miércoles, 2 de julio de 2008

LOS TRENES DE LA NOCHE



El viejo se caló la gorra y entornó los ojos. Aún no se escuchaba el bramido del Estrella de Andalucía, pero a él no le hacían falta pruebas para presentir su llegada. Hoy no traía retraso. Como debe ser, pensó con orgullo. Toda su vida había transcurrido en aquel humilde apeadero. No había más mundo para él que las lomas plateadas de los olivares y la sierra allá al fondo. El resto era como un mal sueño.

Abrió los ojos. El tibio sol de febrero a duras penas hacía llevadero aquel ventarrón helado. Miró una vez más los raíles. Él había visto los rostros expectantes de los viajeros en trenes insomnes en la madrugada. Trenes que se alejaban como una exhalación, dejando atrás las pupilas ensimismadas del viejo para adentrarse en la noche y confundirse con su oscura materia. También las caras sonrientes, ilusionadas, de los niños en las mañanas de junio. Y aquella hermosa muchacha que lo miró un día diciendo adiós con su manita, cuando también él era un crío, y se le quedó clavada en el alma para siempre jamás. Él había visto. Pero su lugar estaba allí. Bien lo sabía. Alguien tiene que velar en la noche, se decía.

En su infancia de niño pobre, Julián sentía pena de los chicos que pedían para Reyes un tren de juguete. Él nunca tuvo juguetes. A cambio, tenía todos los trenes del mundo. Y de verdad. Trenes que aullaban en el silencio de la siesta, que partían en dos el aire perfumado de tomillo, de romero y de espliego. Enormes locomotoras semejantes a animales prehistóricos que él había visto envejecer con los años. Poderosas máquinas capaces de arrancar una catedral de sus cimientos.

Su padre le enseñó todo cuanto sabía. Pronto aprendió a reconocer las señales, a manejar banderas y lámparas, a cambiar las agujas. Se familiarizó con los horarios y los silenciosos gestos de los maquinistas. Se habituó a dormitar sin dejar de atender sus obligaciones, los ojos entornados y el oído atento.

Julián había oído decir que las gentes solían llorar al despedirse en las estaciones. Se lo contó una vez un viajero que naufragó en aquellos parajes. Con ojos de chucho extraviado, preguntó si había alguna pensión cerca. Como si allí hubiera otra cosa que olivos y jaras.

—No se preocupe —dijo Julián—. Puede usted pasar aquí la noche. No le ha de faltar cama ni lumbre.

A la mañana siguiente tomó el expreso. El Estrella de Andalucía.

—En fin, usted verá qué dirección le conviene seguir luego.

—Da igual —replicó el hombre—. En realidad no voy a ninguna parte.

Julián había visto muchos hombres como aquel. Un buen día emprendían el camino como embobados y ya no se apeaban nunca más. Todos los hombres necesitan un cobijo, un horizonte, se decía. El suyo estaba allí. Eso lo sabía sobre todo las noches de invierno, cuando escuchaba el agudo azote del viento contra los postigos. El viajero le había preguntado cómo se las arreglaba para soportar la soledad. Julián lo miró de hito en hito. Luego señaló con la barbilla para el lado del olivar.

—Igual que ésos. Uno es como un árbol. Bien sujeto a tierra para que no se lo lleve el vendaval. ¿Solo yo? Más solos están otros con su compaña. Yo me crié aquí. Aquí viví desde que me acuerdo. Y cuando llegue la hora, desde aquí me he de volver por donde mismo vine. De joven me llevaron a la ciudad unos hermanos de mi padre, que gloria haya. Tendría yo doce o trece años por aquellas fechas. Vivían en la capital. No, aquello no era para mí. Demasiado ruido, demasiada gente, demasiada soledad.

El viajero lo miraba sin acabar de comprender. Echó un trago de vino y al poco se le ablandaron los recuerdos. Él sí que estaba solo. Nunca se había librado del todo de aquella opresión en el pecho, de aquel regusto amargo en la garganta que ya le atenazaba de niño en la soledad del patio de recreo del colegio. Se acordó de la hermana Micaela. Él la había visto amortajada con su hábito pardo y un crucifijo en el pecho. Los niños decían que su cuerpo despedía olor a rosas de mayo. Y que de la llama de los cirios se desprendían diminutas estrellitas de colores, pero que había que fijarse mucho. Decían que todas esas cosas ocurrían porque aquella viejecita era una santa. Y que algún día harían una imagen con su cara y la pondrían en uno de los altares de la capilla. Pero, por más que lo intentaba, él no lograba percibir el olor de las rosas ni tampoco las estrellitas multicolores que bailaban en la llama de los cirios. Él únicamente acertaba a pensar en lo sola que debía sentirse la hermana Micaela, deambulando sin rumbo por los helados páramos de la muerte.

Julián llenó de nuevo los vasos y le animó a proseguir. El viajero dijo que desde aquel día había rodado por el mundo en pos de algo que no sabría explicar. Una vez había estado casado. Ya casi no podía acordarse. Las cosas no fueron bien. Aquella maldita opresión que se le agarraba a la garganta. Y el miedo. Un día hizo las maletas y subió a un tren. Luego hubo otros muchos trenes. Iba de un lado para otro, como borracho.

