Rozan apenas un milagro de madreselvas
en la oscuridad indescifrable de los jardines,
cuando las luciérnagas hacen tiritar la madrugada
y tú ya no estás, no estás,
pero queda el rumor de tus besos.
No está, me dice una voz insinuante,
ella no está, no vuelve,
no vale la pena esperarla,
qué son unas manos, qué el clamor de un beso,
qué un cuerpo entregado
en el estrépito de la siesta.
Pero tus manos saben encontrarme
incluso cuando no estás.
Me rodean exigiendo su dosis de ternura
cada día, sí, también hoy,
porque te necesito, dices,
porque me das la gana,
porque me gusta jugar a que eres mío
mientras me haces perder la conciencia
en cada muerte dulcísima, en cada abismo.
Luego todo es silencio,
penumbra añil en una alcoba
que se transforma en jardín imposible,
porque la luna dibuja ya tu cuerpo
como un río de plata o un sueño.
.jpg)
.jpg)

.jpg)
.jpg)
.jpg)
.jpg)

