miércoles, 27 de agosto de 2008

LOS SARABIA (6)


La violencia de aquel gesto había anonadado la voluntad de Paula. No fue la rabia, ni siquiera la impotencia. Sólo el miedo. Un miedo que humedecía los tuétanos de sus huesos de adolescente enamorada. Aún no era capaz de odiar a su hermano porque el terror ocupaba demasiado lugar en su pecho.

Se movía como una autómata, sin ser del todo consciente de su humillación. Alberto, por su parte, suponía que había vencido toda resistencia de forma definitiva. Y así parecía ser. Al menos, ni un músculo del rostro de la muchacha dibujaba la menor tensión ante su presencia. Ni siquiera expresaba resignación. Simplemente, parecía idiotizada. Y Alberto se felicitaba por haber actuado con la necesaria firmeza y resolución.

Pasaron algunas semanas y el sabor amargo de la boca no se le iba. Tampoco la presión de la mano en su mejilla dolorida. No podía pensar en Rodrigo Sarabia porque no podía pensar en absoluto. Sólo sentía un temblor como el de un tallo amenazado por los primeros azotes del vendaval. Y frío. Un frío que le calaba hasta lo hondo de la garganta, hasta el estómago, hasta el alma.

Luego, unos meses después, comenzó a recobrar la consciencia. Dejó de sentir ese vértigo aterrado, dejó de sentir el frío, dejó de temblar en la soledad de la cocina. Sólo entonces vislumbró la gravedad de su situación. No se trataba ya de Rodrigo. Al menos no se trataba sólo de eso. Un sordo rencor contra el tirano fue ganando terreno en su corazón malherido. Día a día cobraba la fuerza de un ciclón. Pero ella sabía que era preciso aprender a controlar esa fuerza demoníaca, que era necesario dominar ese caudaloso sentimiento para dirigirlo en la dirección adecuada.

Al principio imaginó un sinfín de sutiles castigos que le proporciona¬ban un modesto desahogo. Así, por ejemplo, experimentaba un deleite extraordinario excediéndose en la condimentación de los platos. El sufrimiento de su hermano Alberto, que padecía úlcera, la colmaba de regocijo. Otras veces almidonaba más de lo debido los cuellos de las camisas, y él se pasaba la semana rascándose como si tuviera la sarna. En otras ocasiones estropeaba deliberadamente algún postre de los que tanto gustaba Alberto, o aguaba su vino. Hasta llegó a poner unas gotitas de acíbar en el café.

Había perdido el miedo. Todo le daba igual. Ni siquiera pensaba en Rodrigo, ni en sus versos de trovador iluminado. Al fin, también lo odiaba a él. También él era un hombre, y la había olvidado. No había más que contar los meses de silencio. Aquello se había acabado. La inacción, el terror, la parálisis, habían cedido el lugar a un deseo alocado de venganza que ella sólo sabía canalizar a través del sistemático sabotaje doméstico.

Por su parte, el tío Alberto no parecía percatarse de nada. Cuanto más fuertes encontraba los guisos, cuanto más picor le producían los cuellos de las camisas, cuanto más insípidos se le antojaban los dulces, cuanto más aguado le sabía el vino y más amargo el café, tanto más suavizaba sus modales y extremaba su afecto. Paula pensó en un principio que él no advertía ninguno de sus infantiles atentados. Luego comprendió que eso era imposible.

Lo cierto es que su hermano paladeaba con una delectación que ella nunca había descubierto antes aquellos platos echados a perder adrede. Incluso, a juzgar por el ligero temblor de los labios, parecía disfrutar con el escozor que le producían los cuellos demasiado almidonados. Sí, no cabía duda: él había encontrado un motivo de gozo en su reprimida rebeldía.

Con creciente desazón, comprendió que nada de cuanto hiciera valdría para mortificar al hermano. Nada, excepto su relación con Rodrigo Sarabia. Pero, ¿acaso había intentado él volver a verla? Desde hacía varios domingos, durante la celebración de la misa, había esperado en vano una señal, un gesto, un milagro que sólo sería perceptible para ella. Un sentido diferente de la vista y del oído estaba alerta, espiaba la penumbra de los confesionarios sin llegar a mirarlos; analizaba el silencio, los murmullos insignificantes de la multitud en el sopor de las letanías; intentaba incluso descifrar supuestas claves ocultas entre las líneas de las lecturas del evangelio y en los sermones del oficiante. Nada. Absolutamente nada. Excepto el silencio o el ruido uniforme y sin significado de la muchedumbre ajena a su dolor.

