesús Lens dijo...

Excelente. Tiene un cierto aroma al Hotel California de los Eagles.

Isabel_MR dijo...

:-o
Bravo!!¿Hay más?

Nébula dijo...

Por momentos me ha recordado al "Lobo Estepario" y por otros al corto de animación español "La dama en el umbral"


.*

Nefer dijo...

Joe J.A. que manera de engancharnos a la historia, como al protagonista a la secta, nos conviertes en seguidores de tus relatos con ansias de más... brillante.
Y sobre todo me encanta el uso tan exquisito que haces del lenguaje... bravo.

Besillos

Juan Antonio dijo...

Antes de responder aclaro algo en mi defensa. Escribí este relato hace muchos años, cuando era un jovenzuelo intratable. (Aún lo soy. Intratable, digo. Hay cosas que no tienen remedio; otras, tampoco.)

No he querido retocar nada, aunque muchas cosas ya no me agradan. Pero detesto corregir algo al cabo de los años. No me gusta releerme. Tampoco disimular ciertas debilidades o imperfecciones en un trabajo que ya de algún modo no me pertenece.

Juan Antonio dijo...

Amigo Jesús, muchas gracias. Es un honor.

Querida Isabel, lo siento, no hay más por el momento. Pero pronto traeré cosas nuevas. Un beso.

Amiga Nébula, siempre me alegra verte por este laberinto, que también acoge los restos de algún que otro naufragio. Un beso.

Querida Nefer, muchas gracias por tu comentario. Me alegra mucho que hayas disfrutado con esta historia. Un beso.

Nébula dijo...

No sé si el dolor nos hace mejores, pero desde luego no queda otra cosa que adaptarse y continuar, o al menos no retroceder.

Un abrazo fuerte .*

Anónimo dijo...
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Sielitolindo dijo...

JA ¿por qué no continuas el relato...? No sé, hacerle un fatídico desenlace o algo... Es genial, no nos puedes dejar así...

Salud y Cariño

Vane

Anónimo dijo...
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