jueves, 28 de agosto de 2008

LOS SARABIA (7 y último)


Caminaba con paso presuroso por una acera estrecha y de piso irregular. Las losas le parecían bonitas, a pesar del dibujo demasiado convencional. A lo mejor era la propia energía que la impulsaba lo que se le antojaba hermoso. También juzgó hermosos los rostros de las amas de casa aún somnolientas, camino del mercado. Y las casitas de aristas dulcificadas por el sol en las afueras de la ciudad. Sí, pensó, la belleza estaba en su mente. No podía ser que la faz del mundo hubiera cambiado de repente de tal modo. Un mundo que ayer mismo era incoloro, mortecino. Qué importaba eso.

Se cruzó con una vecina que la miró llena de curiosidad. Debería haber sentido una especie de vértigo ante el inoportuno encontronazo, pero no fue así. Incluso creyó experimentar una desafiante indiferencia mientras notaba clavados en su espalda aquellos ojos penetrantes y malintencionados. Ya le daba igual. Estaba resuelta a ser feliz.

Había dejado atrás los últimos arrabales. Nunca supuso que existiera algo más allá. Ahora comprendía que era allí precisamente donde todo comenzaba. Siguió una senda que se abría camino a duras penas entre altos matorrales. Las instrucciones de la hojita azul eran claras. En efecto, pronto dejó una pequeña alameda a su izquierda y luego un cortijo a la derecha. Finalmente divisó la granja y el viejo molino.

Cruzó el portón sin llamar y se adentró en un gran patio rematado por una construcción destartalada, parcialmente cubierta de enredadera. Vio también la puerta de cristales y leyó el cartelito clavado sobre ella: Se venden aves de corral.

La mujer tejía en la penumbra. Al abrirse la hoja de la puerta, se arrebujó en las enaguas de la mesa camilla y miró a la muchacha como sin mirarla. Ella dijo un nombre: Rodrigo Sarabia.

—Pase, señorita. La está esperando hace rato.

Siguió el camino que la mujer señalaba con la aguja. A poca distancia se erguía el molino. Buscó una ventana. Allí estaba. Le pareció más maduro, más fuerte, acodado en el alféizar como un castellano tras las almenas de su torre. Sus ojos la llamaban y su risa le brindaba una confianza que tal vez ella no necesitara ya, pero que en cualquier caso agradecía. Se quedó un momento quieta para prolongar un poco más aquel momento feliz ahora que podía. Rodrigo la llamó. Luego cortó unos geranios y dejó caer sobre ella una lluvia de pétalos multicolores.

Nunca había visto antes un molino por dentro. Él la esperaba en una salita acogedora, luminosa, abierta a las cálidas fragancias de la vega. Había una mesa de roble cubierta por un tapetito inmaculado y cuatro sillas de anea. Colgados de la pared se veían algunos aperos de labranza. En el centro de la mesa había un búcaro con un ramillete de violetas.

—Las cogí para ti.

Sobre una repisa, Paula observa la figurita de San Pancracio con su ramita de peregil. Al lado, en una ilógica proximidad, una tosca representa­ción de Brahma. Rodrigo le explica que es el ser primero y creador de todo lo existente. Le explica que sus múltiples rostros y brazos simbolizan su poder organizador del caos.

—Naturalmente no tiene sentido poner a Brahma junto a San Pancracio. Lo pondrían porque les pareció decorativo.

—Sí, es una bobada —dice ella y se ríe.

Él la invita a sentarse.

—Aquí se está bien.

—Sí, se está bien —repite ella.

