martes, 19 de agosto de 2008

LOS SARABIA (2)


La tía Luisa era una mujer dulce y hacendosa. Pasaba las horas sacando brillo a los muebles y ordenando todos los objetos conforme a unas complicadas leyes de armonía que sólo ella conocía. Pese a todo, no era un ama de casa obsesionada por la liturgia de las faenas domésticas. A veces se sentaba a tocar el piano y se olvidaba de todo. El pequeño Rodrigo la contemplaba en silencio y presentía que los dos estaban en tales ocasiones muy lejos del mundo. Ella le hizo descubrir la emoción de la palabra y de la música. Con el fondo de los Nocturnos de Chopin, leyó los cuadernos de poesías de su padre: un volumen de sonetos escrito durante las primeras semanas de su matrimonio con Blanca y una extensa elegía de más de trescientos versos compuesta en memoria de la difunta.

Congeniaron muy bien desde el principio, pese al carácter anárquico y voluble de Rodrigo. La tía Luisa era una mujer de mediana edad, bien parecida, de mirada nostálgica y suaves gestos. Rodrigo observó de inmediato que se transfiguraba al sentarse al piano. Interpretaba a Chopin con excesivo lirismo y se permitía algunas licencias que sin duda habrían merecido la reprobación de sus maestros. Si es que los tuvo alguna vez, pues daba la impresión de haber nacido sabiendo. Cerraba los ojos, se convulsionaba como poseída por fuerzas inconfesables y parecía sufrir horribles tormentos. Sus manos pequeñas, blanquísimas, recorrían el teclado con energía insospechada. El niño comprendió muy pronto que era su forma de vivir, de amar.

Desde niña estuvo enamorada de un primo que vivía en Barcelona y volvía cada año para pasar el verano. La memoria de la tía Luisa guardaba el recuerdo de muchos estíos luminosos, alegres juegos infantiles y algunas promesas realizadas en los anaranjados crepúsculos de septiembre. Se llamaba Gustavo León. Era alto, muy delgado y de ojos melancólicos, según pudo comprobar Rodrigo en los retratos que conservaba la tía Luisa. Un verano regresó con el título de doctor en medicina. Pensaba establecer una consulta en Barcelona. Le pidió que fuera con él, pero ella sintió un vértigo insuperable al saberse de pronto dueña de su destino. Su madre, doña Concepción Alfaro, viuda de un capitán de navío, gozaba de una precaria salud. Al conocer las intenciones del joven, se limitó a decir a su hija:

—Por mí te casas cuando quieras. Para pudrirme me basto sola.

Luisa rechazó a Gustavo León a sabiendas de que estaba arruinando su vida. El desolado muchacho renunció a la idea del matrimonio y siguió visitando a Luisa cada verano, como cuando eran niños. Los inviernos los pasaba la muchacha abrillantando las cuberterías con frenesí y tocando música de Chopin al atardecer. Doña Concepción, la viuda del capitán de navío, exclamaba con la rabia aquilatada durante toda una vida de frustración:

—Deja ya de tocar esa música lasciva, que vas a acabar por convertirte en una ninfa. Y toca algo de Bach, a ver si se te enfrían los humores.

Pero Luisa interpretaba las fugas de Bach y hasta los estudios de Czerny con idéntica pasión, porque cuando se sentaba al piano era para amar a Gustavo León todo lo que no le había permitido la vida.

—Niña, tapa ya el piano, que me estás poniendo nerviosa —protestaba mohína doña Concepción—. ¡Si tu padre, que en gloria esté, levantara la cabeza!

Su padre, el capitán de navío don Fulgencio Pertíñez, no podía naturalmente levantar la cabeza, pues había muerto quince años antes. Además, Luisa pensaba que, en el nada probable caso de que eso ocurriera, el finado no regresaría tal vez con el fin de criticar sus interpretaciones pianísticas.

—¡Ay, si tu padre se levantara de la tumba! —se obcecaba inútilmente doña Concepción.

La anciana se fue de la vida como había pasado por ella: refunfuñando. Gustavo León propuso nuevamente a Luisa el matrimonio, pero ella sentía aún ese vértigo insoportable. Él comprendió que nunca se casarían. La otoñal amistad de la pareja perduró hasta la muerte prematura del médico, a sus cincuenta años de soledad.

A la tía Luisa la salvó del naufragio la llegada del pequeño Rodrigo, hijo de su sobrina Blanca. El niño había perdido a sus padres en un breve espacio de tiempo. Juntos compartieron los juegos, los estudios, las risas. Juntos cultivaron la memoria de la malograda Blanca, la sobrina predilecta a pesar de sus licenciosos hábitos y sus ideas políticas extravagantes. Juntos recorrieron con ojos emocionados los versos de Celestino Sarabia escritos con una pulcra caligrafía de amanuense decimonónico en cuadernillos de color rosa pálido. Juntos superaron los infinitos rigores de la tristeza.

