martes, 30 de septiembre de 2008

EL INFOLIO IMPOSIBLE



No deja de sorprender que la última obra de Pedro Amador permanezca inédita quince años después de su muerte. Se trata de un voluminoso infolio de aproximadamente tres mil páginas que, bajo el título de Summa rerum, y celosamente custodiado por sus herederos, duerme el sueño de las cosas imposibles, confundido entre el fatigoso aluvión de los papeles marginales del escritor cordobés: las mil cartas de amor y de versos, de política, de proyectos; las mil conferencias retóricas, inanimadas; los mil apuntes, recensiones, bocetos; los infinitos papeles que no hacen una vida, pero que pueden llenarla con su misteriosa presencia.

El texto, mecanografiado con la exacerbante pulcritud a que nos tiene acostumbrados su autor, está integrado por cuatro capítulos —acaso sea obligado, si bien no muy original, aludir a un esquema de sinfonía cabalística—. El primero de ellos, «Cosmogonía», viene a ser una apasionada disertación sobre el universo extrañamente convincente. Sus teorías sobre la formación del mundo no pretenden imponerse —para ello necesitarían un soporte científico del que carecen—. No obstante, son algo más que una fortuita recreación poética.

El segundo capítulo, «Historia natural», está dividido en tres secciones: «Bestiario», «Herbolario» y «Lapidario». Descubrimos con sorpresa en esta segunda parte de la Summa que Amador no se ha limitado a describir la zoología, la botánica y la mineralogía de nuestro mundo: viajamos también a través de una inquietante guía de especies animales, vegetales y minerales correspondientes a otros innúmeros mundos posibles. Con pavor nos enfrentamos a la baali, descomunal serpiente cuyo silbido paraliza de terror a quien lo escucha; al saak-aru, simpático roedor capaz de repetir cualquier melodía —excepción hecha de ciertos intervalos disonantes—; la misteriosa leda, planta que posee la particularidad de gruñir cuando se le sustrae una flor; la philosophica, piedra rosácea que satisface el sueño de los viejos alquimistas... y otros centenares de peregrinos seres, algunos tomados de las zoologías apócrifas; los más, sorprendentemente novedosos.

El tercer capítulo, «Estética», es un admirable tratado de filosofía del arte que recuerda la rigurosa claridad de L'Expression dans les Beaux-Arts de Prudhomme.

Por fin, la cuarta y última parte, «Ética», es un apocalíptico evangelio en el que el mesiánico Petrus Amans revela la doctrina de la imperiosa moral, de la que se erige en visionario apóstol. Para ilustrar sus más que severos juicios, Petrus Amans narra con irritantes pormenores unos nuevos círculos del infierno donde los más monstruosos castigos tienen lugar: la espantosa inmersión en lava ardiente para los fornicadores; la extirpación de la lengua para los impostores; la indescifrable eternidad de los laberintos para los filósofos; la lapidación para los tiranos; el cruento acoso de las fieras para los simoníacos...

Lógicamente, en esta obra ingente y totalizadora, cada parte posee su previsible reverso. Por ello, al primer capítulo —la mítica disertación sobre el cosmos— se opone, punto por punto y línea por línea, un riguroso estudio científico sobre determinadas cuestiones de astrofísica. Al segundo —el tratado de zoología, botánica y mineralogía—, se enfrenta con igual exasperante simetría un manual de los seres y criaturas que nunca podrán existir, con las razones que motivan tal imposibilidad. El capítulo tercero —«Estética»— halla su justa réplica en un sórdido e implacable ensayo sobre filosofía del lenguaje. Por último, el evangelio apocalíptico de Petrus Amans se corresponde con una desconcertante «Guía de goces mundanos», cuyo apartado reservado a la gula merece especial consideración por sus calidades literarias.