Él le acerca una silla. Pero Paula no se sienta, sino que lo coge de un puñado y lo abraza como si quisiera partirlo en dos. Luego se pasa una hora mezclando los besos y las protestas, diciéndole ladrón, sinvergüenza, descastado, y también amor mío, cómo has podido vivir tanto tiempo sin mí, si he estado enferma para morirme, que mi hermano me daba por endemo­niada porque no sentía el frío ni el calor, que no sentía ni el dolor de tanto dolerme la soledad, si por poco me encierran donde los locos porque le ponía acíbar en el café y le estropeaba los guisos aposta, y entonces, cuando casi recobro los nervios y vuelvo a sentir los aguijonazos del dolor y los latidos de la vida allá fuera, cuando salgo de los infiernos de la soledad vienes tú y me pones otra cartita en el cartucho del pescado para que el mundo se me caiga encima otra vez, ahora que había vuelto a sentir el calor de la vida y la tibia miseria de no ser nadie, y tú vas y me traes de nuevo la esperanza y unas ganas locas de pasar por encima de todas las prohibiciones humanas y divinas, diantre, y con qué fuerza, que ya no me importa nada un comino, ni siquiera la señora Encarna, la bruja esa que Dios confunda, que me la he encontrado por el camino y me ha mirado con cara de guasa y de aquí te espero, pero ya me da lo mismo porque te tengo otra vez, como si no hubieran pasado tantos días de soledad, tantos.

Rodrigo acariciaba sus cabellos con lentitud, adormecido por una cantinela de reproches que sonaba como la lluvia sobre el sendero ese mismo amanecer, mientras recogía las violetas para ella. Al fin, agotada, Paula estalló en sollozos. El llanto se mezcló luego con las risas, y se unieron por último en un incalculado acto de amor que disipó definitivamente las brumas fantasmales del horizonte.

Aquel día almorzaron un caldo de gallina que a Alberto le supo a manjar olímpico. Mientras degustaba el café, celebró con fervor la ocurrencia de Paula de caminar hasta las afueras de la ciudad para comprar aquel magnífico ejemplar. Él había oído nombrar la granja del molino, pero no se había atrevido a solicitar de su hermana un encargo tan fastidioso. Estaba encantado.

—Hacía mucho tiempo que no probaba nada tan sabroso —declaró satisfecho.

Ella prometió volver con regular frecuencia. Era un largo paseo, pero merecía la pena, dijo. Naturalmente, Paula no pensaba en la calidad de las aves de corral. Lo que la ataba a aquel molino era el apremio de unos labios que repetían su nombre en el umbrío clamor del amanecer, que profanaban el misterio de un cuerpo estremecido mientras los gansos se desgañitaban allá abajo, muy lejos de aquel arrebato parecido a una agonía.

Alberto festejaba aún el guiso y ella sentía crecer en su interior una embriaguez deliciosa que le recordaba los días de las cartitas azules con lazo encarnado. Ahora había otras señales. Los versos habían cedido su lugar a los estragos de la carne. Ya no tenía miedo. Sabía lo que había que hacer.

Al primer encuentro sucedieron otros. Hiciera frío o calor, aquella mujer seguía tejiendo en la trastienda arrebujada en las faldas de la mesa camilla. Saludaba a Paula con un movimiento de la aguja que apuntaba, lo mismo que los deseos de la muchacha, hacia fuera, en dirección al viejo molino abandonado donde aguardaba Rodrigo Sarabia. Luego, una vez más, las urgencias de un cuerpo atormentado por un anhelo imposible.

Desde el molino podía percibirse la honda respiración de la vega aún no contaminada ni mutilada por las devastaciones del progreso. Paula no lograba separar el color verde intenso de los sembrados, el vapor azulado sobre el horizonte, el tono violeta de los últimos picos de la sierra, del recuerdo de aquellas citas más y más frecuentes. Cuando intentaba reconstruir las sensaciones del día anterior en la soledad de la cocina o en la intimidad del retrete, lejos de la mirada posesiva del hermano, sólo conseguía aprehender una imagen caleidoscópica de impresiones visuales, auditivas y olfativas que, lo sabía muy bien, pertenecían a aquel lugar. Difícilmente podía completar en su memoria los rasgos de Rodrigo durante un brevísimo instante, pero recordaba con absoluto rigor el dibujo del tapete de la mesa en que él colocaba cada mañana un ramillete de violetas recién cortadas.

