domingo, 17 de agosto de 2008

LOS SARABIA (1)


El tío Alberto había despreciado desde siempre a la familia Sarabia. Gente bohemia, insolvente, parientes incómodos a los que no se cansaba de manifestar el más ostentoso desprecio. Trató de impedir la boda de su hermana Paula con Rodrigo hasta el último momento. Como no lo consiguiera, creyó su deber, su responsabilidad moral, decía, impedir la convivencia pacífica de la pareja con las más impertinentes intromisiones. El continuo sabotaje de su vida conyugal no hizo sino adelantar los acontecimientos. Todo el mundo sabía que Rodrigo no era hombre para vida de casado. De carácter inquieto, soñador, inseguro, antojadizo incluso, no podía durar mucho junto a alguien como Paula. El primer abandono fue celebrado por el tío Alberto con declaraciones triunfales. Al fin había sucedido lo que tantas veces pronosticara.

—¿Lo ves? ¿Qué te decía yo? Estaba cantado. Es un Sarabia, ya está todo dicho.

Hijo de un poeta y una corista. Paulino ha escuchado muchas veces esta frase referida a Rodrigo Sarabia. Los labios temblorosos del tío Alberto la paladeaban con delectación mientras alzaba el índice en actitud admonitoria. Al pobre abuelo lo llama nigromante tuberculoso, poetastro tísico, vate bastardo y otras cosas peores. Fundamentalmente, solía reprocharle la dilapidación de una fortuna familiar poco más que modesta.

Celestino Sarabia, que así se llamaba el injuriado poeta padre de Rodrigo y abuelo de Paulino, había conocido a Blanca en una carga policial. Ambos participaban en una manifestación obrera que acabó en batalla campal. Los guardias hundieron espuelas contra los trabajadores. Durante algunos minutos reinó el pánico. Celestino había recibido un fuerte golpe en la frente. Corrió tambaleándose hasta alcanzar un portal. Allí, en la penumbra temblorosa, estremecido por el dolor y el miedo, la vio, escondida también, con los signos del terror dibujados en unas pupilas negras, hondísimas.

Pese a sus ideas, Celestino era un joven con medios propios de fortuna. Gustaba calificarse de escritor. En realidad sólo había publicado algún artículo en un diario local y costeado a sus expensas la ruinosa edición de un librito de poesías. Blanca trabajaba en un cafetín, donde interpretaba cada noche una graciosísima copla de una pulga que se escondía en lo más intrincado de sus entretelas.

Tras un breve noviazgo de tres meses, se casaron una luminosa mañana de abril. Cuando salían de la iglesia, contemplaron una carga policial que arremetía contra una manifestación igual a aquella otra en la que ambos participaran poco tiempo atrás. A Celestino se le vino un sabor amargo a la boca.

La noche de bodas, Blanca tuvo un lúgubre sueño. Se vio tendida en un ataúd, fragante como un ramo de alhelíes, fatalmente rígida pero consciente. Podía escuchar el llanto monótono de Celestino mientras clavaban la tapa del féretro. Sabía que debía decir algo de suma importancia, pero no podía articular el más leve sonido. Al fin despertó congestionada por la angustia. Celestino se sobresaltó. Ella lo abrazó y dijo con voz ronca:

—Si muero, promete que intentarás ponerte en contacto con mi espíritu.

Él la miraba sin dar crédito a sus oídos.

—Promete que irás en busca de una médium y te pondrás en contacto conmigo en el otro mundo. Promételo.

Celestino se dio cuenta de que estaba cabeceando afirmativamente, sin salir de su estupor. Antes de que pudiera decir nada, Blanca se había aferrado a él como un animalillo trémulo y hambriento de amor.

El día que se cumplía su décimo aniversario, Blanca amaneció fría y rígida, tal como se contemplara en sueños la noche de sus bodas. Rodrigo tenía ocho años. Celestino tardó tiempo en recordar. Luisa, una tía soltera de la madre, se hizo cargo del pequeño porque aquél parecía haber perdido el juicio. Decía escuchar ruidos extraños en las tuberías, pasos que le seguían por los pasillos hasta confundirse con los suyos. También veía siniestros resplandores en el fondo de los armarios y entre las sábanas. Al cabo de un año ocurrió. De pronto recordó el sueño de Blanca y su insensata promesa.

La médium se llamaba Elisa Rodríguez, pero se anunciaba con el título de Sacerdotisa de Isis. Frisaba los cincuenta años, tenía una papada que le confería un aire familiar y lucía amplio repertorio de bisutería. Celestino había acudido sin convicción, como quien cumple un ingrato deber. Nada esperaba de aquella rolliza discípula de Isis. Pero cuando la escuchó repetir, mudada la voz, palabras que no eran suyas sino de Blanca, cuando expresó hasta los más recónditos pensamientos de la difunta, sólo conocidos por él, empezó a cavilar. La médium decía con la voz de Blanca que debía caminar hacia ella, que sería una larga peregrinación, pero que era la única manera de encontrarse, de ser otra vez un sólo espíritu, decía.

