lunes, 25 de agosto de 2008

LOS SARABIA (5)

"La carta de amor" (Émile Lévy)

Quién le iba a decir que aquel muchacho enjuto, de mirada lánguida y respiración anhelante, la estaba esperando a ella. Lo había visto otras veces. Luego comprendió que ya era demasiada casualidad haberse tropezado en cuatro ocasiones la misma semana y en el mismo lugar. Cuando cruzaba ante ella, tosió con aire de agonizante y se interpuso en su camino. Paula lo vio enrojecer violentamente y le inspiró lástima. Pero el muchacho ya le había ofrecido un papel azulado atado con un lacito rojo. La sonrisa anhelante fue lo único que ella acertó a captar, porque las palabras no llegó a entenderlas.

Con un instinto que en ese momento no pudo explicarse, oprimió la hoja contra el pecho y la ocultó rápidamente bajo el escote. Se sintió culpable. Aún no sabía de qué, pero estaba segura de que su hermano no habría aprobado aquella sonrisa con que despidió al joven desconocido, ni menos la aceptación de un obsequio tan sospechoso.

Casi sin darse cuenta, aceleró el paso. El sofoco le hizo volver a la realidad. Estaba corriendo como el delincuente que acaba de perpetrar un crimen. Se serenó. Respiró hondo y se detuvo. Ya había tomado la determinación de mentir a su hermano. Pensaba conservar aquella carta, o lo que fuera. Sabía bien que si confesaba sería castigada. Debía callar. Eso equivalía a mentir, pero estaba resuelta. El corazón golpeaba su pecho como una fuerza telúrica, incontrolable. Temblaba mientras trataba de imaginar el contenido del escrito. Una carta de amor, pensó. Las piernas le flaquearon. ¿Era posible? Tenía que mentir, se repetía. Sería la primera vez en toda su vida. Pero no le importaba lo más mínimo. Aquello era la única cosa interesante que le había sucedido. No iba a tirarlo todo por la borda. No al menos hasta que leyera aquel papel.

Supo fingir como una actriz consumada. Eso le hizo experimentar un sentimiento nuevo, delicioso. Su hermano Alberto no había sospechado nada. Incluso estuvo más comunicativo que de costumbre. Después de la cena se fue a la cama y ella sintió de nuevo el vértigo y el galope alocado en su pecho. Pero aún se contuvo. Debía proceder como siempre si no quería despertar sospechas. Recogió pausadamente la mesa y lavó los platos. Luego colocó sin prisas los cubiertos. Cuando terminó, hacía rato que su hermano roncaba en el cuarto.

Finalmente, Paula se encerró en su alcoba. Corrió el pestillo con mano temblorosa y tuvo que abrazarse a sí misma porque le parecía que todo el vecindario iba a escuchar los latidos de su pobre corazón. Cuando remitió aquel martilleo insoportable en sus sienes, buscó bajo la colchoneta de la cama. Allí estaba el papel azulado, aún intacto, envuelto en su lazo rojo. No se explicaba cómo había sido capaz de aguardar pacientemente durante todo el día. Al fin había llegado el momento.

Deshizo el lazo con suavidad, luego desplegó el papel. Un ciclón incontenible la arrebató de este mundo y la dejó prendida de no sé qué cielo perfumado, enloquecido. Pero qué deliciosa locura aquella, pensaba. No era una carta. Era un poema. O mejor, era la esencia de todas las cosas hermosas que ella había sospechado tantas veces sin atreverse a darles un nombre. Y ahora comprendía claramente que no había nada pecaminoso en ello. No podía haber culpa en algo tan bello, tan puro.

Por un instante deseó despertar a su hermano para que también él pudiera compartir su éxtasis. Pero de inmediato se detuvo horrorizada. Si Alberto se enteraba, todo habría terminado. Y aquello no había hecho más que comenzar. Debía guardar silencio. Debía mentir. Haría lo que fuera preciso. Ya anhelaba otra misiva, pensaba que tardaba demasiado. ¿Por qué aquel muchacho no había tomado antes su decisión? Entonces se percató de que ni siquiera conocía su nombre. Buscó con avidez. Allí estaba, en el suelo. Con las prisas se le había caído un trocito de papel, también azulado. Lo recogió y leyó. El poeta le indicaba que, si no era insensible a su pasión, debía acudir al día siguiente a cierta iglesia donde él sabría entregarle discretamente una nueva carta. Firmaba Rodrigo Sarabia.

Estuvo repitiendo aquel nombre toda la noche, unas veces despierta, otras en un sueño agitado que le dejó una extraña opresión en el pecho.