Llegó la primavera. Paula no acertaba a comprender cómo se le había podido pasar inadvertida tanta hermosura, tanta luz, tanta alegría. Antes nunca se había detenido a observar la eclosión de los brotes en los árboles ni el aturdido espectáculo de las flores en los balcones. Hasta en los sermones del domingo, que ahora versaban sobre la pasión, el terrible tormento de la cruz y la resurrección, ella sospechaba una metáfora de su propia vuelta a la vida. ¿No era acaso bello todo aquel dolor, esa exaltación de la tortura en una carne lustrosa, sangrante, exquisitamente policromada? ¿No era bello el sufrimiento resignado de aquellas vírgenes engalanadas como cortesanas? Ella había sorprendido alguna vez las miradas henchidas de sacrílego deseo que les dirigía Alberto. Incluso había percibido un ligero temblor lujurioso en sus pupilas que ahora ella podía reconocer sin vacilación, porque era idéntico al que se asomaba a los ojos de Rodrigo Sarabia cuando rodaban sobre el piso del molino.

La audacia de Paula alcanzaba límites extravagantes. No sólo acudía casi a diario a la granja: se citaban además en la oscuridad de los confesio­narios, en las últimas callejuelas de los más remotos arrabales. Hasta llegaron a entrelazar sus manos en un desfile procesional, mientras Alberto contemplaba con un arrebato de voluptuoso misticismo los pechos de una dolorosa. Sonaba Amarguras, de Font de Anta. A Paula no le importó que algún instrumento desafinara un tanto. En realidad, ella estaba escuchando en ese momento aquella música en un espacio recóndito, propio, íntimamen­te suyo, donde no era concebible ninguna forma de imperfección. Cuando se extinguieron los últimos acordes, Rodrigo ya había retirado su mano de la de ella.

—Qué bonita va —exclamó el hermano con hálito mortecino mientras el palio, meciéndose suavemente, se desdibujaba en un mar de incienso.

Amarguras —silabeó Paula, que seguía escuchando aquella música porque aún conservaba en su mano el calor de la de Rodrigo.

La última vez que Paula se cruzó con la señora Encarna, ésta había exhibido una sonrisa de complicidad que no presagiaba nada bueno. Desde entonces tuvo la impresión de que alguien seguía sus pasos. Y no solamente cuando se adentraba en los insondables laberintos del amanecer para encontrarse con Rodrigo: también en la quietud del zaguán, en la cansina dormivela de las noches de abril o en el aturdido ajetreo de los peroles en la cocina. Con más y más frecuencia sentía a su espalda el escalofrío de una mirada saturada de resentimiento. Era tan dura y cortante como la hoja de aquel cuchillo que se había acostumbrado a llevar siempre consigo. De vez en cuando sentía la necesidad de acariciar la empuñadura, o incluso la desafiante arista de su lengua acerada. Lo oprimía entonces contra el vientre y un placer insospechado embotaba sus sentidos. Se veía a sí misma como aquella dolorosa transida de hirientes puñales, entronizada en virtud del culto al sufrimiento, pero al propio tiempo dueña de su destino, infinitamente libre. Y nimbada por una belleza de otro mundo.

Luego creía que las sombras de la fantasmal persecución se habían desvanecido finalmente, pero de nuevo volvía a notar los ojos acuciantes de perro de presa rastreando sus huellas. Allí estaba aquel cuchillo de cocina con su simbología obscena pero tan real. Ella no sabía para qué, pero allí estaba. O quizá lo sabía demasiado bien. Al fin y al cabo, alguien estrecha­ba el círculo a su alrededor. Debía estar preparada. El simple contacto del arma con su piel bastaba para tranquilizarla.

Alberto parecía ajeno a toda aquella pasión. Nada en su semblante denunciaba la menor preocupación. Últimamente se mostraba más abierto y confiado que nunca. Paula suponía que la causa no era otra que la gratitud de un estómago regalado a conciencia. En efecto, no sólo se prodigaban en la mesa magníficos ejemplares de corral; además, era como si el amor de Paula perfeccionara hasta extremos inauditos la virtud de los guisos, añadiéndoles algo indefinible y sublime. La sobremesa la pasaba el hermano sumido en un sopor arcangélico. Ella no podía evitar una cierta sensación de repugnancia ante su expresión de gratitud infinita. Pero así estaba bien. Era como haber descubierto una poción milagrosa para apaciguar a la fiera.

