sábado, 23 de agosto de 2008

LOS SARABIA (4)


"Patio de doña Juana" (Joaquín Sorolla)

Las tardes de primavera como aquella le infundían un temor irracional. Quizá por el recuerdo de algunas asociadas a acontecimientos desgraciados. No en vano en tardes semejantes se habían desencadenado muchos de los luctuosos incidentes de su vida. Se acordó de la muerte de su madre, doña Concepción Alfaro, viuda del capitán de navío don Fulgencio Pertíñez. Fue una tarde del mes de mayo. Luisa no podía olvidar el denso perfume de las primeras rosas, ni la mirada de espanto que se le quedó helada a la anciana en el rostro al comprender que se había muerto. También se acordó de una tarde a principios de junio, muchos años antes de aquello, cuando perdió a su padre. Volvía del colegio. Se daba prisa porque su madre le había prometido un tazón de chocolate para la merienda. No supo interpretar la mirada de complicidad de la gente. Ni la mesita con un tapete de terciopelo negro y ribetes dorados que colocaban en el portal dos operarios, vestidos con unos guardapolvos de color indefinido y amplias gorras, y que se descubrieron al cruzarse con la niña. Sólo comprendió cuando vio a su madre vestida ya de luto para los restos, cuando vio por primera vez en sus ojos el terror mientras repetía sin cesar ay, qué cerca ha pasado de mí, que casi me roza con sus alas emponzoñadas, san Pascual bendito, ay, qué cerquita.

También era una tarde primaveral cuando llegaron noticias de la desaparición del tío Sebastián en las costas de África. Nunca encontraron su cuerpo, pero los despojos del barco abatido por el temporal no dejaban lugar a dudas. A pesar de todo, doña Concepción aguardó siempre en secreto la aparición del hermano. Algún maldito moro, hijo de Lucifer, que lo tendrá secuestrado, pensaba. Todas las noches rezaba para que regresara sano y salvo y virgen como se había marchado.

Luisa rememoraba todos esos acontecimientos acodada en el balcón del patio. Ni siquiera la melodía tosca y chillona de un afilador, al otro lado de la tapia, logró distraerla del perfume premonitorio de las primeras rosas. Miró unas nubecillas sobre el horizonte, delgadas, blancas, casi irreales. Unos niños alborotaban en la calle. Ella estaba inmovilizada, perdida en el laberinto de sus recuerdos y prendida de aquella sensación, aquel presentimiento absurdo pero certísimo de que algo malo estaba a punto de suceder. El peso de la tarde se volvió intolerable. De alguna extraña manera sabía que, si llegaba la noche antes de que aquello estallara, estaría a salvo. Pero el sol estaba todavía demasiado alto.

Sentada en la mecedora, repasó una vez más los testimonios de su vida. Allí estaban las fotografías: Gustavo León vestido de marinerito el día de su primera comunión, jugando con ella en la casa de verano de sus padres, ante las murallas derruidas de la ciudad vieja, disfrazado de conde Drácula en alguna fiesta del Centro Artístico y Literario, mirando muy serio un horizonte sobre el que se destacaban nubes extrañamente semejantes a las que Luisa acababa de contemplar un momento antes, en el balcón, mientras percibía el funesto aroma de las rosas.

Mucho tiempo atrás, él le había hablado del primer verano en que faltaría a su cita. Lo dijo como algo aún demasiado lejano, pero con una certidumbre tal que a Luisa le pareció una profecía. Luego le dio un beso y a ella se le saltaron las lágrimas. Ahora echaba de menos aquellos besitos recatados, elegantes, que sabían a pastelillo y le dejaban una dulzura de atardecer en el alma. Siempre fue así. Desde la primera vez. Era una hermosa mañana de junio. Gustavo León no había iniciado aún sus estudios en la universidad. Estaban en el patio. Doña Concepción Alfaro los dejó solos unos minutos, lo justo para despachar a una visita inoportuna. Gustavo León aprovechó la ocasión para besarla de esa manera tan característica, sin apretar los labios más de lo necesario, con más cariño que pasión. Luisa recordaba aquellos besos con sabor a caramelo de café con leche. Echaba en falta las manos cálidas, fuertes, que tanta confianza le habían inspirado a lo largo de su vida. Cuando volvió doña Concepción Alfaro, mohína por haberlos dejado a solas contra su voluntad, los escrutó con la intención de averiguar si habían abusado de la situación, pero ellos hojeaban muy atentos un viejo álbum de fotos. La mujer se quedó sin saber lo que había sucedido en aquel banco de madera rodeado de yedras y celindos.

Luisa sabía que su tiempo estaba fijado. No conocía la enfermedad de Gustavo León, pero él se lo había advertido: llegaría un estío sin él, el primero sin sus manos, sin su palabra, sin sus besitos de amante de otra época. Salió de nuevo al balcón. A esperar, se dijo. Entonces ocurrió. Aquel perfume sofocante de las rosas tempranas se le metió por los ojos, en la garganta, en el sentido, con la fuerza de un veneno que la abrasaba. Supo con absoluta certeza que esa tarde había sido la última para Gustavo León. Supo que no sabría nada hasta el día siguiente, pero que en realidad él se iba a marchar para siempre esa misma madrugada. Lo supo por el perfume de las rosas y por el aire del atardecer que se había vuelto irrespirable. En efecto, al día siguiente llegó por el telégrafo la noticia del fallecimiento de Gustavo León.

