martes, 15 de julio de 2008

INGE


Como quiera que aún hoy ignoro su nombre, la llamaré Inge. En todo caso, eso carece de importancia.

Ese día me había despertado con un fuerte dolor de cabeza, causado según todos los indicios por mi compañía de la noche anterior: un astuto profesor alemán que nunca llegó a distinguir perfectamente la tarea del escritor y la del crítico. No será preciso aclarar que la confusión me martirizaba. Desde luego, me resistía a ser comparado con un destripatextos cualquiera. Pero la extraordinaria energía de mi contrincante era superior, acaso por su testarudez teutónica.

Durante el desayuno, aún me atormentaba la conversación sostenida con el inflexible profesor. Pero no estaba dispuesto a dejarme obsesionar. Así pues, planeé con minuciosidad una sutil venganza, lo que encontré más práctico. En principio no acudiría al almuerzo con herr Ziegler. Otro día faltaría a una cena. Posteriormente le negaría el saludo y, por último, le manifestaría todo mi desprecio.

Sería media mañana cuando salí del hotel para dar un paseo por las calles de Lucerna, donde descansaba cada año. Yo conocía la ciudad desde mis tiempos de adolescente. Ya entonces la adoraba. Pero en aquellos días lejanos no era más que un joven debilucho, uno de esos muchachos desagradables que cifran todas sus aspiraciones en convertirse en laureados poetas, malgastando en ello sus escasas energías.

Experimenté de pronto algo parecido a la nostalgia. Quién sabe por qué. Tal vez me enterneció recordar mi imagen de joven quejumbroso y elegíaco. Un rato después descubrí que me hallaba junto a la casa-museo de Wagner.

Mientras estudiaba los manuscritos a través de las vitrinas y observaba con curiosidad la colección de instrumentos musicales, reparé en una joven. Debería ser suiza, pensé. Y sin embargo estoy seguro de que es alemana. Como si ella hubiera captado mi atención —y a pesar de que me limité a mirarla discretamente—, se acercó.

—No le diré mi nombre, pero puede llamarme Inge.

—¿Alemana?

—En efecto.

Sonrió por vez primera y decidí presentarme.

—Yo sí le diré mi nombre, si me permite.

—Lo sé —me detuvo.

—No entiendo —casi protesté.

Es todo cuanto recuerdo de nuestro primer encuentro.

Siempre he detestado a los espíritus contemplativos. Resulta fácil imaginar que el persistente herr Ziegler era uno de ellos. No he tenido ocasión de comprobarlo, pero juraría que era de esos hombres que dedican la mitad de su vida a reflexionar sobre la existencia y la otra mitad a meditar sobre la muerte, lo cual es sin duda menos ilustrativo —y acaso menos honesto— que limitarse a vivir. Pero los contemplativos carecen frecuentemente de sentido común y no se exceden en cortesías. En cualquier caso, son maestros de la perseverancia y la contumacia.

Cuando llegué al hotel, ya por la tarde, me sentí herido por una desagradable visión: el profesor me aguardaba en el hall. Le odié intensamente y su corbata de lazo me pareció más ridícula que nunca. Pero lo que me excitó de modo particular fue su actitud. No estaba irritado conmigo en absoluto, ni se mostraba ofendido porque yo hubiera faltado al almuerzo. Se limitó a estrechar mi mano cordialmente y toda su protesta consistió en decir, con un amago imperceptible de ironía:

—He tenido que almorzar solo. Pero espero que me acompañará a tomar el café.

Fue un monólogo interminable. Mi ira, en cambio, desapareció inesperadamente, al tiempo que reconstruía la curiosa escena de la casa-museo de Wagner. Ya no escuchaba las palabras del profesor. Por mi mente sólo vagaba el recuerdo de Inge... No se llamaba así en realidad. ¿Qué importaba eso? Pero, ¿por qué no permitió que me presentara? ¿Acaso conocía ella mi nombre? Probablemente no. El tono seguro en que se expresó me inspiró un temor absurdo. Intuí, no sin simpleza, que jamás la poseería por completo.