Una mañana regresaba del molino con un ramillete de violetas y unas perdices. Alberto estaba esperando, en pie ante el hogar, los ojos enrojeci­dos por la ira, tal como ella había imaginado encontrarlo muchas veces. Pálida como un cadáver, Paula mostró con mano temblorosa el paquete con las aves. Él lo tomó y lo arrojó contra la pared con una furia demoníaca. Luego arrancó de su mano el ramito de flores y lo estrujó. Dio un paso adelante con la inseguridad de un borracho que se arrojara a un abismo. De pronto se quedó inmóvil. Paula había sacado del escote aquel cuchillo que llevaba siempre consigo. Sin parpadear, con una serenidad que aterró a Alberto, la muchacha habló deletreando literalmente cada palabra:

—Te juro por todos nuestros muertos, uno por uno, que te voy a hundir este cuchillo hasta el fondo del alma si intentas separarme de Rodrigo. Si me lo quitas cogeré otro, y si me quitas ese otro cogeré otro, y al final acabaré abriéndote en canal cualquier noche mientras duermes.

Mientras decía esto, había ido apretando la hoja del arma contra su pecho y un reguerillo de sangre se escurría ya por el interior del escote. Alberto cayó de rodillas. Imploró a su hermana que cesara de torturarlo, que arrojara por caridad el cuchillo de su pecho sacrosanto y que le permitiera curar aquella herida antes de que fuera demasiado tarde, que él intentaría hacerse a la idea, que tenían que hablar, dijo. Estaba postrado a sus pies, completamente desamparado, tal como ella lo recordaba el día que murieron sus padres en un bombardeo.

Paula sintió una piedad sin límite. Lo levantó y lo arropó con sus brazos. Luego lo meció contra su pecho largo rato. Unas gotas de sangre se deslizaron por las mejillas de Alberto.

14 comentarios:

Nefer dijo...

Plas plas plas!!! (aplauso) madre mía J.A. qué final, me has tenido en tensión todo el relato hasta la última palabra. Ha sido tal y como lo esperaba. Genial.
Saludos

Lía Vega Erao dijo...

Voy a imprimir estas palabras... y ponerlas en mi biblioteca...

Nefer... hago mías tus palabaras, J.A. ¡Bravo!

Juan Antonio dijo...

Muchas gracias, queridas Nefer y Lía. Me alegra mucho que os haya gustado esta historia. Algún día os contaré la intra-historia de los Sarabia. Pero eso entre nosotros.

Muchos besos a las dos.

Lía Vega Erao dijo...

Cuando quieras, dónde quieras...

Siempre... Lía

Nefer dijo...

Pues ya estás tardando.. oye la historia me ha encantado, pero sin duda me quedo con los capítulos 5 y 6, son los que más me han llegado, por la historia y la forma de contarla... sublime.
Saludos

María_azahar dijo...

Estupenda la historia. En mi blog hay un reconocimiento a este magnífico espacio. Pásate cuando puedas.

Un saludo.

Juan Antonio dijo...

Ah, Nefer-Nefer, espíritu romántico. Me encanta que te haya gustado. Yo, personalmente, siento especial debilidad por la historia de Gustavo León.

Un beso

Juan Antonio dijo...

Lía, ya quedaremos un día de estos. En La Habana, se me ocurre.

Besos.

Juan Antonio dijo...

Amiga María_azahar, muchísimas gracias por tu distinción. Ya he pasado a verla.

Es todo un honor, especialmente viniendo de ti. La vieja, honda Sevilla, y la misteriosa Granada, unidas por una misma vena poética.

Un beso.

Lía Vega Erao dijo...

Juan Antonio.... con la luna llena mirando invitándonos a un trago de libertad...

Juan Antonio dijo...

Por supuesto. Qué bonito lo dices.

Nadna dijo...

He sido (una vez más) infiel a mi palabra. No te leí "mañana" sino hoy. No he dosificado la lectura, no me has dejado.

La carne es débil.

Un beso

Juan Antonio dijo...

Perdono sin dificultad tus infidelidades, querida Nadna. Y me alegra tanto que la carne sea débil...

Un beso.

Juan Antonio dijo...

Perdono sin dificultad tus infidelidades, querida Nadna. Y me alegra tanto que la carne sea débil...

Un beso.