En cuanto al muro de silencio que cerca tan sugestiva obra —parece indudable que el texto de Amador no verá ya nunca la luz pública—, caben dos explicaciones. La primera me fue revelada en cierta carta por el propio autor. Cito textualmente: «La Summa sigue siendo para mí un texto inquietante. No describiré las penosas circunstancias en que fue redactado por una mano que ni siquiera sé si fue la mía. Quién sabe qué impulsos ajenos me movieron a transcribir sus fatigosas páginas. Debo confesarte algo. En los últimos años he considerado la posibilidad de destruirlo. Habría cumplido con ello lo que se me antojaba un deber de conciencia. Pero me ha faltado el valor necesario. Después de todo, sólo a su auténtico autor correspondería esa decisión.»

Unas semanas después de recibir la carta, visité a Pedro Amador. Fue nuestro último encuentro. No sin hacer severas advertencias, me permitió hojear el texto. Luego dijo que ya había dado instrucciones concretas a sus herederos. En el tono enérgico adiviné sin dificultad el sentido de esas instrucciones.

La segunda explicación —tal vez menos verosímil aunque más explícita— la hallé casualmente mientras releía las páginas de su Falsa historia de un creyente. En una nota que siempre consideré gratuita, cuenta el escritor: «Cierto día me ocurrió algo muy curioso. Recibí la visita de un hombre de avanzada edad y aspecto desaliñado. Tomó asiento frente a mí y afirmó ser un amigo de la infancia. No creí sus palabras, pues aquel hombre me aventajaba notablemente en edad. Así se lo hice saber. Él no se dio por aludido, e incluso manifestó conocer algunos de mis más secretos pensamientos. Sin dar tregua a mi creciente desconcierto, me hizo entrega de un cuaderno donde figuraban numerosas citas de algunos textos medievales muy curiosos, algunos de los cuales me son hoy familiares. Me rogó que conservara en la memoria su voz y que guardara el cuaderno. Así lo hice. También dijo algo sobre un secreto que yo no habría de revelar. Se marchó sin atender a mis preguntas. Nunca más supe de él.»

9 comentarios:

Jesús Lens dijo...

A quienes amamos los libros, estas historias nos provocan una especial fascinación...

Niss dijo...

Amigo mio ... es tu relato un tanto enigmatico para mi, pues conociendote un poco mas, es decir vislumbrandote solo un poco desde la lejania, algunas cosas me parecen extrañamente familiares...

Me gusta el relato...es bastante intrigante...

Espero mas noticias de Pedro Amador...

Cambiando de tema, gracias por tus comentarios, siempre tan halagadores, unque se que muchos de esos poemas son solo mediocres (lo digo sin afán de humildad jajaja) por cierto, el manuscrito entregado esta siendo revisado minuciosamente, eso es un buen augurio...

Besos abandonados...
y un abrazo bien apretado!

Nefer dijo...

Esteee.. J.A de dónde sacas estas cosas? perpleja me quedon por mi gran ignorancia... y qué bien escribes, coñó!

Besillos

Sielitolindo dijo...

J.A. estoy de acuerdo con Jesús: FASCINANTE...

He tratado de investigar en google y no encuentro nada ¿cómo podría saber más de esto?

Un besote

Vane

Juan Antonio dijo...

Gracias por tu comentario, amigo Jesús.

Niss, eres muy amable. Es un placer comentarte. Gracias por esos besos y ese abrazo. Otros para ti.

Nefer, no digas eso, criatura. Estas historias truculentas las saco de un misterioso baúl que guardo en un sótano oscuro y lóbrego. Algún día te lo mostraré. Un beso, primor.

Querida Vane, muchas gracias también a ti por tus palabras. Os advierto que el tal Pedro Amador, o Petrus Amans, como él mismo firma a veces, es un autor apócrifo que inventé en una noche de malsueño. Besos, trianera.

Sielitolindo dijo...

No conocía tu genialidad como inventor de sueños literarios...

ERES GENIAL

muaaaaaaac!!

Vane

Lía Vega Erao dijo...

Aysssss!

Meryone dijo...

borgiano nos saliste

me tienes abandonada ahora que he vuelto

besos

Meryone dijo...

la indescifrable eternidad de los laberintos para los filósofos

y los literatos qué?

no vamos al infierno?

besos bis