No consigo recordar con exactitud cómo se produjo nuestro segundo encuentro. Bastará afirmar que debió ocurrir en una de mis habituales huidas del profesor Ziegler, cuya absoluta incapacidad de encolerizarse me perturbaba cada día más.

Había pensado tanto en Inge, que nada me impidió confesarle mi amor con toda familiaridad. Ella guardó silencio durante unos minutos y al fin sonrió con tristeza. Comprendí que no debía insistir. Ella me amaría desde ese momento, me entregaría un cuerpo que yo había descubierto y amado mucho tiempo atrás, antes quizá de la adolescencia. Pero se me imponía tácitamente una condición: no habría de nombrar nunca mi amor; guardaría silencio ante lo innombrable. De infringir la norma, adivinaba en sus ojos que se alejaría de mi lado para siempre.

En lo sucesivo, nuestros encuentros se hicieron más frecuentes. Nos veíamos de forma casual, no obstante. No intenté en ningún momento sustituir la coincidencia por la premeditación, pues sabía que era otra de las condiciones.

Sería inútil describir su voz, sus ojos, su cuerpo esbelto apropiándose de mi alma. Algún tiempo después de perderla me propuse hacerlo en unos versos no muy afortunados. Nunca más habría de repetir la experiencia. Tampoco lo intentaré ahora.


Sucedió una tarde, en los primeros días de septiembre. Me inquietaba la idea del regreso, mas nada dije. Habíamos recorrido las calles de la ciudad una vez más. Como siempre, nos dirigimos a su apartamento. Inge se enfadó —aún ignoro por qué— y estudiaba con terquedad el dibujo de la alfombra. Yo escuchaba, en silencio también, una sinfonía de Haydn. Ya me marchaba cuando ella me dirigió aquella terrible mirada. Al principio creí que podría resistir. Pero una fuerza desconocida me arrastró hacia ella y habló por mí. Con creciente desazón, me escuché a mí mismo repitiendo la fórmula imposible. Bien sabía que era el final. Nada respondió. Sus ojos revelaron, primero, curiosidad y extrañeza; por último, un lejano sufrimiento.

No volví a ver a Inge. Hoy me pregunto si alguna vez llegué a conocerla.

5 comentarios:

Accimuttt dijo...

Bonito relato que me invita a pensar que; cuando el amor se hace insostenible, se marcha con la anticipación en los talones. Quedando la ausencia de lo desconocido más la nostalgia de lo perdido y que tal vez, nunca fue poseído.

Saludos.

Juan Antonio dijo...

Y el sentimiento de irrealidad como un pellizco de nostalgia.

Un beso.

Nadna dijo...

Uff! Realmente Meryone tiene buen gusto. Me temo que voy a necesitar más tiempo del que realmente tengo ahora para perderme por tu laberinto, pero no puedo pasar sin dejar mi tarjeta de saludo.

Si salgo de mi estado atónito hoy será milagroso. Lo que cuentas en este relato yo lo he visto en la realidad (no exactamente, pero parecido). Una amiga mía del pasado inició una relación con otra chica y, la primera noche que estuvieron juntas, medio en serio medio en broma, se comprometieron a no preguntarse nunca por su pasado amoroso. Todo fue de maravilla durante un año. Hasta la obligada cena de aniversario. Mi amiga (que en realidad no había pensado más en aquel compromiso) entre vino y carantoñas le preguntó a la otra cuántas novias había tenido. Y aquella loca, sin mediar más palabra, se levantó de la mesa y se fue. Literalmente. Fue el final de una relación más tonto que he conocido.

Salud.

Juan Antonio dijo...

Gracias, Nadna. Puedes volver cuando quieras, me encantará.

Ciertamente, la historia que refieres tiene un final en apariencia absurdo. He conocido algún caso parecido. El de esta Inge es uno de ellos, aunque también debo decir que el más irreal.

Saludos.

Setefilla Almenara J. dijo...

Me gusta la exquisitez con que embadurnas al personaje de Inge y sus enigmáticas circunstancias, asímismo, Juan Antonio, la elegancia con que manejas el idioma, siempre lleno de referencias.

Me ha dejado perpleja esta lectura.

Saludos atentos.