—Esta tarde vi de pronto una lucecita por la ventanilla empañada del vagón. Sin saber muy bien por qué, tiré de la mochila y me apeé. Y aquí estoy. Ya le digo que no debo estar en mis cabales. Mañana cogeré el primer tren y vuelta a empezar.

—Quién sabe —dijo Julián como si estuviera a punto de desvelar un misterio.

A la mañana siguiente, el viajero subió al Estrella de Andalucía. Cuando Julián vio llegar la máquina enmedio de la niebla, se le antojó una aparición de otro mundo. Luego, al ponerse en marcha, un tímido rayito de sol brilló contra las aristas de los últimos vagones y el viejo tuvo una corazonada.

Hacía ya algunos años de aquello. Julián se acordaba con frecuencia del desamparado viajero. Casi podía imaginar a la pobre monjita muerta, errabunda también a través de los desolados paisajes del más allá. Casi podía sentir el perfume de rosas de mayo, que era como un rastro de esperanza. Luego se acordaba del destello del sol en los vagones de cola, y sonreía.

Notaba en el aire que estaba a punto de llegar el expreso. Algo le bullía en el pecho como una ilusión de niño chico. La primera vez que vio el Estrella de Andalucía sintió ese pálpito. Reconocía todos los trenes por el sonido. Nunca se equivocaba. Pero aquel lo veía llegar con el alma. Lo adivinaba por un ligero temblor en el pecho que comenzaba a marcar su ritmo alocado mucho antes de que se escucharan los primeros ecos de la máquina, detrás de los montes, más allá de las últimas lomas plateadas. La primera vez que lo vio pensó que nadie había construido nunca nada más hermoso. Y además, aquel nombre. Sí, era como una estrella fugaz cuando se abría paso entre los campos helados aún por la escarcha. El rugido de la locomotora tenía una alegría contagiosa. Le daban a uno ganas de subir. Pero no. Eso no. Uno necesita un cobijo, un rincón donde encontrarse, se decía. Su sitio estaba allí.

La mañana había amanecido clara. Ni una nube en el horizonte. Lo malo era el viento. Julián se ajustó la chaqueta y se frotó las manos. Ya faltaba poco. Pensó que muy pronto sería una vez más época de plantar. La huerta estaba situada detrás de la caseta. Casi podía verla, sentado en su silla de anea. Unos gorriones picoteaban por el suelo, muy cerca de él. Atizó la hoguera sin prisas. Aún faltaban unos minutos. Luego entornó los ojos.

Por un instante, su recuerdo se llenó con la imagen de una muchacha que decía adiós con su manita desde un abismo insalvable. Se encogió de hombros. Cosas de viajeros, pensó. De pronto, el viento se hizo menos cortante. Ahora se estaba mejor. La mañana prometía. Al poco se escuchó el silbido, muy lejano aún, de la máquina. El viejo apuró el tazón del café y se levantó para estirar las piernas. Cuando vislumbró entre las últimas lomas y la sierra la silueta del Estrella de Andalucía, notó un olor que al principio no supo reconocer.

El tren se detuvo con un larguísimo gemido. Los dos vamos para viejos, pensó Julián con una sonrisa en los labios. Intercambió unas palabras con el maquinista a través de la ventanilla. El hombre le entregó un paquetito y le contó algo que había oído referir en la estación anterior. Luego se despidieron. El Estrella de Andalucía dejó escapar un suspiro estridente y se puso en marcha con una fuerte sacudida. El viejo saludó con la mano, como siempre, hasta que el tren se hizo más y más pequeño en la distancia.

De nuevo percibió aquel olor. Pero esta vez sí lo reconoció con claridad. Era el inconfundible perfume de las rosas de mayo. Aunque el almanaque se obstinara en señalar el mes de febrero. Se acordó de la historia de la hermana Micaela. Se acordó del destello del sol en los vagones. Luego se volvió despacio. En realidad no habría sido necesario, porque él ya sabía. En efecto, allí estaba el viajero, con una pequeña maletita en la mano. No había cambiado apenas, pero el viejo advirtió enseguida que la expresión de desamparo se había borrado de su rostro.

Julián señaló la jarra del café y la lumbre. No hizo ninguna pregunta. Sabía que había vuelto para quedarse.

4 comentarios:

Verónica (peke) dijo...

Me ha encantado encontrarme con el recuerdo pasado, que me ha llevado a historias y a sueños que me han dado vida.

Me ha encantado, me perdere mas amenudo por tu blog.

besotes de esta peke

Meryone dijo...

me encantan los trenes!

no he podido leer tu texto, que estoy currando, pero me asomaré en otro momento para ver todo tu blog

gracias por pasar y bienvenido a la lujuria pensativa

un beso

Nadna dijo...

Prometí que volvería. Iré leyendo poco a poco, aunque tengo que confesarte que este relato apresura. Quiero decir que es de los que casi saltas las palabras, las frases finales de los párrafos para avanzar más rápido. No sé si es bueno desde el punto de vista del autor, pero es lo mejor que me pasa como lector.

Volveré (que dijo Mac).

Ah! Gracias por colgar mi humilde Ovillo.

Juan Antonio dijo...

A ti por pasar (y por crearme "ex nihilo").

Besos.