Aquella mujer extraordinaria fue para Rodrigo algo más que la madre que había perdido en el fondo de los armarios y en los sórdidos ruidos de las tuberías: fue una guía espiritual, sentimental e intelectual al par que una excepcional compañera de aventuras.

Era exagerada la afirmación del tío Alberto. En realidad, Celestino Sarabia no había dilapidado nada que pudiera llamarse con propiedad una fortuna. Es cierto que disponía de una modesta renta que le permitió dedicar sus ocios al cultivo de las letras, pero hablar de una fortuna familiar era sin lugar a dudas un exceso. En cualquier caso, las nefastas ediciones de los libros de versos costeadas a sus propias expensas y lo que él mismo dio en llamar su peregrinación espiritual en pos del ánima de Blanca, dieron cumplido fin al menguado patrimonio de los Sarabia.

Pese a todo, el pequeño Rodrigo tuvo cuanto podía necesitar. La tía Luisa era una especie de hada que obraba el cotidiano milagro de sacar las cosas de la nada. Si las suelas de los zapatos se agujereaban, ella aparecía esa misma tarde con un nuevo par. Si el niño necesitaba un atlas, unas acuarelas, un diccionario, la tía sabía conseguirlos al punto. Cuando llegaba el día de Reyes, Rodrigo encontraba bajo el nacimiento iluminado el juguete que con más afán había deseado. Todo esto le llevó a considerar que la tía Luisa era rica. Pronto descubrió su error. Aquella mujer era un hada que encontraba siempre el modo de burlar las severas leyes de la matemática, de tal modo que el exiguo presupuesto doméstico alcanzara sus últimos objetivos. Por eso, y por tantas cosas, Rodrigo Sarabia guardaría un imborrable recuerdo de sus años de adolescente en aquella casa.

Tal vez fuera esa entrañable fidelidad lo que el tío Alberto no le podía perdonar. Después de todo, esa camaradería confiada y alegre, tan distinta de cualquier vínculo familiar imaginable por su mente mezquina, había sido la única relación duradera de Rodrigo Sarabia.

6 comentarios:

Nadna dijo...

Qué bueno eres, Juan Antonio, qué bueno! Precioso y preciosista. Con expresiones tan tuyas: (de memoria y ya sabes cómo tengo la memoria) "después de cincuenta años de soledad"; "los infinitos rigores de la tristeza". Qué lindo y tierno.

Y no me parece triste... No sé, quizás la ausencia de aquella boda fue lo que dio sentido a la vida de ambos. Tal vez, si se hubieran casado, habrían descubierto la ruindad del otro (que todos acarreamos), habrían sido desgraciados... No sé, no me parece triste.

Pero niego categóricamente, eso sí, que Bach sirva para enfriar humores.

Un beso.

Nefer dijo...

Juan Antonio, no has pensado nunca en escribir un libro? Es que escribes maravillosamente. Siguiente capítulo que ya me quedao con las ganas...
Saludos.

Juan Antonio dijo...

Muchas gracias, Nadna. Tengo que decirte que tu memoria es mucho mejor de lo que afirmas.

Estoy de acuerdo contigo en ambas cosas:

1. El supuesto final feliz (la boda) no tendría por qué haber sido la mejor solución. Aunque de algún modo condena a Gustavo León a ese medio siglo de soledad otoñal.

2. Tampoco a mí me parece fría la música de Bach. Pero ten en cuenta que doña Concepción Alfaro era un poco lerda y tenía aproximadamente la senbilidad de un calamar congelado.

Besos.

Juan Antonio dijo...

Querida Nefer, muchas gracias. Lo cierto es que he publicado alguna cosilla hace ya tiempo, nada especialmente relevante. Aunque mis textos no han llegado normalmente mucho a los editores que los han leído.

En todo caso, ahora no me siento muy motivado para intentarlo. Me gusta ponerlos aquí, para que los leáis unos pocos amigos. Por eso, mientras estéis por aquí, seguiré haciéndolo gustoso.

Un besillo.

JEZABEL dijo...

Eso, y no nos dejes, que algunas personas de las que pasamos por tus escritos, como yo, nos sentimos algo aliviados de "los infinitosrigores de la tristeza", como tan divinamente defines.

Un beso desde mis sombras,

Jezabel.

JEZABEL dijo...

VAYA POR QUIEN SEA, YA FASTIDIÉ LA FRASE CON ESTE TECLADO... mIS DISCULPAS, AMIGO MÍO.

Más besos...