Él había dejado dispuesto que se trasladaran sus restos a su ciudad del Sur y les dieran sepultura cerca del lugar donde reposaban sus padres. Luisa se ocupó de todo como en sueños, sin percatarse de la terrible dimensión de lo que ocurría hasta que se extinguieron los ecos de los responsos. Sólo entonces se encontró frente a frente con su dolor, traspasada de amargura y resentimiento contra sí misma. Sabía que no había tenido el valor de hacer feliz a aquel hombre, que habría bastado dejar atrás el miedo y los sentimientos de culpa y correr a reunirse con él. Habría bastado con dirigirse a la estación del ferrocarril y tomar un tren. Pero entonces se adueñaba de ella ese vértigo, y un miedo espantoso a equivocarse, a no ser capaz de dormir en su misma cama, de compartir con él el baño y el excusado.

Después de concluidos los penosos trámites burocráticos, Luisa se sintió perdida. Tropezaba con las sillas, con los dinteles de las puertas, con los escalones. Si se sentaba al piano e intentaba tocar una pieza, se quedaba bloqueada, como si de pronto le faltaran dedos o le sobraran teclas. Muchas veces había tenido un sueño angustioso en el que le sucedía eso mismo, pero ahora no era ningún sueño. Olvidaba las melodías y sus dedos se movían torpes y pesados. Se sentaba cerca del balcón para ver pasar las horas. Creía que todo había concluido para ella. No podía sospechar lo que aún le quedaba por vivir: la pérdida de su sobrina Blanca, Rodrigo, la guerra. Pero entonces, sentada en su silla de anea cerca del balcón, le parecía que su vida había tocado fondo. Frecuentemente imaginaba que al otro lado del balcón había un barranco gigantesco camuflado tras un espesísimo banco de niebla. Era como si no hubiera nada más allá del borde de los tiestos de los geranios de la barandilla. Como si no hubiera nada más que nada. Algunas veces habría querido hundirse en esa sustancia blanda, lechosa, que ella adivinaba acogedora pero que le inspiraba miedo por su frialdad. Habría querido dar un paso más allá del límite de la materia conocida que tenía formas familiares y nombres concretos.

En realidad era tal su ensimismamiento que ni siquiera podía decirse que estuviera desesperada. Solamente sentía una tristeza infinita. Pasaba horas paseando alrededor del laurel del patio. Llegó a aprenderse todas y cada una de las diminutas grietas de la tapia, los pequeños rebordes irregulares de las losas. Apenas salía a la calle lo imprescindible, sólo se sentía a salvo cuando regresaba a casa y cerraba la puerta a cal y canto. Se estremecía al escuchar el sonido del picaporte. Algunas veces contenía la respiración y no abría, no miraba siquiera tras los visillos para ver de quién se trataba. Empezó a huir de la gente. Incluso modificaba su itinerario para evitar a las personas conocidas. Cuando no podía esquivar a alguna vecina, comenzaba a sudar y sentía palpitaciones. Sobre todo le daba horror la idea de que le mencionaran al difunto Gustavo León.

Nadie la vio llorar. Al principio se pensó que lo había encajado demasiado bien. Pronto comprendieron todos que Luisa no sería nunca más la misma de antes.

8 comentarios:

Lía Vega Erao dijo...

Juan Antonio, voy a arriesgarme recomendandote un libro que me encantó... A la sombra del granado, de Tarik Alí. Me encantó...

Preciosa historia, como todo lo que escribes... Besines miles.

Siempre Tuya... Lía

Juan Antonio dijo...

Muchas gracias, Lía. Lo leeré. Besos también para ti.

Nefer dijo...

Esta historia cada vez me gusta más. Ya estoy esperando el siguiente capítulo.
Saludos

Juan Antonio dijo...

Muchas gracias, amiga Nefer. Mañana mismo continuará la historia.

Besos.

Sibila dijo...

Me asomo brevemente a echar un vistazo desde mis vacaciones.
Hermosa historia, me trae recuerdos de un cuento de Cela que leí una vez y cuyo título soy incapaz de recordar.

Un saludo,
Sibila.

Juan Antonio dijo...

Saludos, Sibila. Disfruta tus vacaciones.

Besos.

Nadna dijo...

Como ves, he vuelto. Pero voy a seguir la costumbre de Marías que, cuando le gusta mucho un libro retrasa el momento de concluirlo, solo por el placer de saber que mañana habrá un poco más.

Continuaré con tus (nuestros) Sarabia mañana. Tanto que me gustan.

Buenísima la imagen de comprender que se había muerto.

Juan Antonio dijo...

Gracias por volver, Nadna, y por dosificar la lectura.

Un beso.