—¿Qué debo hacer? —preguntaba él.

—Ven en mi busca —respondía la vidente con ojos extraviados—. Ven en mi buscaaa...

—¿Dónde estás?

—En muchos lugares. Será un largo viaje.

Unos meses después, venciendo la resistencia de la tía Luisa, Celestino se dispuso a partir en compañía de su hijo.

—Debe venir conmigo —dijo con aire terminante.

Por indicación de la médium, se dirigió a Aviñón, donde había de contactar con madame Vouvray. Rodrigo dejó escrita una hermosa historia en la que evoca a la extravagante dama. La llama la Papisa de Aviñón. Era una mujer de edad indefinida, elegantes maneras y porte aristocrático, de risa sonora y profunda —de bajo wagneriano, anota Rodrigo Sarabia—. Tenía un loro que respondía por Fígaro. Según parece, podía entonar algún aria de Rossini, aunque cambiaba el tono en los pasajes más expuestos.

No consiguió nada Celestino en Aviñón, pero fue enviado a Ginebra con encarecidas razones. Posteriormente viajaron hasta Lucerna —Rodrigo ha dejado una emotiva descripción del puente medieval sobre el lago, cuyas pinturas tanto impresionaron su infantil imaginación— y luego a Kaysersberg, un bellísimo pueblecito alsaciano.

En cada lugar sentía Celestino más cerca el rastro de su difunta esposa. En Lucerna, la presencia se manifestó como ráfaga de aire helado. A partir de ese momento, comenzó a escuchar en todo momento las pisadas de Blanca, que corría como empujada por algo en el más allá. También creía advertir por la noche el roce de unos labios fríos sobre su frente, la misma sensación que experimentó al besar la mejilla exánime de Blanca por última vez.

Habían recorrido innumerables ciudades en pos de aquel rastro imposible. Celestino se creía más cerca de ella que nunca, más cerca que cuando la tenía, viva aún, en sus brazos. Los mensajes eran más y más explícitos. Debía continuar. La búsqueda llegaba a su fin. Un día, el mensaje desconcertó al pobre Celestino:

—Devuelve al niño con los vivos.

Sintió miedo, pero supo lo que debía hacer. Acompañó al pequeño Rodrigo con la tía Luisa y volvió solo para dar término a su viaje. Dos semanas más tarde se recibió un telegrama comunicando su muerte. Rodrigo escribe en su relato que su padre llevaba unos alhelíes prendidos en la solapa cuando se despidió de él.

—Son para tu madre.

Sólo él comprendió que realmente era así.

9 comentarios:

Meryone dijo...

has encontrado el signo amarillo?

has encontrado el signo amarillo?

luego te leo y te explico

la reiteración tiene su explicación

pero no has buscado bien...

besos

Meryone dijo...

no esperaba menos de tí que que conocieras el signo amarillo...

de todas formas, aprovechando que el pisuerga pasa por valladolid, lo voy a poner

e igual lo pongo también en el fotolog

o algo parecido

besos

Anónimo dijo...

Juan Antonio, está genial. Tienes una redacción excepcional.

Claro

Nefer dijo...

Impresionante Juan Antonio, me ha encandilado esta historia llena de misterio, , con ese final triste pero a la vez feliz por el reencuentro, aunque sea en el más alla. Muy bonita la historia.
Saludos.

Nadna dijo...

Te he leído esta mañana, pero no tenía los ánimos para comentarios (un puente familiar -muy familiar- deja sin pilas a cualquiera). Parece que me voy recuperando, no obstante.

Me ha gustado mucho tu relato, como siempre (hasta ahora). Como cada cual se fija en lo que le atañe, te señalo que recoge un problema ético-amoroso que hace tres años que me ronda. Si tuviera que elegir entre Mimianna y Nenna... ¿Qué?

Confieso que no he encontrado la solución y espero no tener que encontrarla jamás.

Juan Antonio dijo...

Nefer, muchas gracias. De hecho, este relato es un texto largo con un total de siete capítulos. Este es el primero. Iré subiendo los otros por si os apetece seguir la historia.

El relato no sigue un curso rectilíneo. De hecho, ya puse la tercera parte de la historia hace tiempo. Es decir, se pueden leer independientemente sin problemas. De todos modos, seguiré una sucesión ordenada en esta ocasión.

Besos.

Juan Antonio dijo...

Gracias, Claro de luna.

Nadna, tiene mérito que después de un fin de semana "intenso" comiences un lunes con los dilemas éticos de mi querido Rodrigo Sarabia (alter ego, hermano y no sé qué mas). Sólo por eso, un besazo.

Espero que nunca tengas que enfrentarte a esos dilemas agotadores que tanto pueden llegar a atormentarnos durante la vigilia.

Nefer dijo...

Pues estoy deseando leer los restantes, ya he leído el tercer capítulo e igualmente es una maravilla, tienes una facilidad para hilvanar la historia que me deja, como dicen en mi pueblo, "flipá".

Saludos.

Juan Antonio dijo...

Jajajaja, Nefer, qué arte tienes. Gracias, primor.