Al día siguiente se arregló con más esmero que nunca. A la hora indicada entraba en la iglesia mencionada en la nota. Buscó con la mirada. Allí no había más que dos o tres beatas adormiladas por el madrugón. Una angustia desconocida se adueñó de su ánimo. No podía soportar la idea de una burla. La crueldad de esa posibilidad aflojó sus miembros y tuvo que sentarse para que su agonía no fuera demasiado notoria. Entonces le pareció escuchar un ahogado siseo. Aguzó el oído. Unos segundos más tarde lo percibió con total nitidez. La señal provenía de un confesionario, no muy lejos de ella.

Miró en todas direcciones. Nadie se había percatado de la llamada. Se dirigió sin vacilar hasta el lugar, se arrodilló y repitió como una autómata la fórmula usual:

—Ave María purísima.

—Bienvenida seas, mi amor, mi paloma, mi lumbre —respondió alguien en la penumbra. Las palabras salieron del viejo confesionario como un aura celestial. Paula cerró los ojos y se asió a las oscuras maderas de aquel equívoco locutorio para no caer desplomada.

—Esto es una locura. Yo no debería...

—Por favor, dime tu nombre, que ya no puedo vivir por más tiempo en las tinieblas —suplicó la voz sin rostro.

—Paula —susurró ella apenas.

—Paula, Paula... —repitió la voz como en sueños. De repente la muchacha sintió pánico. Una de las beatas se había levantado de su asiento y se acercaba con paso vacilante.

—¡Viene alguien! ¿Qué hacemos? Tengo miedo, mucho miedo...

—No temas, mi paloma, mi cielo. Por ti yo confesaría a todas las viejecitas del mundo.

—Es que si me descubren, mi hermano me mata.

—Ponte el velo y vete tranquila.

—¿No tienes nada para mí? —suplicó ella con anhelo infantil.

—Busca bajo la pila del agua bendita. Hay un pequeño agujero en la pared.

—Adiós, mi amor.

—Adiós, Paula, mi Paula, Paula mía del ánima...

La muchacha se demoró ante la pila y buscó con disimulo. Allí estaba. Era una hoja azul con un lazo rojo, como la primera. Al persignarse aprovechó para ocultarla en el escote. Aún permaneció unos minutos junto a la pila, hasta que la anciana regresó a su asiento y comenzó a cumplir la penitencia impuesta. A Paula aquello le sonaba a sacrilegio, pero no pudo reprimir una sonrisa. Después de todo, Dios no podía ser tan severo.

Esa noche fue más turbadora que la anterior. Y la siguiente más aún. Los ardientes versos de Rodrigo Sarabia dieron paso a cartas inflamadas de pasión. Paula perdía los colores a fuerza de pasar las noches en vela. Podía repetir de memoria todos y cada uno de los poemas de su joven enamorado. Unas veces el encuentro se producía en alguna iglesia poco frecuentada; otras, en un portal o en una esquina solitaria, bajo un incierto farol.

Un día, a la tibia luz del atardecer, Rodrigo retuvo por primera vez una mano entre las suyas, y los madrugadores luceros vieron cómo dos muchachos se abrazaban, se confundían en un fingido asedio de los cuerpos, se consumían en un fuego tan insensato como hermoso. Paula no olvidaría jamás aquella dulcísima transgresión de todas las leyes humanas y divinas. Cuando regresó a casa, la alegría se le quebró en la garganta. Su hermano Alberto la esperaba en el comedor, de pie junto a la mesa. En el tablero, sobre el inmaculado tapete de ganchillo, yacían en doloroso desorden todas las cartas de amor de Rodrigo Sarabia. Una a una, fueron implacablemente arrojadas al fuego del hogar. Paula no podía protestar. Se había derrumbado en una silla y temblaba como una poseída. Los dientes le castañeteaban y el sudor se heló en sus sienes. Alberto no pronunció una palabra. Se limitó a cumplir aquel rito purificador con una calculada crueldad. Luego se acercó a su hermana y le propinó una bofetada que sonó como un tiro. El eco de aquel golpe siguió resonando en la mente de Paula durante mucho tiempo.

4 comentarios:

Nefer dijo...

Joe Juan Antonio, vaya final, mira que me lo imaginaba, pero conforme iba leyendo esperaba que finalmente el hermano de Paula no encontrara las cartas y dejara crecer el amor de los dos muchachos. Me ha encantado este capítulo, la forma en que está narrado, con una delicadeza exquisita, la historia de amor secreto que tanto me recuerda a alguna que yo he vivido también... maravilloso.

Saludos.

Juan Antonio dijo...

Gracias, querida Nefer. Pero aún queda tela que cortar. Me alegra mucho que te haya gustado. A ver qué te parece el resto.

Besos.

JEZABEL dijo...

Impaciente estoy. Me siento como en las Mil y Una Noches, sólo que yo necesito leer las historias para sobrevivir.

Gracias por hacerme olvidar las angustias de mi vida.

Besos y hasta pronto, espero...

Jezabel, La Maldita.

Juan Antonio dijo...

Jezabel, cuánto tiempo. Me alegra saludarte de nuevo. Gracias a ti por tu amabilidad.

Besos.