Tenía (aunque debería decir tengo) un amigo aficionado a los libros, la filología hispánica, el buen vino y la teología, aunque no necesariamente en ese orden. Francés. Alsaciano. Cuando nos conocimos, debía andar por los cuarenta años; yo rondaría los diecisiete. Siempre he tenido este tipo de curiosas amistades.
Pasábamos juntos los veranos en alguna localidad costera de Málaga o Granada, en la Alpujarra o en Colmar, una pequeña ciudad próxima a Estrasburgo, en el departamento de Haut-Rhin, donde vivía con su familia. Solíamos conversar acerca de la poesía del 27, la filosofía medieval, la transición política española, la movida madrileña... incluso de arduos problemas teológicos.
Profundamente creyente, casi diría intelectualmente creyente, mi amigo intentaba conciliar fe y razón, una vieja e incierta batalla que nunca deja de resultar entrañable.
Lo confieso: me gustaba escandalizar a mi amigo. Algo que le sacaba particularmente de quicio era mi interés en saber si las trompetas del juicio final estarían afinadas en fa o en re. Ahora comprendo que era una broma fuera de lugar y un tanto estúpida.
Yo soy así.

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