Ya no le quedaban fuerzas ni para la venganza. La sonrisa perruna del hermano manifestaba su satisfacción. Paula volvía al inicial estado vegetativo, sólo que ahora no sentía miedo. También se habían esfumado el sabor amargo de la boca y el frío en todos los huesos.

Poco a poco llegó a alcanzar una auténtica enajenación respecto a cualquier percepción sensorial. Un día tomó en sus manos una cazuela que acababa de sacar del horno. Alberto pudo sentir el dolor espantoso que ella no advertía siquiera. Con una ternura desconocida, el hermano untó su manita con aceite de oliva y la besó. Si ella hubiera podido sentir, habría notado correr las lágrimas del tío Alberto sobre su mano abrasada. Otra vez, él descubrió una descomunal hinchazón en un dedo de Paula. Quiso saber el motivo, pero ella no había reparado hasta ese momento. Al examinarlo, pudo ver un horrible acceso purulento. Limpió la infección con sumo cuidado y encontró la causa: una enorme astilla se hundía en la piel tumefacta desde hacía quizá semanas. Paula juró que no le molestaba lo más mínimo. Hechos semejantes se sucedían con regular frecuencia. La indiferencia no se refería sólo a su propia persona. Tampoco parecía afectarle el sufrimiento ajeno, como pudo él comprobar estremecido cuando presenciaron el atropellamiento de un perro por un automóvil y ella no se inmutó ante el horrendo espectáculo.

Alberto estaba inquieto. En realidad, temía por la salud de su hermana. Incluso llegó a considerar la conveniencia de someterla a vigilancia médica. Pensaba que la muchacha había desarrollado un violento deseo de autodestrucción. Por primera vez juzgó que su conducta había sido excesiva. Pero ni por un instante se planteó la posibilidad de dar su consentimiento a la relación de aquélla con Rodrigo. También él creía que el muchacho carecía de intenciones duraderas. A la vista estaba que no había tratado de reanudar el interrumpido noviazgo. Quizá alguien más digno de ella. Si había alguien así.

Con el tiempo, Paula pareció recobrar el control de sus sentidos y de sus emociones. Alberto descubrió arrobado que ella volvía a quemarse al rozar los cacharros que habían estado en contacto con el fuego; que sentía el dolor punzante de la aguja de coser al desgarrar la delicada piel de sus dedos. Descubrió también que se apiadaba de nuevo de los pobres diablos y los tullidos que imploraban unas monedas postrados bajo el pórtico de la iglesia, y de los chuchos abandonados en las callejas.

—Es como un milagro —repetía él con lágrimas en los ojos.

Un día ocurrió. Paula preparaba el almuerzo en la cocina. Las ollas borboteaban en el fogón. Ella tomó un cartucho de periódico donde le habían despachado el pescado. Lo abrió. Pensó que los boquerones eran frescos. Pensó que olían a jazmines y a malvasía. Qué estupidez, se dijo riendo. Pensó que olían a azahar, a alhelíes y a galanes de noche. Entonces fue cuando todo aquello se le cayó de las manos. Los boquerones rodaron por el piso, pero ella había logrado retener en sus manos la hojita azul anudada con un lazo encarnado.

2 comentarios:

Nefer dijo...

AAah que más, qué mas!! no me dejes con la intriga!

La sensación de muerte por dentro por un corazón roto por el desamor, que no te deja sentir nada más, que te hiela los sentimientos es una sensación que conozco bien.. por desgracia. Por momentos me siento identificada con Paula.

Que gran historia, ya estoy esperando el final.
Saludos.

Juan Antonio dijo...

Querida amiga, ya sólo queda una entrega.

Eso sí, espero que tu vida sea mucho más feliz que la de Paula, que la pobre sufre demasiado. Por un lado Rodrigo Sarabia, por otro su hermano Alberto. Ay, qué pena de mi Paula.

Muchas gracias por tu interés.